
Silvia Quezada
El retrato literario es la descripción de una persona por medio de las palabras. En ocasiones se destaca la figura física y en otras el carácter, es decir, las cualidades físicas o morales de un ser humano. Los retratos que entregan la imagen de un ser trascendente por sus acciones se convierten en instrumentos valiosos cuando son escritos por quienes conocieron a la persona y la trataron.
Estar frente a una fotografía de Irene Robledo García puede mostrar la complexión de su cuerpo de acuerdo con la edad en que la imagen fue tomada, y al mirar su rostro, percibir el concentrado de sus ojos serenos, el rostro expresivo, aquellos labios de vocación hermética, pero, sobre todo, el gesto decidido propio de su naturaleza indómita. Basta ver su imagen para darnos cuenta de que estamos frente a una mujer audaz.
La maestra en Trabajo social Amada Mora González fue su discípula. Para ella, el impacto de conocer a Irene Robledo fue definitivo: “menudita de estatura, su caminar era tranquilo, guiaba sus pasos con seguridad y aplomo; su voz clara, precisa, dirigida a su objetivo, poseedora de una gran cultura, sensible a las bellas artes, con una rapidez de pensamiento y al día de las diversas noticias nacionales e internacionales” (discurso del 123 aniversario del natalicio de Irene Robledo García, 12 abril 2013, archivo personal).
Con el ánimo de saber más acerca de la jalisciense ilustre en Jalisco, realicé en el centro cultural Santa cafeína una entrevista con Mora González, egresada de la Escuela Normal (1962) quien solícita, acudió llena de remembranzas, destacándose su encuentro con Robledo en la antigua Escuela de Trabajo Social (hoy edificio administrativo de la Universidad de Guadalajara), rodeada de rosales, jazmines y hasta un guayabo.
La primera conversación entre las dos mujeres giró en torno a los estudios que se llevaban a cabo en ese sitio, entre ellos Trabajo social (las alumnas eran llamadas las vestales) la Escuela de música (los ejecutantes) e incluso la Federación de Estudiantes de Guadalajara. La oficina de Robledo estaba alfombrada, tenía un sillón de piel muy elegante, con un escritorio muy organizado, muy limpio.
“Detrás del escritorio de la maestra había un estante lleno de medicamentos homeopáticos, porque como sabemos ella era homeópata también, el despacho era muy sencillo y lleno de orden. La maestra tenía la costumbre de ponerse de pie cuando alguna persona, hombre o mujer llegaba a su oficina, y se sentaba después del visitante. Su espacio tenía una salida directa al Teatro Juárez.
“Cuando la gente se anunciaba ella escuchaba desde su escritorio la manera en cómo lo hacían, si saludaban a la secretaria y manifestaban su deseo de hablar con ella atendía de inmediato, si en cambio la solicitud era tipo: quiero hablar con la maestra Irene Robledo, hacía esperar a la persona, decía que primero era la educación y el trato igualitario.
“En su personal estaba un jardinero y Nicho, el encargado del mantenimiento del Teatro Juárez. Para ellos también tenía una voz dulce, pero firme, como para sus secretarias. Era irónica, limpia, casi siempre con blusa rosa o azul pálidos, o blanca, complementando un traje sastre, usaba zapatos cerrados de tacón muñeca, su perfume era levísimo, casi imperceptible. La traté por varios años, porque luego de estudiar trabajo social me convertí en maestra en ese mismo lugar.
“Con el paso del tiempo la maestra Robledo era odontóloga de un centro de salud ubicado en Circunvalación y Federalismo, en esa época, estando yo casada y sin empleo, porque no se acostumbraba a tenerlo, nos invitó a mi esposo y a mí a su oficina, para plantear su deseo de que regresara yo a las aulas. Así lo hice y todo resultó magnífico. Creo siempre fue mi mentora, como podrá verse.
“Pocas veces la visité en su casa, era de techos altos, muy fresca, con piso de mosaico, me recibía en su comedor, con agua de limón con chía, su favorita antes de ser odontóloga. Cuando pasaron los años, quebrantada su salud, le organicé una comida a la que aceptó, hecho al que pocas veces accedía. Su muerte fue un evento triste para muchos de nosotros, ocurrió el 8 de agosto de 1988”. (Entrevista con Silvia Quezada, Guadalajara, Santa cafeína, 24 abril 2023).
La brillantez de los ojos de Amada Mora González se pierde en la distancia cuando cerramos la conversación. Es como si el lema “Por una humanidad más humana” de Robledo, se cumpliera de nuevo al evocarla: la asistencia, compromiso y enseñanzas de dos maestras y trabajadoras sociales se detienen hoy en algún recoveco del siglo XX.