El hombre que veía noticias

Colaboración de Xavier Zaragoza Núñez.
Había adquirido una costumbre silenciosa: encender las noticias y permanecer observando más de lo que escuchaba. Con el tiempo dejó de interesarle el acontecimiento y empezó a fijarse en los rostros. Eran casi siempre los mismos.
Los veía aparecer día tras día ocupando espacios, pronunciando discursos, anunciando crisis, triunfos, amenazas o esperanzas. Entonces una idea extraña comenzó a visitarlo: Quizá aquellos hombres y mujeres eran prisioneros. No de cárceles visibles, sino del personaje que representaban.
Algunos parecían condenados a exagerar cada gesto; movían las manos con vehemencia, fruncían el ceño o sonreían con precisión teatral, como si una cámara invisible vigilara incluso sus silencios.
Otros habían elegido convertirse en monumentos. Permanecían rígidos, solemnes, casi pétreos. Hablaban con una seguridad inalterable aun cuando las palabras resultaban pesadas, absurdas o inútiles. Habían aprendido el arte de no pestañear mientras sostenían aquello que quizá, en otro tiempo, ellos mismos habrían puesto en duda.
El hombre pensaba entonces que debía ser agotador vivir así: despertar cada mañana obligado a defender una versión pública de uno mismo hasta olvidar quién se era antes del cargo, antes de la fama, antes del poder o antes de los aplausos.
Quizá —imaginaba— la tragedia más profunda no fuera mentir a otros, sino repetir durante tanto tiempo una máscara hasta que terminara sustituyendo al rostro.
Algunas noches apagaba el televisor con una sensación difícil de nombrar. No era enojo. Tampoco desprecio. Era algo parecido a la melancolía.
Porque intuía que, mientras aquellos personajes continuaban interpretando el mismo libreto frente al país, millones de personas anónimas seguían ocupadas en asuntos más verdaderos: trabajar, amar, envejecer, perder, resistir, leer un libro, cuidar a alguien o simplemente esperar.
Y pensaba antes de dormir, que acaso una forma secreta de libertad consiste en no convertirse jamás en esclavo del personaje que el mundo exige representar.







