Ecos del Mundial 2026 desde Tlaquepaque, Jalisco

Cuando el arte también juega

Por: Josefina Lozano Cervantes

El Mundial FIFA 2026, dejó una huella que trascendió los estadios y los noventa minutos de cada partido. En San Pedro Tlaquepaque, Jalisco, el fútbol se convirtió en un puente para mostrar al mundo la riqueza cultural, artesanal, gastronómica y humana, de uno de los Pueblos Mágicos más emblemáticos de México.

Jalisco fue protagonista de esta gran celebración internacional. La pasión por el fútbol se vivió en cada rincón del estado: en sus plazas, restaurantes, hoteles, galerías, mercados y calles. Miles de visitantes nacionales y extranjeros encontraron en esta tierra una combinación única entre tradición y hospitalidad, convirtiendo al estado en uno de los grandes anfitriones del Mundial.

En Tlaquepaque, la experiencia fue mucho más allá del deporte: sus calles, sus casonas de arquitectura colonial y sus andadores, se transformaron en escenarios de convivencia multicultural. El barro, la cerámica, el vidrio soplado, la gastronomía tradicional, el tequila, el mariachi, el arte  y el talento de cientos de artesanos y artistas, dieron la bienvenida a quienes buscaban conocer el verdadero corazón de Jalisco.

Como parte de esta celebración, el Gobierno Municipal impulsó mejoras en la imagen urbana, espacios públicos, actividades culturales y la instalación de elementos emblemáticos, como los arcos monumentales que evocan dos de los símbolos más representativos de la identidad jalisciense: el mariachi y el tequila. Estas acciones fortalecieron la vocación turística y cultural de la ciudad durante uno de los acontecimientos más importantes del mundo.

Sin embargo, el mayor triunfo de Tlaquepaque no se midió en goles, estadísticas o trofeos. Se reflejó en su capacidad para demostrar que la cultura también une a los pueblos, rompe las barreras del idioma y crea vínculos que permanecen mucho después del silbatazo final.

En este contexto, la Galería de Arte, Josefina Lozano Gallery presentó la exposición colectiva «MUNDIAL 2026: El Arte También Juega en Equipo», una propuesta que reunió a destacados artistas plásticos, bajo una visión compartida: celebrar la diversidad, el respeto entre las naciones y la fuerza del arte como lenguaje universal. Cada obra representó una mirada distinta sobre el encuentro entre culturas.

Así como un equipo necesita la participación de todos sus jugadores para alcanzar la victoria, esta exposición mostró que el arte también se construye desde la diversidad de estilos, técnicas y sensibilidades; la galería se convirtió en un espacio donde el diálogo creativo acompañó el espíritu de convivencia que inspiró el Mundial.

El deporte y el arte compartieron un mismo escenario; ambos despertaron emociones, fortalecieron la identidad y recordaron que la creatividad es una de las mayores expresiones del ser humano. Cada visitante descubrió que una pintura, una escultura o una instalación pueden emocionar con la misma intensidad que un gol decisivo.

El legado del Mundial permanecerá en la memoria de quienes descubrieron que Tlaquepaque no es únicamente un destino turístico, sino un territorio donde cada calle cuenta una historia, cada taller preserva una tradición y cada artista mantiene viva la esencia cultural de México.

Sin duda, Jalisco fue uno de los estados donde con mayor intensidad se vivió la pasión mundialista. Su infraestructura, su capacidad de organización, su riqueza cultural y sobre todo, la calidez de su gente, hicieron que miles de visitantes llevaran consigo una imagen inolvidable de esta tierra.

Tlaquepaque, seguramente seguirá siendo el espíritu del próximo Mundial 2030, pues continuará vivo hasta entonces; porque aquí el arte seguirá  jugando, la cultura seguirá reuniendo personas y la creatividad continuará marcando los goles más importantes: aquellos que permanecen para siempre en la memoria y en el corazón de quienes tuvieron la fortuna de vivir esta experiencia.

En Tlaquepaque quedó la certeza de que el deporte puede abrir las puertas al mundo y que el arte tiene la capacidad de mantenerlas abiertas para siempre.

Memorias de un artista

Las obras hablan con sus creadores

Josefina Lozano Cervantes

En una ocasión, un artista plástico me dijo: «Yo dejo de pintar una obra, hasta que me habla”. En aquel tiempo, hace ya más de treinta años, comenzaba apenas a sentir mis pinturas, pero nunca me hablaban y pensaba: “¿Cómo le hablan a uno las pinturas?”. Nunca encontraba la respuesta.

Pues bien, un día según yo, estaba terminando una obra. Pasaron días y días y no podía concluirla. Algo me detenía. Dialogaba en mi interior con aquella pintura preguntándole una y otra vez: «¿Qué te falta?».

Todo parecía estar en orden, excepto una línea que se veía chueca. No me gustaba; me molestaba cada vez que la observaba. Entonces ocurrió: ¡aquella línea me habló! Me dijo:
—Voy detrás del personaje principal.

Fue una revelación. Una simple línea me enseñó que todo tiene un lugar. Para nosotros los artistas, la composición es una de las partes más importantes de una obra. Cada elemento debe ocupar el espacio que le corresponde para que exista armonía, intención y significado; sin embargo, aquella línea también me enseñó sobre la vida, que todos ocupamos un lugar dentro de una composición mucho más grande que nosotros. A veces somos la escena; otras, el escenario o el personaje principal y en algunas, apenas una línea que sostiene la historia desde el fondo. Ningún lugar es más importante que otro.

La belleza aparece cuando comprendemos cuál es nuestro lugar en ese momento y lo habitamos con dignidad.

Después de hablar con mi obra, me fui a dormir, pues ya era tarde; pero antes de cerrar los ojos, volví a mirar aquella pintura y por primera vez, entendí que ya estaba terminada; no porque yo hubiera dejado de trabajar en ella, sino porque finalmente la había escuchado. Desde entonces, entendí que las obras sí hablan, lo hacen en silencio y curiosamente, cuando aprendes a escucharlas, también comienzas a escucharte a ti mismo.

Esa noche comprendí que las obras siempre me habían hablado; la que aún no sabía escucharlas, era yo; porque las pinturas no hablan con palabras. Hablan cuando estamos listos para escuchar lo que intentan enseñarnos.

Un loco a la siniestra del espejo

Por Josefina Lozano Cervantes

Hay libros que se leen…, y hay otros que te observan mientras los lees. Un loco a la siniestra del espejo pertenece a estos últimos.

La obra de Mario Arturo Segoviano no propone una historia lineal, sino una experiencia: un recorrido íntimo donde la ciudad y la mente se funden hasta volverse indistinguibles. Guadalajara deja de ser solo escenario para convertirse en un reflejo emocional, en un territorio habitado por memorias, ausencias y voces que no siempre encuentran lugar en lo cotidiano.

A través de una narrativa que rompe la barrera entre autor y lector, la novela nos confronta con una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿quiénes somos realmente cuando dejamos de sostener el personaje que mostramos al mundo? En ese juego de espejos, aparecen las versiones que hemos sido, las que ocultamos y las que aún nos persiguen.

Más que hablar de fragmentación, el autor parece invitarnos a reconciliarnos con ella. Sus personajes —reales o imaginados— transitan entre lo visible y lo invisible, recordándonos que todos llevamos dentro una multitud que pocas veces escuchamos.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es su capacidad para transformar lo urbano en algo profundamente simbólico. Calles, parques y rincones se cargan de una energía casi espiritual, como si cada espacio guardara la huella de quienes lo han habitado antes. Así, la ciudad se vuelve memoria viva.

Sin pretensiones académicas, pero con una carga reflexiva importante, la novela toca temas como la identidad, la soledad y la necesidad de reconocernos en el otro. Hay en su fondo una invitación a mirar con más sensibilidad, a entender que incluso en la aparente locura puede existir una forma de claridad.

Un loco a la siniestra del espejo no busca dar respuestas, sino abrir grietas. Y en esas grietas, quizá, cada lector encuentre algo de sí mismo.

Este libro tendrá una presentación el próximo jueves 21 de mayo en punto de las 19:30 horas en Josefina Lozano Gallery en Tlaquepaque, Jalisco

Adquiere tu libro ya, para descubrir quién es el loco a la siniestra del espejo.

MÍ, M²

JUSTICIA SOCIAL

Por: Josefina Lozano

Nos falta más conciencia. El 20 de febrero se conmemora el Día Mundial de la Justicia Social, proclamado por la Organización de las Naciones Unidas. Pero hoy no quiero hablar del mundo, quiero hablar de mí,  de mi metro cuadrado: Mí, M². Ese pequeño territorio donde sí tengo poder, donde mis decisiones no son estadísticas, sino actos.

Más de 700 millones de personas viven en pobreza extrema, sobreviviendo con menos de $2.15 dólares al día. Combatir la pobreza es el Objetivo de Desarrollo Sostenible 1 (ODS 1),  de la Agenda 2030 de la Organización de las Naciones Unidas, y mientras leo cifras, me pregunto: ¿qué hago yo en mi espacio? En América Latina, millones trabajan todos los días y aun así, siguen siendo pobres; trabajan, pero el salario no alcanza. Entonces dejo de preguntarme cuánto dinero circula y me cuestiono si el trabajo dignifica. La Organización Internacional del Trabajo lo llama trabajo decente, yo lo llamo respeto, porque he entendido que no es lo mismo dar dinero, que crear estructura; no es lo mismo ayudar que empoderar y no es lo mismo sostener, que liberar.

Falta más conciencia sobre que la justicia social, no empieza en los gobiernos, sino cómo empleador: cómo se contrata, cómo se paga, y como consumidor: cómo hago los tratos: ¿regateo el talento?, ¿me aprovecho o no, de la necesidad ajena?, ¿prefiero  colaboración antes que competencia destructiva?

Mi metro cuadrado puede reproducir injusticia o puede sembrar equilibrio, yo decido. Como empresaria, mi justicia social, es pagar lo justo. Como artista, es crear conciencia. Como gestora cultural, es abrir puertas reales, no simbólicas.

El arte puede convertirse en privilegio o puede ser herramienta económica viva; yo elijo que sea herramienta; porque combatir la pobreza no es un eslogan, es generar trabajo que dignifique, no producir dinero que someta.

No puedo cambiar el planeta hoy, pero sí puedo revisar mi entorno y preguntarme: ¿estoy formando personas o utilizándolas?, ¿estoy construyendo comunidad o acumulando reconocimiento?, ¿soy coherente con lo que exijo?

Reconozcamos que falta más conciencia y que la conciencia no se grita, se practica. La justicia social no es ideología, es coherencia cotidiana; si empiezo en mi metro cuadrado, empiezo en mí sin esperar a que el mundo sea justo, yo decido serlo, aquí y ahora.

Febrero, el amor y la amistad como fuerzas culturales

Por: Josefina Lozano

“Para que nada nos separe,
que nada nos una.”
— Pablo Neruda

Por siglos, febrero ha sido asociado con el amor y la amistad, no solo como una celebración romántica, sino como una manifestación profunda de los vínculos humanos que sostienen a las sociedades. Más allá de flores, tarjetas y rituales contemporáneos, esta fecha guarda una historia simbólica y cultural que habla de la necesidad humana de amar, pertenecer y crear comunidad.

Las raíces de esta celebración se remontan a la antigua Roma, donde a mediados de febrero se realizaban las Lupercales, fiestas paganas vinculadas con la fertilidad, la renovación y la protección. En ese contexto, el amor no era individual ni idealizado sino, una fuerza vital que garantizaba la continuidad de la vida y del orden social.

Con la expansión del cristianismo, estas celebraciones fueron resignificadas. Surge entonces, la figura de San Valentín, asociada al acto de unir a las personas desde el compromiso y la fe; incluso, desafiando normas establecidas. Más allá de la exactitud histórica del personaje, su mito representa un gesto esencial: amar como acto de valentía, de decisión y de conciencia.

Con el paso del tiempo, el amor fue transformándose en concepto. Durante la Edad Media, el amor cortés introdujo la idea de idealización y entrega simbólica. Más adelante, el romanticismo lo colocó en el centro de la experiencia individual, exaltando la emoción, el deseo y la pasión.

En la modernidad, febrero se convierte en un mes marcado por lo comercial, pero también en una oportunidad para detenernos a reflexionar: ¿qué entendemos hoy por amor?, ¿a quiénes incluye?, ¿desde dónde lo ejercemos?

Hablar de amor en la actualidad, implica reconocer su multiplicidad: amor de pareja, amor propio, amor fraterno, amor comunitario, amor como acto político y social. La amistad, muchas veces relegada, emerge como una de las formas más sólidas y honestas de amar, basada en la elección libre, la escucha y el respeto mutuo.

Considerar el amor como un elemento primordial para la evolución del ser humano no es una idea romántica, sino profundamente cultural. El amor ha permitido la creación de familias, comunidades, redes de apoyo y movimientos sociales. Ha sido refugio en tiempos de crisis y motor de transformación en momentos históricos clave.

La amistad, por su parte, sostiene el tejido social. Nos enseña a convivir con la diferencia, a compartir sin poseer, a acompañar sin imponer. En una sociedad marcada por la prisa y la fragmentación, la amistad se convierte en un acto de resistencia emocional y ética.

Más que celebrar un solo día, febrero nos invita a revisar nuestras formas de vincularnos. A preguntarnos si el amor que practicamos es consciente, si genera crecimiento, si dignifica al otro y a nosotros mismos. Amar no debería ser un acto automático, ni una imposición cultural, sino una decisión cotidiana que requiere responsabilidad, presencia y verdad.

Desde una mirada cultural, el amor es memoria, identidad y proyección. Es una fuerza que atraviesa generaciones y se transforma con ellas. Recordarlo en febrero no debería reducirse a un gesto simbólico, sino abrir un espacio para resignificarlo en toda su extensión.

Porque al final, el amor —en cualquiera de sus formas— sigue siendo uno de los lenguajes más antiguos y necesarios de la humanidad. No como promesa idealizada, sino como práctica viva, como elección consciente que se renueva en cada vínculo, en cada gesto de cuidado y en cada acto de presencia.

Capitalismo y Cultura, la riqueza que el dinero no puede comprar

Por: Josefina Lozano

Vivimos en un sistema que en su origen prometía libertad y desarrollo, pero que con el paso del tiempo se ha contaminado con una ansiedad insaciable por tener, sin cuestionar el cómo ni el para qué. El capitalismo no es, en sí el enemigo; somos nosotros quienes, al perder el equilibrio entre ambición y ética, lo hemos deshumanizado.

Hoy, el éxito se mide en ceros y propiedades. Se admira más a quien acumula riqueza que a quien preserva sabiduría. El problema no está en el dinero, sino en convertirlo en el único valor.

La línea que separa el “tener”, del “tener correctamente”, es cada vez más delgada. Se difumina cuando justificamos mentir, oprimir, robar o traicionar con tal de escalar. Y al hacerlo, no solo se corrompe el sistema: se erosiona el alma de nuestras sociedades.

¿Dónde quedó el respeto por la dignidad, la palabra, el tiempo? ¿Cuándo dejamos de creer que hay otras formas de riqueza, invisibles a los ojos de los bancos, pero fundamentales para el espíritu de los pueblos?

En un mundo que corre detrás de bienes materiales, hay quienes resisten desde otro lugar: el del arte, la palabra, la música, las danzas, los rituales, las lenguas originarias, las manos que tejen memoria. Ellos construyen la economía cultural, un pilar silencioso, pero esencial, que alimenta la identidad y el alma colectiva.

¿Por qué no se celebra con el mismo orgullo a un artista que mantiene viva una tradición como a un ejecutivo que cierra un negocio millonario? ¿Por qué el arte, el conocimiento y el patrimonio siguen siendo vistos como adornos y no como fundamentos del desarrollo?

No se trata de satanizar el dinero, sino de ponerlo en su lugar. De devolverle su papel como herramienta y no como medida absoluta del valor de una vida.

Elije, apoyar lo local, lo auténtico, lo hecho con alma; leer más, conversar mejor, mirar con más profundidad. Enseñar a nuestros hijos que el éxito no solo se hereda, también se honra. Exige que nuestras políticas públicas protejan lo que nos hace únicos.

El verdadero progreso no se mide solo en términos económicos. Se mide también en belleza compartida, en valores preservados, en historias contadas, en comunidades que no olvidan sus raíces.

El mundo no cambiará con más billetes. Cambiará con más conciencia.

Cultura Viva, el Motor que Sostiene Nuestros Sueños

Por Josefina Lozano

La cultura no es un museo de piezas antiguas, ni una vitrina para contemplar de lejos. La cultura somos nosotros; en nuestras manos que crean, en nuestras voces que cantan, en los sabores que heredamos, en los colores que vestimos. La cultura es vida en movimiento, es identidad construida todos los días con actos grandes y pequeños.

En San Pedro Tlaquepaque, Jalisco y en todo México, nuestra riqueza cultural es un tesoro que no solo alimenta el alma, sino también la vida económica de nuestras comunidades. Cada pieza de barro moldeada con amor, cada platillo tradicional servido con orgullo, cada mariachi que arranca sonrisas, cada feria, cada procesión, cada festividad, son raíces profundas que sostienen a nuestra gente.

La cultura no es un gasto, es una inversión. Cada turista que pisa nuestras calles buscando vivir una experiencia auténtica deja mucho más que fotografías, deja ingresos que benefician a las familias, fortalece a pequeños comercios, impulsa a los artesanos, da vida a galerías y cafeterías, crea empleos, enriquece nuestro presente y siembra esperanza en nuestro futuro.

El turismo cultural crece en el mundo porque la gente quiere más que lugares bonitos, quiere historias, emociones verdaderas; quiere pertenecer aunque sea un instante a un pueblo con alma. Y eso solo lo logra un lugar que mantiene vivas sus tradiciones, su arte y su espíritu colectivo.

Pero la cultura no se preserva sola, depende de quienes vivimos aquí, quienes heredamos saberes, quienes tenemos el privilegio de ser portadores de historia y creatividad. Cada vez que organizamos una celebración, que compartimos nuestras costumbres, que enseñamos a los niños a valorar su herencia, estamos escribiendo un futuro más próspero y más digno.

Por eso, hoy más que nunca necesitamos defender nuestras tradiciones con pasión y con orgullo. No basta con admirarlas de lejos, hay que vivirlas, promoverlas, innovarlas sin romper su esencia, sostenerlas con fuerza frente a la modernidad que a veces arrasa con la memoria de los pueblos.

Te invito a ser parte de este movimiento de vida. Compra a nuestros artesanos, asiste a nuestras festividades; difunde nuestras costumbres, consume lo local. Enseña a las nuevas generaciones el valor de su historia, ¡celebra lo que somos!

Cada pequeño gesto cuenta, cada voz que se suma importa. Cada esfuerzo suma para que nuestras tradiciones sigan latiendo con fuerza, atrayendo a quienes buscan un México auténtico, diverso y vibrante.

Porque cuando honramos nuestras raíces, abrimos caminos al futuro. La cultura vive en nosotros, mantengámosla fuerte, viva y orgullosa.