El alma del mundo está de luto y en esperanza

Por: Josefina Lozano

Papá Francisco (1936-2025)

La vida de Cristo Jesús se repite de una u otra forma en cada uno de nosotros. Como católicos en días pasados revivimos durante la semana santa, nuestra historia de salvación. Aquellos que vivimos con fe esta maravillosa semana somos testigos de las gracias que Dios derrama sobre nosotros, simplemente por abrirle el corazón y disponernos a vivirla.

A simple vista este mensaje parecería exclusivo de la religión católica, pero no es así. Existen muchas religiones, caminos y búsquedas espirituales, en las que algunas se desvían, otras se confunden y no pocas son manipuladas por intereses humanos. Sin embargo, me atrevo a preguntar:
¿Creen que existiría un Estado libre y soberano llamado El Vaticano? Si este mensaje no tuviera un fundamento real, profundo y verdadero en el mundo.

Siempre hay una realidad aparente y otra que se esconde detrás de todo. Pero más allá de lo visible, ¿qué te dice tu alma?

Dios es universal. No pertenece a una religión, a un grupo, ni a una cultura. Dios es de todos y para todos. Vive en ti, habita en mí, se manifiesta en la creación, en lo invisible, en lo pequeño, en lo eterno.

No suelo escribir sobre estos temas, pero este acontecimiento me mueve profundamente, porque la base de muchas manifestaciones culturales —de las que sí suelo hablar— tiene su origen en la religión. La espiritualidad ha sido semilla de arte, tradición, arquitectura, música, lengua, y hasta de la forma en que celebramos la vida y la muerte. Por eso, cuando una figura como el Papa Francisco parte, no sólo se sacude el mundo religioso, sino también el alma colectiva que se expresa a través de la cultura.

Así también, su partida no sólo representa el fin de una etapa histórica en la Iglesia, sino que, en medio del luto, nos deja una llama de esperanza. La esperanza de que surja un nuevo líder espiritual que traiga luz en medio de un mundo lleno de contrastes. No diría que vivimos tiempos difíciles, sino tiempos contrastantes: lo blanco y lo negro, lo bueno y lo malo, la materia y el espíritu, la guerra y la paz, lo visible y lo invisible, el cielo y la tierra.

Antes de Cristo, Dios elegía a sus profetas y líderes a través de sueños. Los fortalecía con su Espíritu y les regalaba las gracias necesarias para llevar a cabo su misión. Hoy no es tan sencillo. Los intereses del mundo han distorsionado el sentido de lo sagrado. Las reglas han cambiado, pero Dios sigue siendo el mismo.

El país más poderoso del mundo está una vez más, bajo el liderazgo de Donald Trump y ahora, veremos quién representará el contraste. Porque en todo hay dualidad, pero también existe un orden divino que aunque invisible, sigue actuando.

La muerte del Papa Francisco marca el cierre de una era espiritual que nos deja profundas enseñanzas sobre la humildad, la misericordia y la paz. Su partida nos invita a mirar más allá del poder terrenal, hacia la voz que habla en nuestro interior. El alma del mundo hoy está de luto, pero también en esperanza.Descanse en Paz

El Arte de Resistir

Cuando la cultura nos sostiene

Por Josefina Lozano

Al resistir no siempre se grita, a veces se teje en silencio, se canta bajito, se baila con los ojos cerrados, se pinta con el alma rota. La resistencia en nuestros pueblos y ciudades ha tenido siempre el rostro de la cultura. Esa que vive en los gestos cotidianos, en las palabras que heredamos, en las manos que no se rinden. Aquí es donde los gritos se convierten en acciones que causan constancia, convirtiéndolos en cultura de resistencia.

En un mundo que cambia vertiginosamente, donde a veces parece que todo se desdibuja, hay algo que permanece: nuestras raíces y con ellas las expresiones culturales que nos definen, que nos sostienen, incluso cuando lo demás parece tambalearse. Es en lo más simple donde se revela lo más profundo: una receta de la abuela, una canción que se canta desde la infancia, un rebozo tejido a mano, una danza que atraviesa generaciones.

El arte en todas sus formas ha sido el lenguaje de los que no se conforman, de los que no renuncian; pintar, escribir, bordar, esculpir, cantar son formas de decir: “Aquí estoy, esta es mi historia, este es mi lugar”. Cada obra de arte que nace en medio de la adversidad es una prueba de que el espíritu humano es más fuerte que cualquier tormenta.

“Aquí y ahora”, es una frase que revela resistencia por ser y estar a la vez. En México lo sabemos bien; cada vez que alguien levanta una figura de barro, cuando una comunidad celebra su fiesta patronal, una marimba suena o una piñata se rompe entre risas, estamos ejerciendo un acto de resistencia; queda implícito el: “seguimos aquí” a pesar de todo.

Y es que la cultura no solo adorna la vida, sino que la sostiene; nos acompaña en los duelos, en las transiciones, en los momentos de esperanza, cuando el cuerpo está cansado, cuando el alma necesita consuelo, es la cultura la que nos arropa. Por eso, es urgente defenderla, protegerla y sobre todo vivirla no como algo ajeno o pasado, sino como algo que nos pertenece, que creamos cada día desde nuestras trincheras personales.

Desde el taller del artesano hasta el escenario improvisado de una calle, desde el mural que transforma un muro gris hasta la palabra que se convierte en poema, todo es parte de esta gran sinfonía de resistencia y en cada expresión, hay un eco de lo colectivo, de las abuelas que tejieron tiempo, de los pueblos que no olvidan y de los corazones que sueñan despiertos.

Hoy más que nunca necesitamos reconectar con esas pequeñas grandes cosas que nos recuerdan quiénes somos porque resistir en este país, también es celebrar y cada acto cultural, por sencillo que parezca, es una llama encendida contra el olvido.

Te invito a preguntarte:
¿Cuáles son tus formas de resistir?
¿En qué detalles habita tu memoria más profunda?
¿Qué tradiciones, qué expresiones culturales han sido tu refugio?
¿Qué historias sigues contando con tus manos, tu voz, tu mirada?
En tus respuestas, habita tu fuerza y la semilla de un país que a través del arte, no deja de renacer.

Cultura del Cambio

El arte, el emprendimiento y la evolución de la identidad.

Por Josefina Lozano

El cambio, es la única constante en la historia de la humanidad. A través del tiempo, las sociedades han evolucionado gracias a quienes se atreven a cuestionar, innovar y transformar; sin embargo, el cambio no es un simple giro de dirección, sino un proceso de adaptación que requiere conciencia, resistencia y visión. En el arte, como en los negocios y en la identidad cultural, aprender a cambiar sin perder la esencia, es el mayor desafío.

El arte no solo documenta la historia, sino que la impulsa. Las grandes revoluciones artísticas han nacido del inconformismo, del deseo de romper con lo establecido para crear nuevos lenguajes visuales, narrativos y conceptuales. Desde las pinturas rupestres hasta el arte digital, la creatividad humana ha sido el puente entre el pasado y el futuro.

En México el arte ha sido clave en los momentos de transformación social, como es el de los muralistas que plasmaron la lucha revolucionaria hasta los artistas contemporáneos que denuncian injusticias o rescatan tradiciones en peligro de extinción. En este sentido, el arte es un vehículo para la memoria, pero también una herramienta para redefinir el presente y construir el futuro.

El arte y la cultura no solo son expresiones estéticas; también son un motor económico y social. Como emprendedora en el mundo del arte, de las artesanías y la gastronomía, he comprendido que la creatividad no solo debe plasmarse en un lienzo o en una pieza de barro, sino también en la manera en que se gestionan los espacios culturales.

Mi experiencia con Josefina Lozano Gallery y Punto Café en San Pedro Tlaquepaque, ha sido un ejercicio constante de adaptación. La idea de fusionar una galería de arte con una experiencia gastronómica basada en café, responde a la necesidad de conectar con nuevas generaciones, ofreciendo un espacio donde el arte se vive, se respira y se disfruta de manera accesible.

Sin embargo, emprender en el mundo cultural no es fácil. La resistencia al cambio, el miedo a lo nuevo y las dificultades económicas han sido retos constantes. La clave ha estado en encontrar un equilibrio entre la tradición y la innovación, en mantener la esencia sin quedar atrapada en el pasado.

Uno de los mayores dilemas en la cultura del cambio es cómo evolucionar sin perder la identidad. En un mundo globalizado, muchas tradiciones corren el riesgo de diluirse o mercantilizarse, perdiendo su verdadero significado. Pero la respuesta no está en aferrarse a lo antiguo, sino en darle un nuevo sentido dentro del contexto actual.

Mi obra artística ha buscado precisamente esto: rescatar los símbolos de nuestra tierra, como el cacao, el café, el jaguar, el águila real y la cosmovisión indígena, pero con una visión contemporánea y universal. El arte es un idioma que se reinventa con cada generación y nuestra tarea es mantenerlo vivo, no como una pieza de museo, sino como una expresión en constante diálogo con el presente.

La cultura del cambio no significa olvidar nuestras raíces ni seguir tendencias pasajeras. Es un proceso de transformación consciente, donde aprendemos del pasado para construir un futuro más sólido.

En el arte, en los negocios y en la vida, debemos atrevernos a evolucionar sin perder nuestra esencia. Porque si algo nos enseña la historia, es que los que se resisten al cambio quedan atrapados en el tiempo, mientras que quienes lo abrazan con inteligencia y sensibilidad logran trascender.

El arte, el emprendimiento y la cultura, son caminos de transformación. «Abracemos el cambio con conciencia, porque solo así construiremos un legado que trascienda».

Josefina Lozano, es artista, periodista cultural y  emprendedora. Fundadora de Josefina Lozano Gallery y Punto Café en San Pedro Tlaquepaque, Jalisco, fusiona arte, tradición y emprendimiento para generar espacios de identidad y cambio.

Pan y Paz

Por: Josefina Lozano

Desde los albores de la historia la mujer ha sido el pilar sobre el que se construye la vida. En su esencia habita el don divino de dar existencia, de nutrir, cuidar y velar por el bienestar de los suyos; su lucha no es solo por ella misma, sino por la humanidad entera, porque su naturaleza está intrínsecamente ligada al equilibrio entre el pan y la paz.

El pan, símbolo del sustento material, representa la necesidad básica de alimentar, de garantizar que haya justicia y oportunidades, de sembrar el porvenir. La mujer, desde tiempos remotos, ha sido quien cosecha y transforma, no solo los frutos de la tierra, sino también los caminos del futuro.

La paz, en cambio, es el anhelo más profundo del espíritu. A lo largo de la historia, las mujeres han alzado su voz contra la violencia, resistido en tiempos de guerra y exigido justicia, cuando la opresión intentaba doblegarlas. En 1917, en el marco de la Revolución Rusa, salieron a las calles exigiendo “Pan y Paz”, cansadas de la miseria y el sufrimiento. Aquel grito se convirtió en un eco universal que sigue resonando en cada lucha por la igualdad y la dignidad.

En México y el mundo, la historia de la mujer es la historia de la resistencia, del amor transformador y el sacrificio convertido en fortaleza. Desde las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, hasta las artistas, escritoras y luchadoras sociales que plasman en su obra la memoria de su pueblo, todas encarnan la misma esencia: la de quien a pesar de la adversidad, nunca deja de sembrar la esperanza.

Hoy más que nunca, seguimos reclamando pan y paz: pan para erradicar la pobreza y la desigualdad, paz para que ninguna mujer viva con miedo. Porque la lucha de las mujeres no es solo por ellas, sino por toda la humanidad.

Que este día sea un recordatorio de que la voz de la mujer, jamás será silenciada, porque en ella habita la semilla del futuro.

Felicidades a cada mujer, a su esencia, a su lucha y a su amor, porque con ellas se construye un mundo mejor.

Las Tradiciones También Sanan

Por: Josefina Lozano

Las tradiciones no solo son costumbres transmitidas de generación en generación, sino también herramientas de sanación que han acompañado al ser humano en su tránsito por la vida. En cada rincón del mundo, los pueblos han desarrollado rituales, festividades y prácticas que, más allá de su valor cultural, han servido como refugios emocionales, medios de catarsis y puentes hacia la reconstrucción personal y colectiva.

Desde tiempos ancestrales, el ser humano ha encontrado en sus tradiciones un refugio frente al dolor, la pérdida y la incertidumbre. En México, por ejemplo, el Día de Muertos es una forma de reconciliación con la muerte, transformando el duelo en una celebración de la memoria y el amor eterno. Esta tradición permite procesar la ausencia a través del color, el arte, la gastronomía y los rituales, convirtiéndola en una forma de sanar heridas emocionales.

Por otro lado, la tradicional piñata utilizada en diversas festividades, especialmente en México durante las posadas en Navidad, es más que un simple juego, ya que representa la lucha del ser humano contra sus propias debilidades y la recompensa de superarlas; su simbolismo cobra fuerza en el arte como manifestación sanadora de la cultura, como es el caso de mi obra: “Cómo México, no hay dos», donde una colorida piñata simboliza la liberación de un peso emocional, un pecado, un miedo o una carga del alma, pues la lucha interna del ser humano puede ser vista a través de un símbolo tan mexicano como la piñata. En ella, cada pecado representado en los picos, se convierte en un obstáculo a vencer y el acto de golpearla, simboliza la voluntad de soltar aquello que lastima.

Este diálogo entre arte y tradición, resalta que no estamos solos en nuestra búsqueda de sanación. La cultura nos ofrece herramientas, nos da símbolos y rituales que nos permiten sobrellevar los momentos más oscuros; así como los antiguos mexicas, los mayas o los zapotecas encontraban en sus ceremonias formas de sanar el espíritu, nosotros podemos encontrar en nuestras tradiciones, un refugio y un camino hacia la transformación personal.

Así pues, a lo largo de la historia, muchas culturas han utilizado rituales como un medio para sanar el cuerpo, la mente y el espíritu. En México, el temazcal (un baño de vapor de origen prehispánico), ha sido utilizado durante siglos como un espacio de purificación y renacimiento. No es solo un acto físico, sino también un proceso simbólico en el que se eliminan toxinas del cuerpo y se libera el peso emocional que muchas veces cargamos sin darnos cuenta.

Asimismo, la música, la danza y la gastronomía han servido como canales de sanación en distintas culturas. La danza del venado entre los yaquis, las ceremonias de ayuno y rezo de los wixárikas, y los cantos chamánicos en diversas comunidades indígenas no solo conectan a las personas con sus ancestros y su identidad, sino que también ayudan a liberar emociones, encontrar sentido y restaurar el equilibrio interno.

Las tradiciones son más que historia; son parte viva de nuestra identidad y un bálsamo para el alma. Nos recuerdan que la sanación no siempre es un proceso individual, sino que puede ser colectiva, compartida y celebrada. En un mundo donde el estrés, la ansiedad y la desconexión con nuestras raíces parecen dominar, volver a nuestras tradiciones nos ofrece una vía para reencontrarnos con nosotros mismos y con quienes vinieron antes que nosotros.

Sanar a la mexicana es abrazar nuestras raíces, celebrar nuestra identidad y reconocer que en cada ritual, en cada fiesta, en cada golpe a la piñata, también estamos liberando algo de nosotros mismos.

Tan Lejos y tan Cerca a la Vez

Por: Josefina Lozano

Las tradiciones de Día de Muertos y Halloween, tienen un impacto cultural profundo en los países que les dieron origen. Cada una invita a acercarnos a la muerte desde una perspectiva distinta. Aunque coinciden en el calendario, sus raíces y simbolismos representan visiones opuestas: el Día de Muertos, originado en la cultura prehispánica de México, percibe a la muerte como una continuación del viaje de la vida; mientras que Halloween, con raíces celtas, celebra el regreso de los muertos en un ambiente de misterio y diversión.

Ambas tradiciones contribuyen a darle un significado único a las culturas de México y Estados Unidos y aunque estén “tan lejos”, hoy en día están «tan cerca» que conviven en el mismo barrio, ciudad o país, permitiéndonos ver representaciones vivas de ambas maneras de recordar a quienes ya no están en este plano terrenal.

Los símbolos y el mismo sentir
Aunque los símbolos son distintos, el sentimiento que despiertan es el mismo: en el Día de Muertos, los altares, las calaveras de azúcar, el papel picado y las flores de cempasúchil honran y celebran la vida de los fallecidos. Por otro lado, Halloween se expresa con calabazas talladas, disfraces y colores oscuros, símbolos de miedo que en su esencia también recuerdan a los muertos.

Ambas celebraciones son únicas por el vínculo emocional que crean, un “teléfono espiritual” que permite acercarnos a quienes ya no están. En México, extrañamos a nuestros seres queridos; por tanto, el Día de Muertos se vive como una celebración solemne y emotiva, mientras que en Estados Unidos, Halloween se asocia con el entretenimiento y la diversión. Sin embargo, ambas construyen comunidad; en México, las familias se reúnen para construir altares en memoria de los que ya partieron, con objetos que recuerdan los gustos de los difuntos y en Estados Unidos el «truco o trato», congrega a grandes y pequeños en un ambiente festivo.

Una hibridación cultural
Ambas tradiciones han evolucionado y en la última década, se han enriquecido mutuamente. Día de Muertos ha alcanzado una visibilidad global gracias a la película Coco, y Halloween se ha vuelto cada vez más popular en México, especialmente entre los jóvenes en las zonas urbanas. Este proceso ha llevado a una hibridación cultural, donde ambas celebraciones se practican en paralelo y crean una mezcla única de ambas tradiciones. Por último, lo más interesante es que tanto en México como en Estados Unidos, estos símbolos de culturas distintas se recrean en un mismo espacio y en una era globalizada en la que impera el respeto a ambas tradiciones. Aquí lo solemne y lo divertido se mezclan, recordándonos lo lejos y al mismo tiempo, lo cerca que estamos.

Piezas del Rompecabezas de la Vida

Hora, resiliencia y Dios actuando

Por Josefina Lozano

La honra es uno de los valores más profundos que llevamos en el corazón, un reflejo de nuestra integridad y respeto por nosotros mismos. Es una misión de vida. Defender nuestra honra y vivir de acuerdo con ella, no siempre requiere confrontación; a menudo, es un acto de resiliencia, una muestra de fortaleza interior, de calma y de confianza. En lugar de reaccionar al impulso de las emociones, dejemos que la vida y Dios actúen, permitiendo que cada situación se convierta en una oportunidad para crecer, para armar con paciencia el rompecabezas de nuestra existencia.

La magia existe cuando dejas que Dios actúe. En ese preciso momento, cuando decides abandonar todo control, entregas la situación en sus manos y crees en ti mismo y como por arte de magia, él comienza a armar las piezas del rompecabezas. La vida es como un rompecabezas, pero es Dios quien en su sabiduría, decide cómo y cuándo colocar cada una de las piezas en su lugar.

El tiempo, como la sal y la pimienta, sazona este juego de la vida, dándole el sabor único a nuestro guiso; ese guiso que es nuestra historia. La paciencia y la fe son ingredientes esenciales para permitir que el resultado sea perfecto  y aunque no siempre entendamos la razón de cada pieza, confiamos en que hay un propósito detrás de cada una.

La maldad y la perversidad existen, siempre están al acecho queriendo confundir y minar la integridad de quienes viven con principios; aquí es donde entra la resiliencia, siendo firmes en nuestros valores y dejando actuar a Dios, éste no permite que  otros nos desafíen, ni que arranquen nuestra  honra. Las acciones y palabras, tienen el poder que nos permite actuar con paciencia y dignidad.

Como dijo Samuel Ruiz en sus “Cuatro Acuerdos”: “Sé impecable con tus palabras”. Porque las palabras tienen poder, y cada vez que honramos nuestras palabras, demostramos de qué estamos hechos. Al actuar con coherencia y serenidad, dejamos que nuestras acciones hablen y que el tiempo se encargue de mostrar la verdad.

A veces, enfrentamos la maldad condimentada con perversidad y esa misma fuerza parece querer apartarnos de nuestro camino. Pero en esos momentos, confiar en Dios y en su tiempo, es un acto también de resiliencia. Permitamos que él nos guíe, que sea quien ordene las piezas del ajedrez. Esta forma de vivir desde la fe y la confianza en Dios, “dejándolo actuar”, es una fuerza poderosa que al final, cada adversidad se convierte en la pieza de un rompecabezas que, cuando completamos, nos revela la belleza de un propósito mayor, el “postre” más delicioso y satisfactorio.

Cuando terminamos de poner la última pieza, cosechamos los tesoros que nos corresponden. Son esos frutos acumulados, guardados en un cofre donde cada logro, cada superación y cada pedazo de fe, se preservan como lo más preciado de nuestro ser. También tenemos el libre albedrío para desempolvar viejos recuerdos y tesoros olvidados, dándoles un nuevo significado en la historia de nuestra vida.

La resiliencia y la fe en Dios no solo nos fortalecen ante el dolor y la maldad, sino que nos permiten vivir con paz, dignidad y esperanza. Cada pieza del rompecabezas de nuestra vida tiene un lugar específico, una razón de ser y cada momento difícil es una oportunidad para reconocer que, aunque no siempre comprendamos su plan, cada desafío tiene un propósito.

Vivir desde la honra y dejar actuar a Dios en nuestro rompecabezas, es el camino hacia una vida plena, rica en significado y bendiciones.