Despertar efusivo

Por: Mario Arturo Segoviano Gutiérrez
Doctor en Pedagogía Crítica y Educación Popular
¡Llegó la fecha esperada!, Jueves 11 de junio de 2026.
El lustre cielo dorado de la ciudad de Guadalajara, se tiñó con un amanecer color naranja con tonos morados; porque la humedad del océano pacífico llegó hasta nuestras tierras anunciando con ello la llegada del verano, acompañado de un sol inclemente, que desde hace años, rara vez mengua por las tardes cuando las nubes de color gris mate bochornoso, se posan con tregua tras la reyerta del paso de la resequedad y la insolación, en toda la urbe inquieta.
Aquí, todos los días, desde muy temprano, el incesante murmullo de las fuentes en cada jardín repercute con un borboteo constante. Este ritmo acompasado del agua adormece a los paseantes, ofreciendo una pausa ante el intenso calor y la fatiga que provoca la canícula bajo el sol ardiente.
Las palomas, tórtolas, los zanates, gorriones y el mirlo de dorso rufo, los cuales viven en los barrios tapatíos, sus plazas públicas o callejones, revolotean en el frescor de los jardines, sus flores ocultas y el agua danzante de las fuentes, mientras que algunas otras aves oportunistas como el garrapatero pijuy o el tirano gritón, buscan arrebatar la comida a todas las aves despistadas que recogen semillas y migas de pan.
No obstante, ese día, los habitantes de esta ciudad, no se detuvieron a contemplar este común despertar; pues, junto al inicio de la estación calurosa, llegó el momento más esperado durante cuatro años, por la gran mayoría de los Tapatíos, el gran evento futbolero: “el MUNDIAL”. Desde antes de la inauguración, lo vivieron de manera desbordante con euforia total, profunda tradición y orgullo cultural. Esta ciudad, en todo México fue considerada por su arraigo y amor a este deporte, como una de las mejores sedes del torneo, recibiendo la visita de aproximadamente 2.5 millones de visitantes que generaron una derrama económica superior a los $11,500 millones de pesos, entre ellos, 88 mil turistas extranjeros que vinieron a ver jugar a sus selecciones.
La creatividad dio color a las calles, su gente fue quien se encargó de contagiar la emoción en esta fiesta masiva, creando una auténtica “marea verde” llena de cánticos, banderas, maracas, vuvuzelas y sombreros, unida a la pasión y alegría de decenas de jóvenes y niños quienes organizaron partidos callejeros o “retas” desde muy temprano, ansiosos por ver la transmisión del partido inaugural con su equipo favorito: México.
No hubo lugar en el que no se habló con entusiasmo de este fenómeno que despertó un fervor pasional por el Tri. Miles de seguidores se volcaron a las calles para apoyarlos entre gritos y banderas ondeando, aglomerándose en la glorieta de la Minerva invadidos de un ambiente festivo, pero pacífico en el que no faltó los sabores de la riqueza gastronómica tapatía como las tortas ahogadas, el pozole, las jericallas, entre otros; obviamente se brindó con tequila.
La emoción, se vivió en toda la Zona Metropolitana de Guadalajara, desde Tonalá, hasta Zapopan; la ciudad se levantó antes que el sol. En cada hogar o negocio, un televisor trasmitía la inauguración, con la voz de fondo de los comentaristas narrando los detalles, saturada por el griterío de los presentes en el estadio, junto a la expectación de quienes lo presenciaban frente a las pantallas, pues no alcanzó para los boletos; aunque esto no les impidió gritar “¡Goooooool!”, frente a la pantalla de 50 pulgadas, de algún pariente o de una taquería que solidariamente sacó a la banqueta e igual, desde el celular con datos prestados.
En cada calle, el mismo latido; en cada rostro, un idéntico ensueño de esperanza por ver triunfar a la selección mexicana, jugándosela por su país y su gente; un equipo unido por el amor a la camiseta, apoyado por una afición que igual vive la emoción del fútbol colectivamente y en segunda pantalla; ya que es mejor y más ruidosa la alegría en la calle que en los estadios. ¡Así es nuestra gente! Unida, improvisa a la hora de divertirse en comunidad.
En esta fiesta, el futbol funcionó como un lenguaje universal: creando lazos, rompiendo barreras culturales, liberando emociones de felicidad con empatía, proyectando un fuerte sentido de identidad compartida. Las diferencias se superaron, sin sentir las inclemencias del temporal o el calor intenso como algo agobiante, lo importante fue la felicidad que provocó el ambiente eufórico de todos los que celebraron ese inicio del mundial.