Los Mártires de Toluca, Segunda Parte

Por: Alejandro Ostoa

Toca el turno al monólogo de Alexander Niame, coordinador de 19 de octubre de 1811. Los Mártires de Toluca. El texto Una confesión de Porlier, el responsable. El martirio en la Plaza de Armas de Toluca.

Se trata de los últimos momentos del brigadier Porlier. Como planteamiento dramático resulta interesante, pues resume la sicología del personaje y  la entrada a la historia y la muerte, en un suspiro final, en el horizonte histórico, en el que la mente empieza a ensombrecerse y los actos se presentan entre hazañas y tormento.

“Siento la muerte cerca. Todo afuera es frío. El hielo de los glaciares rodea mi maltrecho navío que encalló entre montañas de hielo. La tripulación, desesperada, me ha abandonado y ahora camina sin rumbo y sin posibilidad alguna de sobrevivir. Todo lo que nos rodea es gélido; estamos abandonados a nuestra propia suerte. La sensación de saber que se va a morir es extraña. ¡Qué ironía!, estoy aquí, sentado, esperando la muerte; yo, que sobreviví a cientos de batalla, vengo a encontrarla de la manera más absurda, solo y sin enemigo a quien dar la cara, sin espada a la cual enfrentar, una agonía sin grito de dolor ni olor a batalla, a pólvora, a sangre. Sólo mi cocinero y su perro han permanecido a mi lado. Ambos guardan un silencio sepulcral sabiendo que nuestro destino está escrito. La sensación es de una soledad inmensa, casi no cruzamos palabras y únicamente nuestras miradas parecen decirnos algo. 

“Como confesión me siento a escribir estos recuerdos, ¿será éste mi último acto cristiano?, ¿será éste mi último acto de contrición? Escribo para sacar recuerdos que me atormentan, para olvidar los ríos de sangre y los gritos de los indios que mandé fusilar en la Plaza de Armas de Toluca; escribo porque nunca dejé constancia de lo ocurrido, porque no me atreví a narrar lo que vi, lo que ordené como defensor de la villa contra los insurrectos. Entre siniestras tormentas, inmersos en un viento que ruge ferozmente, escribo para limpiar mi alma de los males que hice en este mundo, para sacar de una buena vez todos esos gritos que me atormentan desde que dejé México y que me ofuscaron en la batalla de Tenancingo, en la que fui vencido por Morelos (…).

“Escribo en una cabina de mi maltrecho navío San Telmo, que cruje a cada bocanada de viento, varado entre montañas de nieve (…) Escribo para recordar, para no olvidar, para limpiar mi conciencia, pues, lo sabe el Señor, todo lo hice en cumplimiento de mi deber. Sin embargo, el remordimiento no me abandona.

“Soy Rosendo, nacido en la capital del virreinato del Perú en 1771. Nací en noble cuna, lo que no impide que tenga una muerte lenta en esta inmensidad desconocida. Soy Rosendo Porlier, alférez, teniente y capitán de fragata de la gran armada española; soy Rosendo Porlier y Asteguieta, brigadier de la Real y Militar Orden de Santiago, participante en la guerra de Trafalgar y defensor del puerto de Cádiz ante los ingleses; soy caballero de la Orden de Santiago y comandante en jefe de las tropas destinadas a la reconquista y pacificación de los pueblos de Zocoalco, Zayula y Zapotlán, en la Nueva España; soy el defensor y pacificador de Toluca y sus alrededores; soy quien traje en mi fragata al  virrey Venegas desde España y entramos al puerto de Veracruz para devolver el orden a la más importante y rica de las colonias españolas. He matado y he ordenado matar, sí, pero Dios sabe que todo fue en su nombre. (…)

“Es que Toluca estaba en peligro de caer en manos de los rebeldes y era mi obligación, desde que me dieron esa plaza, cuidarla de cualquier ataque insurgente. Así lo hice; organicé a las tropas y los perseguí. Durante meses mantuve la calma y hasta el ambiente en la villa se relajó. Ya sabía yo de las conspiraciones y reuniones clandestinas que se habían organizado antes de mi llegada en las casas de algunos criollos, como en la del herrero Joaquín Canseco o en la del contador Joaquín de la Llera, en donde se había dado lectura a una proclama para convocar a la Independencia; bueno, hasta el señor Hidalgo había pasado por ahí con un ejército que se calculaba en más de cien mil hombres. (…)

“Toluca era pequeña, un pueblo de comerciantes y hacendados, un poco insalubre, pero eso sí, muy religioso y con una capilla hermosamente decorada en los dominios de los franciscanos.

“Llegué teniendo bajo mi mano a más de mil hombres de todas armas y con cuatro piezas de artillería. Durante meses mantuve la tranquilidad, a pesar de la presión por buscar, en donde fuera, rebeldes. (…)

“Mi cocinero se ha dormido, no sé si para siempre, recargado en la panza de su perro. Me invade un sentimiento de tristeza e impotencia. Quisiera llorar como niño y morir dormido, en silencio, como si me arrullara mi madre. Está oscuro, pero la luz de la última vela que nos queda es suficiente para seguir escribiendo. Tal vez algún día alguien recoja este escrito sobre hechos que nunca quise describir y que me atormenta. Que sea leído y que me perdonen. (…)

“Supe, entonces, que varios españoles y prelados le habían enviado una queja al virrey acusándome de cobarde y hasta de adhesión y simpatizantes de los insurgentes. ¡Qué insolencia! ¡Acusarme a mí!, que siempre había servido a las causas del rey y de España. (…)

“Era la mañana del 19 de octubre de 1811; yo tenía ya cuarenta años y estaba cansado. Mi dignidad la sentía lastimada… Recorrí las laderas del cerro y conté más de doscientos muertos por parte de los rebeldes. Nuestras bajas eran pocas. Pero esos muertos no eran suficientes, yo tenía que demostrar mí fuerza, mi coraje, la energía que, según los españoles, me hacía falta. Tomamos banderas, lanzas, caballos y recogimos a nuestros muertos. Entonces mandé traer a los detenidos y ordené a mis hombres que fueran a los pueblos aledaños a aprehender rebeldes. Trajeron a más de doscientos, todos amarrados unos a otros y con los torsos desnudos…

“Esos recuerdos me atormentaron siempre. Perdí mi genio en los campos… perdí batallas. Yo sólo quería regresar a mi fragata… a abandonarme en ella para olvidad, para escribir esta confesión y que Dios me perdone…

“Estoy cansado y muerto de río… escucho el crujir de lo que queda del San Telmo… la tempestad sigue y mi cocinero ya no se mueve… la vela se acaba y mis fuerzas… mis fuer…”.

Como podrá observarse, la selección de textos del monólogo (que no completo para esta colaboración), responden a una recapitulación, que pasa de estados emocionales y anímicos mientras las vivencias que se van marchitando en recuerdos. Pausas y transiciones son de marcada eficiencia.  

¡Gracias Alexander!

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