Lluvia en la Telaraña del Agua que Corre

Por: Alejandro Ostoa

En esta entrega, con el permiso de Alma Delia Cuevas Cabrera damos a conocer material de Lluvia en la telaraña del agua que corre, antes de que entre a edición (en papel y pluma). Iniciamos con el prólogo:

Lluvia florida

Palabras
como
tumbas
y
oraciones
y por acciones
Palabras
Carmen Nozal

La poesía revolotea en los relatos de Alma Delia Cuevas Cabrera, y en” Lluvia en la telaraña del agua que corre”, se hace presente el recuerdo, la vivencia que marca, que refulge y se desvanece, pero no desaparece. En este libro, la sabiduría anida en los orígenes y se convierte en raíz. La dualidad está presente y las sensaciones atentas.

De la oscuridad a la penumbra, eclipsa con las atmósferas que entre destellos solares y guiños lunares presenta el teatro de sombra, con el nudo del conflicto emergido tras el estallamiento ante el quebranto de la justicia. Las flores danzan, se proyectan en coreografías que, con sus pétalos, humanizan sentimientos, placeres, iluminadas por la luna y el sol.

Árboles, flores, frutos en las congojas, penares, soledades, nostalgias, aislamientos, en la vida y en la muerte. Raíces, frondas, troncos, voces que se entreveran por sus ramas, cortezas que resisten las envestidas de la historia. Peregrinaje que se vuelve naufragio en el tiempo que se desliza por recovecos melancólicos, entre escombros, ecos… murmullos.

Lluvia en la telaraña del agua que corre logra el encuentro tras el extravío, entre andurriales, caminos, terregales, surcos, parajes, tejiendo historias, inhalando recuerdos y exhalando el aliento en eco del confesionario interior. Almas aleteando en la reminiscencia, espíritus que se dan chapuzones de existencia.

El mar y sus gorjeos, temperamentos en oleajes fúricos que espumean iracundos, profundidad que desemboca en asombros, matrices ocupadas que son lanzadas de su hábitat. Nubes en ojos secos ante anegaciones de pesares, de hechos calamitosos.

Desierto habitado, polvo esparcido reverbera creando vestigios, ausencias que arrastran sus pasos en la procesión por el mundo de los desconsuelos, páramo que enluta el alma, espectros que irradian tormentos, mazorca que se desgrana, deja su progenie y vive su propia cosecha. 

Lo cotidiano envuelto en su manto poético, en ríos ocultos, arterias de la naturaleza, preservando con el desove de sus criaturas. Hechos que, con ausencia de sombras, son calamitosos. El cielo se agrieta las raíces se entreveran y se muestran ostentosas en los relatos que se vuelven lluvia florida con la brisa de las imágenes de Alma Delia, con abundancia y frescura poética.

Alejandro Ostoa

Parte del material es:
Habitantes del bosque de árboles frondosos

Al renacer los bosques se calma la sed de los desencarnados, entre la resequedad de sus labios ya desaparecidos, perdidos a trozos, poco a poco, sin darse cuenta se dejaron seducir por sus propias voces, para después no poder besar palabras que sólo resonaron en sus memorias estáticas, congelados de pensamientos frisados. Su sitio ahora es un hueco recóndito de huesos disminuidos, donde la calma es un eterno estado de un mundo equidistante. El renacer de cada árbol es testimonio de sus existencias, ellos se adhieren. Sus raíces lo alimentan y después dan forma a su corteza con sus recuerdos. Ánimas que no se resisten a dejar de vivir, ahora son árboles frondosos, a veces torcidos, enredados unos con otros, comunicados en cada movimiento. Condenan el tiempo con seres que se convierten en humus, dejan esa huella de su paso. El muerto regresa, él de fiesta. ¡Día de muertos! Ánima que peregrina sola, camina en el sigilo del eco profundo que lo guía inerte siempre. Ha estado en el mismo sitio donde su alma se fue a volar. Un rumbo sin sentido. Su alma, sí, él, un perdón ahora ya muerto. Está en el exilio de unas horas, su padre escuchará sus pasos, su voz un hilo. Olvido en su garganta prestada. Sus hermanos lo quieren encontrar para volver a ese tiempo impuesto en la infancia perdida y aunque lo busquen no lo encuentran, se fue dejándolos solos. Pasan sobre el humus, sus restos negros tan negros que de la tierra se volvió. Su último hilo de vida se ha ido para siempre al lugar de los muertos, donde la sed es imaginaria, el agua es el recuerdo de un mar de sal que no se puede beber sin decir adiós, se fue el hermano sin morir consciente, aún cree que vive en el accidente, quedó sin cerrar sus ojos. Sus ojos que lo ven todo sin tenerlos ya, sus brazos extendidos como pájaro en vuelo, es el ánima de la fiesta de estos días en noviembre. Es sólo un ánima, un muerto extraviado en bicicleta, ruedan y ruedan y sin avanzar a ninguna parte. En ese espacio inerte se desplaza donde las hojas de su piel no dejan de caer en ese mar caducifolio. Con olor a menta, despierta del letargo, renace el árbol en el campo de los vivos, resplandece el naranja de flores de veinte pétalos, haremos agua caliente de chocolate y un caldo de frijoles para dejarlo en la ofrenda cada año y la foto de cuando estaba vivo, con su gran sonrisa y sus ojos lejanos. El difunto extraviado en caminos inventados viene, volverá, el desaparecido, del que no se sabe su paradero. En la flor ancestral se vuelve a cubrir su recuerdo y los campos, todo para no dejarlo fuera del naranja brillante hasta que el ocre oxidado no se parezca al símbolo de la muerte. Sólo seré esa calavera, como ellos, los renacidos en el bosque inmenso. No es la muerte ese hecho de ser un claro, un claro ser. Quién los puede mirar, ánimas que aparecen de la nada y en la nada están. Sus cráneos difuminados por el viento en polvo y humo. De espanto se llenan las almas que creen que por ellos han venido. Si sólo fue un feto en su corta vida que se fue, en su voluntad el ser será el recuerdo y si fue aborto no se irá de la mujer que lo tuvo en sus entrañas. Ahí en el arrepentimiento surge sin risa, sin voz, sin cuerpo, sin nada que lo sostenga, para que sus brazos lo arrullen, es una tortuga lenta que camina para no irse y quedarse detrás de la puerta de un corazón herido. Su forma diminuta cabe en la palma de su mano, de la mujer que no su poco amamantar incompleto, en aros de un estanque se sumerge círculos y círculos de tortuguitas sin madre escondidas en pliegues del agua, en ese fondo que no las deja nacer a la superficie, no saben respirar, no saben ver la luz. Con los ojos pegados están en el día de las ánimas. Ahí está, el muerto de hambre ha vuelto del viaje de tantas leguas, distancia que atraviesa para llegar envuelto de polvo de caminos lejanos, peregrino de gotas en la sed de agua dulce, la busco en los huecos de piedras sin luz, la humedad que lo abrazó, con un muerte repentina, fue su suerte -lo dijeron mucho-, y fue buena con él porque no muere en manos de hechiceras hierbas que envenenan, ni muñecos de alfileres diminutos en la enfermedad del viajero; es una enfermedad buena, es mejor seguir siendo ánima que murió de vejez, pero siempre quiso ser peregrino, lejos de su tierra donde no era nadie. Y nadie se volvió y había muerto cuando quiso volver, ya nada lo impedía, ya no hubo rumbo que lo detuviera, todos los caminos lo traen hasta aquí. Fue el primero en volver al territorio amigo, antes de su tiempo completo, eres ese pez resbaladizo que se cae en ese estanque que nos da por llamarle universo. Con un conjunto de arpas que tocan ángeles que te custodian para remo, errar un nombre, el que nunca tuvieron las tortuguitas.

Y publicamos otro material:
Las hermanas del sol

Ese día el sol salió por el lado opuesto. Mila era una bella flor de girasol, se retorció para verlo de frente; sin embargo, el sol se ocultó con una nube que pasaba en ese momento, no le dio importancia y se encerró en su capullo a dormir una siesta mientras tomaba su alimento de luz para estar vigorosa. Pasaron varias horas, cuando despertó sobresaltada, ya era de noche y sintió hambre de luz y una sed que la dejaban débil y sin fuerzas. Hacía días que no llovía y las reservas de agua en la tierra se estaban consumiendo por completo. Hasta ese momento se dio cuenta que a sus hermanas le pasaba lo mismo. Estaban enfermas, dormían de lado tocando el suelo, cosa que no sucedía a menudo. Quiso tocar a su hermana Lina, pero por más que se estiró no pudo. Ella estaba totalmente doblada. Vio a Marina con los ojos desorbitado, a lo lejos escuchó un quejido: ¡Agua, por favor agua! Apenas pudo distinguir ese hilo de voz que se perdía entre todas esas hojas. Mirna estaba con la boca abierta, desmayada. Se espantó ante la revelación que estaba teniendo. Lo único que se le ocurrió fue empezar a llamar a las nubes; de pronto, el viento pasó a gran velocidad y se llevó a todas. Por más que les pidió que no se fueran y les regalaran unas cuantas gotas, no escucharon entre los truenos de otro sitio. Entonces esperó el día y no amanecía, no llegaba la luz en la noche que no terminaba. Poco a poco comprendió que se iban a extinguir, pues ya no había más familiares que le quedaran por ahí. Todas las flores de esa colonia venían del mismo sitio, llamado Solilandia, donde el sol salía más de veinte horas al día y las noches eran muy cortas. Sabía que sus ancestros seguían ahí. Ellas habían sido transportadas en el estómago de un cóndor que se había tragado un murciélago, a su vez este se había comido el polen de sus abuelos. Esperó y esperó, fue otro día sin luz, con las pocas fuerzas que le quedaban habló en voz baja con la consejera Sofía, era su nombre, ella sólo le platicó de la historia del final de los girasoles. Ese día sería cuando el sol les diera la espalda. Así fue como descubrió que el sol ya era un astro viejo y tenía muchos siglos en decadencia. Y ya no salía con frecuencia. Mila era la flor más joven, por lo que aún tenía reservas de energía y se sentía con el deber de hacer algo por su familia, pero dependían del sol, era su alimento, la luz que las sostenía. Comenzó a idear cómo podían vivir y recordó a las luciérnagas. Su amigo el pájaro jilguero fue enviado a buscarlas. Cuando llegaron en enjambre alumbraron a los girasoles para que sobrevivieran. Todas estaban dentro de ese letargo suspendido, donde estar en sí mismas era su salvación. Les faltaba aire y agua, el jilguero otra vez abogó por las flores que sabían retener la luz entre sus pétalos, al retener la luz de las luciérnagas se volvieron fosforescentes, en medio de la noche tosían y se desmayaban. Mila sabía que ellas eran las favoritas del astro por esa forma hermosa que tenían, parecían sus hermanas, eran pequeños soles dentro del campo extenso. Mila oró por el viejo astro de luz, suplicaba que no muriera, porque con él también ellas morirían. Esa noche llegó la lluvia, entre truenos y rayos que iluminaban al extenso campo lleno de girasoles. Amaneció y en el horizonte volvió el sol de frente, todas abrieron los ojos ante ese milagro de luz. Mila habló con voz fuerte y le dio gracias al sol. Él contestó: ¡No me puedo ir, las amo, hermanas! El libro está en proceso de edición y será un placer contar con él y leer las páginas de la naturaleza, del ser y de la poética de Alma Delia

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