Por Josefina Lozano
El corazón humano y las matemáticas, tienen algo en común: ambos son perfectos; mientras las matemáticas rigen el universo con su precisión y lógica inquebrantable, el corazón sigue un ritmo exacto, un latido tras otro manteniéndonos vivos. En mi obra Corazón matemático, quise plasmar esa relación; la simetría entre la razón y emoción, entre lo calculado y lo espontáneo, pero al presentarla en la exposición “Corazón Migrante”, en Tijuana el pasado martes 11 de febrero, comprendí que su significado se expandía aún más.

La migración vista desde afuera, parece un fenómeno caótico, una marea de historias individuales que se cruzan en caminos inciertos; sin embargo, como las matemáticas y el corazón, sigue un patrón: cada migrante es parte de una ecuación compleja, su vida antes de partir, los factores que lo obligan a moverse, las decisiones tomadas en el trayecto y la incógnita del futuro. Nada es azaroso; cada paso es un cálculo entre necesidad y esperanza.
Si nos preguntamos ¿cómo late la migración? La respuesta pudiera ser que para quien migra, cada decisión es un número dentro de una ecuación vital; ¿cuándo irse? ¿Hacia dónde? ¿Qué riesgos asumir? La migración no es un salto al vacío, sino un proceso donde se pesan posibilidades, donde cada movimiento es una operación matemática que busca un resultado, una vida mejor.
El corazón del migrante, como el de cualquier ser humano, sigue latiendo con precisión, pero su ritmo cambia, se acelera con la incertidumbre, se detiene con el miedo, se fortalece con la esperanza. En ese ir y venir de emociones, la migración se convierte en un problema matemático que debe resolverse con ingenio, con sacrificio, con resiliencia.
Ahora bien, en cuanto al equilibrio matemático del migrante, quien deja su tierra en busca de nuevas oportunidades no lo hace por capricho, sino porque su ecuación de vida ya no suma, porque el balance de su entorno se ha roto; en su trayecto, el migrante no es solo una persona, es un número dentro de un patrón mayor, un cálculo en la historia de la humanidad que siempre ha estado en movimiento.
La integración a un nuevo lugar es otra ecuación que debe resolverse. Aprender un idioma, adaptarse a nuevas costumbres, reconstruir la identidad, sumar nuevas experiencias, sin restar las raíces. Cada paso, es una variable en una fórmula que busca su equilibrio tratando de encontrar su propia perfección, su propio ritmo matemático.
En la exposición “Corazón Migrante”, mi obra adquirió un nuevo significado: Corazón matemático no solo representa la perfección del latido humano, sino también la precisión de la migración como un fenómeno inevitable y estructurado.
Porque al final, la migración no es desorden, es transformación. Cada migrante es una ecuación buscando equilibrio y cada latido, una decisión para seguir adelante.