Segunda parte
Por: Josefina Lozano

El Ángel, el Monstruo y el Cofre del Umbral
En el cruce de dos calles, donde el eco del recuerdo desenterraba raíces que aún gritaban el amor que las había alimentado, reposaba un cofre…
No era un cruce cualquiera. Una de las calles conducía al pasado, donde en voz baja, se concertaron promesas tejidas y planes dibujados. La otra, se abría hacia lo desconocido, a lo que todavía, no tenía nombre.
El cofre estaba justo en medio. Dorado, silencioso…, esperando. Dentro no había oro, había un amor limpio, dispuesto a entregarse, sin condiciones.
Dos almas llegaron hasta ahí. Ella caminaba acompañada de un ángel; no era uno frágil, sino uno firme, de alas amplias y mirada transparente; era el “Ángel del Amor Valiente”. El alma femenina, no sabía fingir, no desconfiaba sin motivo. Sabía dar, incluso cuando dolía.
Él también llegó al cruce. No venía solo, pues desde las sombras de la calle del pasado, emergió una criatura antigua, hecha de humo espeso y pensamientos inquietos; era el “Monstruo del umbral”.
Sus ojos estaban hechos de dudas, sus manos de celos, su aliento de desconfianza.
No lo atacaba con violencia, sino que lo interpelaba con dudas: “¿Y si no es verdad?, ¿Y si te miente?, ¿Y si no eres suficiente?”.
El Ángel, ante eso, mostraba claridad. Respondía con luz, coherencia y paciencia. La bestia rugía, se acorralaba en el corazón de él para continuar sembrando sospechas en su corazón, sin enfrentarse al ángel. Y esa era la batalla más difícil.
Ella quiso ayudarlo a vencer aquello. Le demostró pureza, cuando no debía ser cuestionada. Sostuvo el cofre con ambas manos, mientras él dudaba en abrirlo.
El Ángel estaba listo, el cofre también; entonces, el monstruo rugió más fuerte y llegó el momento decisivo. No fue una guerra de sangre, sino una elección silenciosa.
El hombre no pudo acallar a su monstruo…
Con el corazón temblando, pero la dignidad intacta, ella infirió algo que es eterno:
El amor puede acompañar; no obstante, no puede sanar lo que alguien se niega a enfrentar. Por eso, realizó el acto más valiente: no destruyo al monstruo, ni suplicó al alma masculina que tomara el cofre. Firme y serena; sin orgullo, ni enojo, cerró la tapa, pues comprendió que el verdadero amor, no se humilla con tal de ser validado.
El Ángel no murió; solo recogió sus alas. El monstruo se quedó custodiando el cofre que nunca pudo abrir.
El cruce de calles aún sigue ahí, suspendido entre lo que fue y lo que pudo ser.
Dice la leyenda que el cofre aún está cerrado en espera de que llegue un alma masculina dispuesta a amar sin reservas.
El Monstruo no venció en la mujer; pues ella circula por la calle del porvenir, esperando aquel que no tema a la luz del amor verdadero. Consciente de que un destino compartido, no se ruega.