Voces Sobre Zapata

Por: Alejandro Ostoa

Toluca Estado de México.- El viernes 4 de los corrientes, en el Centro Toluqueño de Escritores, con la convocatoria de A mis Contemporáneos, se presentó el libro  Emiliano Zapata. Testimonios de la Revolución del Sur, de Édgar Castro Zapata, con la participación de Georgina Flores, el autor y quien esto escribe. Como moderadora la convocante Tania Hernández. Édgar es historiador y bisnieto del general Zapata. Georgina Flores es doctora, reconocida en el ramo histórico.
El presente fue la manera en que presenté.

Alejandro observa al público.

ALEJANDRO: ¿Saben cómo nace la caña? (Pausa en espera de respuesta.) Por la zafra genealógica lo conocerán. Si no lo creen, véanlo. Es Édgar Castro Zapata, el historiador. El bisnieto, el embarbecido. Él también tiene ingenio, pero no del azucarero, sino con los conocimientos adquiridos, vividos. En Emiliano Zapata. Testimonios de la Revolución del Sur, se desbrozan las conjeturas para dejar testimonios, el eco de la verdad histórica y que ustedes se liberen de asfates. Y ya entrado en trapiches expriman a Édgar, pero no con tanto estrujamiento lo dejen como bagazo y ya no me quiera acompañar a brindar con la cachaza. Con Castro Zapata corroboramos que la memoria debe estar presente. Él nos recuerda sobre la lucha para defender el derecho a la tierra, montes y aguas. Eso sucedió en 1909. Qué tanta agua siguen llevando algunos a sus molinos. ¿Y de la tierra qué hay? Troceadores que les extraen sus entrañas, las asfaltan. Y así, ni cómo abrir las manos para acariciarla. ¿Y de los montes? Las mafias voraces, insaciables. (Transición.) Este es sólo un parte que le hago saber, mi general. Y debo decirle que el libro se está presentando en Toluca, y que su bisnieto va a estar firmando hartos ejemplares. (Transición. Cambia de personaje.) Hubo una bellísima mujer que lo mismo se metía en archivos o en estudio de campo y me sigue maravillando por el legado que nos dejó y tuvimos un encuentro entre los andurriales de Emiliano Zapata. Testimonios de la Revolución del Sur. Muchos de ustedes la conocieron, fue cronista municipal de Toluca. Yo sigo despetalando las historias de Margarita García Luna. Y aquí está una entrevista que realizó ella y aparece en este libro. (En campesino.) “No, po’s… al, al morir mi general Zapata po’s tuvimos que desmoralizarnos, mmm, porque ya no había eco, ¿verdad?, de nada. Ya pues, es como un padre de familia: se muere el papá del, del, del hogar, se desbarajusta la familia, mmm. Así fue… po’s sí, unos agarramos por un lado y otros por otro. Bueno, nosotros nos reconcentramos en nuestro pueblo y a trabajar, ¿verdad?, y otros generales po’s reconocieron también su rumbo, mmm y ya… Po’s entregamos las armas, ¿verdad?, entregamos las armas a un general que se llamaba… Benancio López, que estaba aquí en destacamiento, se las entregamos y nos pusimos a trabajar hasta la fecha”. (Transición. En Zapata.) “Que esto que han visto les sirva de ejemplo; este es el castigo que doy a los traidores; que esta sea la última sangre que se derrama por esta causa; de hoy en adelante será una vida nueva; perdono las faltas que hayan cometido ustedes, pero a partir de este día exijo de todos el mejor comportamiento, porque seré muy severo con el que cometa alguna falta, y no quiero que digan después que soy ingrato. Va a incorporarse con nosotros el coronel Guajardo, quien se ha convencido de la bondad de nuestra causa, que es la causa del pueblo humilde, del campesino, y con este valioso contingente, y otros más, espero, es seguro nuestro triunfo; y quiero que al llegar éste, nuestras tropas estén moralizadas y disciplinadas, por lo que les repito: manéjense bien porque castigaré severamente a los que cometan alguna falta ¡A enterrar a los muertos!” (Transición. Cambia de personaje.) Oiga, mi general, ¿a ellos les vamos a hacer su ofrenda el Día de muertos? Pues aunque sea una calaverita de azúcar, porque desde ahí, desde la caña, surgió su movimiento. Y para que no me pandee para un solo lado, también papel picado, como los balazos que entraron a los que petateamos. Y ahora viene de piloncillo Mauricio Magdaleno. (Transición. En Zapata.)Amigos, enemigos… a montones les hemos ido dejando, todavía calientes y sin enterrar, en los ranchos y en los caminos reales. Como decía Montaño, nuestro paso deja ruinas y desolación. Nadamás que a él le tembló el alma, y traicionó a la causa, y por eso murió, y yo no temo ni lo que hemos hecho ni o que tengamos que hacer. Yo ya no me paro nunca, aunque quisiera, como esos troncos que se lleva el río cuando va creciendo, y que no se detienen ni en los recodos, ni en los puentes”. (Transición. Cambio de personaje.) Así es, mi general, en director del Instituto Pro-veteranos de la Revolución y presidente (no como Emiliano, de la junta), Édgar de la Fundación Zapata y de los Herederos de la Revolución AC.

Lo indispensable es que todos nos irgamos resueltos a defender el interés común y a rescatar la parte de soberanía que se nos arrebata.

Me gustaría celebrar con toros, con música y con mucho contento. Pero eso sí, que conste que no tenemos olvido. Memoria, archivos y admiración. ¡Zapata siempre vivirá!

Una Gacela de la Intelectualidad Mexicana

Por: Catalina Miranda

Margarita Peña (1937-2018) fue mi profesora de Literatura Novohispana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, hace ya muchos años. Era una mujer de carácter fuerte, estatura mediana y elocuencia monumental. Escucharla era motivo de asombro. Me dejaba perpleja. Llegué a admirarla por su capacidad para disparar información a una velocidad inaudita. Su cerebro trabajaba velozmente procesando gran cantidad de datos sobre la historia y la literatura producida en lo que fue la Nueva España.

   Nunca imaginé, durante mis años de estudiante, que tiempo después coincidiríamos como colaboradoras en el suplemento cultural sábado de unomásuno, dirigido por el maestro Huberto Batis, suplemento del que posteriormente fui Jefa de Redacción. Nadie hubiese podido vaticinar que la entrevistaría y que más tarde me convertiría en su editora.

   Poco después de que inicié Editorial Ariadna tuve el gusto de publicar: Fulgor Español. Guía para viajeros despistados por la Península Ibérica, en el que Margarita Peña contó la historia de los viajes por Castilla, Cataluña y Andalucía, de Concha de Villarroel (su alter ego), “mexicana obsesionada por bibliotecas, marisquerías, libros viejos y nuevos”, por los aromas macerados y dulces del oro viejo y las sombras, de las tierras amarillas y los molinos de viento, de los muros encalados, las tejas oscuras y las callecitas empedradas.

   Para la autora, estos textos formaron una crónica novelada, una crónica de creación, una croniquilla o cronorrelato. Obra en la que trazó con precisión filigranesca los encuentros con los vivos y los muertos que se le aparecieron en España de frente para no pasar inadvertidos; también da cuenta de la dificultad, por instantes, para describir todo aquello del paisaje que se le derramaba por los bordes y que se le resbalaba del marco estrecho de la retina y la memoria.

   En Fulgor Español… se hallan crónicas escritas sobre Cádiz (1996); Barcelona, Córdoba y Granada, intemporales; Madrid (1973, 74, 80, 83 y 95); Sevilla (1995). Son una combinación abigarrada, un ensamblaje de tiempos, estilos arquitectónicos y literarios: prosa y poesía dando cuenta de costumbres y escenas cotidianas; de cines y monasterios; sex-shops; cafeterías de hotel; moros que aún se ocultan en los patios de la Alhambra; del académico de la universidad; de microfilms; fray Luis de Granada; de San Juan de Dios, mascullando: “Haced el bien, hermanos”, mientras carga a un enfermo; de la Mezquita de Córdoba; de la Venus en el espejo; del restaurante Mesón don Raimundo; del descendimiento de la Cruz; de retratos de Goya; del corazón de Santa Teresa que late relicariamente vivo en la portada: creación de Editorial Ariadna hace ya diecisiete años.

   Las crónicas incluidas en Fulgor español… son el relato de un viaje interior, largo y único y, a la vez, reflejo de un país en continuo cambio, y del vínculo, amoroso, casi siempre, que une al que viaja con el lugar que lo recibe. Fueron publicadas por el maestro Huberto Batis (1934-2018) en el suplemento sábado de unomásuno, de 1995 a 1997, forman parte de la Colección Laberinto de Papel, nombre tomado de la sección de “Libros y Revistas” que el maestro mantuvo en ese suplemento durante casi 25 años.

   El próximo 21 de agosto será el aniversario 86 del natalicio de Margarita, y el 7 de octubre se cumplirán 5 años de su fallecimiento. Concepción Margarita Peña Muñoz  fue doctora en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México; especialista en Literatura Novohispana y Española de los Siglos de Oro; profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM desde 1969, y profesora visitante de universidades nacionales y extranjeras. Publicó: Flores de baria poesía (edición crítica); Literatura entre dos mundos (ensayo); Descubrimiento y conquista de América (antología); La palabra amordazada (rescate documental); El canto de nunca acabar (poesía, 1993); Vivir de nuevo (crónica, 1980); De ida y vuelta (1990); En el nombre de Elegua (1995); El masaje y otras historias de amor (1998); La vampiresa de Dakota (2000). En 1995 obtuvo el Premio Universidad Nacional.

   Ya habrá tiempo y tinta suficientes para escribir sobre esta catedrática mexicana, quien también impulsó y apoyó a escritores noveles, y que, en su juventud, en los años 60 del siglo XX, fundó la revista El Rehilete junto con otras escritoras de su generación: Beatriz Espejo, Carmen Rosenzweig, Elsa de Llarena, Guadalupe de León, Thelma Nava y Lourdes de la Garza.

   Alguna vez dije con admiración sobre la doctora Margarita Peña: “Es una giganta”, queriendo expresar: es una leona, una loba, una gacela corriendo en los territorios de la intelectualidad mexicana.

Murciélago Teatral a Casi un Siglo

Por: Alejandro Ostoa

El teatro, aunque efímero, registra su historia. Este movimiento, denominado Teatro del Murciélago, se orientó en la oscuridad y percibió el instinto de los espectadores.

El Teatro del Murciélago surge en 1924, como un teatro nacionalista. Fue fundado por Luis Quintanilla con el fin de adaptar al teatro, de manera estilizada, danzas y elementos folclóricos de México.

Quintanilla expresó: “Un día, en Nueva York, conocí el teatro ruso de la Chauve-Souris, y este me hizo recordar que México tiene más color que Rusia. Desde aquel día, la idea de crear un espectáculo semejante en mi país, con elementos exclusivamente nacionales y desarrollando temas de la vida mexicana, se fijó en mí como una obsesión. Hoy, la colaboración de los artistas Carlos González y Francisco Domínguez me permite realizar esa idea.

“Hemos titulado murciélago, porque es la traducción de ese teatro ruso… El organdí dominguero de nuestras chicas, la perfecta cursilería de nuestras colonias, los camiones y los fifís son tan característicos de nuestra vida nacional como las costumbres más románticas de nuestros pueblos o el ritmo soberbio y salvaje de las danzas indígenas. “El teatro Mexicano del Murciélago es una tienda de juguetes para el alma.”

Después de presentarse al aire libre, lo hacen en el Teatro Principal con los cuadros El juego de los viejitos, danza humorística de Michoacán. Los fifís, Aparador y Camiones, se constituyen en cuadros típicos de la ciudad; La danza de los moros, recoge una fiesta en honor de los Reyes Magos y La ofrenda, muestra la ceremonia tradicional del día de muertos en la isla de Janitzio, con sones y bailables indígenas. Los decorados corren a cargo de Carlos E. González, Francisco Domínguez reúne y hace el arreglo de la música. Después del fracaso económico de este experimento, El Murciélago bajó el telón durante casi dos años. A finales de 1926, retirados del teatro, Quintanilla y Domínguez, Carlos E. González se une a los críticos Júbilo y Jacobo Dalevuelta, con el escritor Ermilo Abreu Gómez y el compositor Tata Nacho para continuar con el proyecto de Quintanilla. El Murciélago se convierte en un experimento dentro de otro que es la Casa del Estudiante Indígena, donde se puede recurrir a un tipo humano idóneo. La docilidad del indígena venido de cualquier rumbo mexicano se incendia en los breves cuadros de las obras Vivac y Casamiento de indios, realizados por Júbilo; La Tona, escrito por Jacobo Dalevuelta y La Xtabay, escrita y dirigida por Abreu Gómez. Al parecer estas representaciones no cubren con las medidas teatrales tradicionales de aquellos tiempos, pero satisfacen, condensadas, los valores estéticos de la escena, ya que lo más admirable de este experimento fue lo plástico, el timbre personal, la imagen de los valores humanos y estéticos de aquel México cuyo juego se acentuaba en los medios expresivos. Por ello, este tipo de espectáculos abre nuevos rumbos y hace escuela, porque dentro del elemento folclórico en lo lírico y en la construcción dramática de sus diálogos, proporciona materiales inéditos que de inmediato aprovecha el género de la revista mexicana, hijastra a su vez de la fiesta folclórica.

Es merecido recordar a Carlos E. González, quien escondiera en la abreviatura de E, el nombre de Epigmenio, nació en 1893 y falleció en 1961, ambos acontecimientos en la Ciudad de México. Pintor, escenógrafo, promotor teatral y folclorista. Promovió la realización del Teatro Regional en Teotihuacan en la década de los veinte. Realizó más de medio centenar de escenografías, entre ellas la de La verdad sospechosa, de Juan Ruiz de Alarcón, en 1934, con la cual se inauguró el teatro de Bellas Artes, dirigida por Alfredo Gómez de la Vega. Participó activamente en la creación del Teatro Orientación, realizando novedosas propuestas escénicas en la obra O´Neill, Lázaro rió., de O´Neill.

Además de ser pionero en el cine nacional, en la Compañía Azteca Films, ambientando escenarios de la película El automóvil gris, realizó varios diseños escenográficos para el séptimo arte. Colaboró con el antropólogo Manuel Gamio, en la reproducción de códices prehispánicos, el diseño de vestuario y la decoración -primero del corto y luego de la obra teatral –Tlahuicole.

Carlos E. González dedicaría su vida al rescate y registro de la música y las danzas populares, la pintura mural y de caballete.

En 1940 realizó el mural del Café Tacuba, en la Ciudad de México y diez años después en el Comité Pro-Americanistas de Phoenix, Arizona

Este personaje vivió durante dos años en Toluca, en la calle de Matamoros.

En la Biblioteca José María Heredia y Heredia, existen dos murales de su creación., que remiten a la cultura popular, incluyendo instrumentos musicales y danza, la producción de artesanías y el Día de Muertos. Fue inaugurado en 1943, como Pabellón de Turismo y el desaparecido Museo de Arte Popular de Toluca.

Sobre Sonetos del Adiós y del Regreso

Por Catalina Miranda

En la actualidad es difícil encontrar un poeta cuyos versos destellen una propuesta clásica tanto en el aliento, como en el tono, la forma y el sentido. Agreguemos a esas cualidades la sensibilidad, la franqueza y la imaginación; además, limpidez, precisión, buen gusto, armonía, belleza y erudición.

Fernando Corona, escritor mexicano, nacido en 1978, reúne en su obra las cualidades mencionadas. Su capacidad, su minuciosidad, su entrega lo han llevado a cultivar la forma poética más elevada, “clásica, entre las clásicas”: el soneto.

Se dice que Francesco Petrarca (Italia, 1304-1370) es el creador de esta forma de escribir poesía. Lo cierto es que otros poetas, entre ellos Dante Alighieri (1265-1321), habían allanado el camino para que Petrarca escribiera los sonetos incluidos en su Cancionero.
El rigor es el primer requisito para lograr un poema digno de llamarse “soneto”.
La Real Academia de la Lengua lo define como: “Composición poética que consta de catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos.
En cada uno de los cuartetos riman, por regla general, el primer verso con el cuarto y el segundo con el tercero, y en ambos deben ser unas mismas las consonancias. 
En los tercetos pueden ir estas ordenadas de distintas maneras”.
A esta definición habría que agregar, a pie de página, para tener una idea más general de la teoría sobre el soneto, los significados de endecasílabo, asonante, consonante, cuarteto, terceto, y otros, como de métrica, sinalefa y dialefa.

“Llega el libro que atesora la huella en el camino de un bardo sin amada que reposa su amor. Fernando Corona es la pluma, la letra viva, que atesora en cincuenta sonetos su carga espiritual más honda. Como un pez en el agua se desliza en estos versos, son suyos, lo iluminan cuando marca «un palpitar de tinta y hueso».” Dice la cubana Juanita Conejero, en el Prólogo de Sonetos del adiós y del regreso.

En efecto, “como pez en el agua” se desplaza Corona por la poesía incluida en este libro. Obra muy recomendable, que será altamente valorada por los lectores que gustan deambular por las páginas de autores que se explayan libremente con conocimiento de causa. Porque Corona es un poeta que sabe inspirarse; además, una larga trayectoria en la academia lo respaldan. “Es egresado de la licenciatura en Letras Clásicas; maestro en Letras Latinoamericanas y doctorante en Letras Mexicanas, por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Se ha desarrollado profesionalmente en el ámbito bibliotecario y archivístico en la Biblioteca Nacional de México como asistente investigador; en El Colegio de México como becario de investigación en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios; en el Museo Nacional de Arte como coordinador de la Biblioteca y de la Red de Bibliotecas de Arte Mexicano, y en el Banco Nacional de México como Coordinador del Archivo Histórico…”, se anota en su semblanza.

            Y como muestra basta un botón, un capullo floreciente e imperecedero en la página impresa, de Editorial Ariadna:

 EN TUS OJOS…

                              a Blanca Pérez

En tus ojos la tarde está dormida,
llegando va la noche con sosiego;
tus ojos son trigales, yo estoy ciego;
mi presencia en tu sueño está prohibida.

Te pareces al mar y a su embestida,
tu sonrisa va lenta como el fuego,
¿te importa lo que diga este mi ruego?
Calla, que tu mirada lo decida.

De la noche nada queda, ya nada,
yo dormido y tú fija en mi recuerdo.
No sé por qué no estás desesperada,

pues siento que de tanto que remuerdo
tu rostro y tus cabellos imagino,
ya casi va tu huella en mi camino.

Siempre es un gusto encontrar y disfrutar de seres humanos tan creativos y prolíficos.

Podemos conocer más sobre la trayectoria y la obra de Frenando Corona en su página web: https://www.fernandocorona.mx/portfolio/sonetos-del-adios-y-del-regreso

Ahora más que nunca la cultura está al alcance de todos. Gracias por leer y compartir.

Ruiz Mercado, in memoriam (Segunda parte)

Por: Alejandro Ostoa

Ha hurgado en el tiempo, la historia y las vivencias, en este arte efímero de la representación, pero que en singulares casos permanece registrado en el interno escenario de las emociones, a pesar de haberse cerrado el telón.
El chamán Ruiz Mercado no abandona los ritos y llega a la representación, estableciendo diálogo con Dionisos y el Padre Sol para iniciarnos traspasando la “cuarta pared”.
¿Cuántas interrogantes se ha respondido este preceptor escénico con alma de mozalbete? Espero que Pitágoras pueda ayudarme.
Es cierto, la mayoría de las generaciones egresadas de las instituciones  superiores especializadas tienen la certeza de que el teatro inicia con ellos. Pero… no son capaces de discernir si “estudiaron” teatro o actuación. Además, presumen que con un título el papel escénico se hace por sí solo, sin la experiencia de las tablas.
Pepe no se ha percatado que Calabaza, su gata consentida, cruzó la escena, pero percibe el maullido a la poetiana y su pasión escénica se intensifica.
El memorioso sacude mis recuerdos y, con su hilo conductor, me transporta a la providencial provincia en que la escena abona no sólo el terruño, sino que se planta en la región, para ser cosechada en el país e ir a otras latitudes con el disfrute de los aranceles, universalizándose con la denominación de origen hasta los consumidores, el público.
Ruiz Mercado escribe casi de corrido y es raro que tache o enmiende, si acaso hace anotaciones al margen, pero sin marginarse.  
El corpus dramático de Mosaico teatral no margina, es incluyente. Avizora la visión crítica de quienes han dejado huella en revistas y periódicos. De aquellos profesionales que desmenuzan la representación para, sin amputaciones, integrarlos a ese acto sano que los mantiene “vivitos y representando”.
Se convierte en vocero de los dramaturgos y sus criaturas (obras), hace saber a los demás de su existencia, de sus cualidades, tema, subtemas, entrelineados y estilos. Ese Pepe que nunca pierde el estilo.
Los grupos representativos que han transitado en el carromato de Tespis se detienen un rato en esta diligencia difusora de los quehaceres mediante este libro, en que los directores van trazando su gira.
El maestro está tan concentrado que no se ha dado cuenta que de su borrador emerge una presencia femenina. Es la elocuencia, Musa que se integra al Mosaico, por lo que se metamorfosea en Musaico teatral (sic). Así llega al índice, indicador de lo que sucede en el entorno y núcleo del teatro que adquiere el pasaporte universal.
José Ruiz Mercado, con amplio ademán, pone punto final en el papel. Apoya el codo en escritorio y recarga la barbilla en la palma de su mano. Queda meditabundo por unos segundos. Después, deja esta posición y en el aire dibuja una seña de abrir paréntesis, al que le agrega tres puntos suspensivos y cierra el signo, que plasma en papel, con lo que indica su propósito para que el próximo libro sea parte de otro acto que suceda a la vista del espectador. Se levanta de la silla. Enrolla las hojas, queda en proscenio, al centro, proyecta la mirada hacia el fondo. Transición. Contempla el rollo de papel y realiza un movimiento que alude a ser incrustado en un orificio, pero no realiza el remate, sino que lo lleva a un lado y luego al otro contrario, para hacerlo danzar rítmicamente a manera de batuta. Un seguidor lo destaca. El maestro José Ruiz Mercado camina hacia la derecha para bajar los escalones del foro, llega a la sala, lo sigue iluminando el seguidor. Ve su reloj pulsera y se percata que es la hora de la botana en La Fuente. Se va por el pasillo, mientras la luz del seguidor se diluye hasta desparecer para, inmediatamente

caer el telón.
Mientras se cierra el telón, se abre un ejemplar de Mosaico teatral en el foro.

Ruiz Mercado, in memoriam

Por: Alejandro Ostoa

Qué difícil es aceptar la partida de un ser entrañable. Tal es el caso de mi admirado José Ruiz Mercado. Las siguientes líneas fueron publicadas en Mosaico teatral, grandioso libro de los quehaceres en el teatro, la investigación, dramaturgia y la escena, publicado en Editorial Ariadna.
(Un cenital ilumina a Pepecuícatl, a un mes de su partida).

Oscuro total. Tímido sonido de apagador al encenderse. La veladora (luz de trabajo) parece fisgonear, filtrándose con un destello de luz, entre la hendidura del arco de proscenio y la parte superior del telón que, en su hermoso drapeado, ostenta la alcurnia a la cual pertenece. Las discretas luces rojas de las butacas, apenas arriba del piso de los pasillos, crean una tenue valla.

Del vestíbulo se escucha el susurro de una puerta pesada que se abre y posteriormente se cierra. Respira la débil luz de la sala, la alfombra de la misma absorbe los pasos del hombre que entra, produciendo una ligera resonancia del firme andar del caballero bien plantado. Él se acerca al escenario y conforme avanza, rítmicamente se va plegando el terciopelo rojo. Las luces laterales se encienden y descubrimos al personaje, es el maestro José Ruiz Mercado, quien en las manos lleva un sobre-bolsa de papel manila, con hojas blancas en el interior. Luz especial al centro de la escena, bañando a un escritorio de fina ebanistería y pesada, pero cómoda silla, con asiento y respaldo de elegante tapiz. Lekos, pares sesenta y cuatro, fresneles y elipsoidales se dirigen a la escena cuando, de pronto, diablas y candilejas se asoman y permanecen realzando la atmósfera.

La mirada del maestro se dirige a la sala, para fijar la vista en la platea, luego los palcos y más allá la galería. En la memoria guarda la imagen panorámica de las localidades. De pronto, lentamente, levanta la cabeza, invoca a Dionisos, dirigiéndose al telar y a la maquinaria. Desea que llegue mediante Deus ex machina. Queda admirado con un personaje que pasa como de Zeus y desaparece traspasando el ciclorama.

Ruiz Mercado recupera la vertical, gira el cuello hacia la derecha (del actor) y descubre al amigo imaginario ausentado de su vida por un tiempo. Sólo él lo focaliza —terminantemente prohibido utilizar efectos o recursos de tecnología de punta—. El avistado es un antiguo tlacuilo, su gemelo que la primera vez que apareció se presentó como incondicional presencia tutelar. José, se transforma en Pepecuícatl, presuroso saca hojas y una pluma para, de inmediato, empezar a escribir.

Mientras tanto, una sombra desapercibida llega a sentarse a una butaca y contempla la escena. Este último observa al protagonista, y su pensamiento adquiere voz que no importuna al maestro José Ruiz Mercado:

— ¡Cuánta claridad del maestro Pepe! Esa luz de la que no se despoja, lo acompaña siempre en su andar cotidiano; claro que se intensifica más cuando aterriza en la pista creativa, como lo fue El concierto del viernes y más aún con Canto para la ciudad. Eso no quiere decir que sea un despistado en sus andanzas por los andurriales de los barrios, suburbios ni zonas residenciales, ya sea en la Perla tapatía o municipios, rancherías, ciudades o estados, tanto de los Estados Unidos Mexicanos como de otros países. Del café Madoka, en el mero centro de Guanatos, donde se calentaba las manos con la taza recién servida de un excelso arábica, veía el contenido que revoloteaba como torbellino y aspiraba el olor de la infusión para después complacer al paladar, mientras escuchaba la voz interna de la inmersión. Y de allá, se dejó conducir por este Pueblo de miel derramada, andando por Calle Luna, calle, a Pasos lentos hasta llegar a casa de Talía y Melpómene, acompañado por Euterpe, ante el coqueteo de Clío. Observarlo en la creación es sorprendente, pero en un teatro como éste, el estro se le magnifica. Viéndolo bien, es un cenital, como el que cae sobre él y su trabajo.

Afortunadamente no lo han aplanado los leds. Y hablando de cenital me recuerda a una actriz que en tono bromista pedía ser bañada por un “genital”. Y es que el maestro Pepe va a los genes, a la génesis, sin rezarle a San Ginés de Roma. Sí, a los genes del teatro, a la genealogía. Yo me quedo como Torstov en Un actor se prepara, de Stanislavski, y en ese caso no respeto a Celestino Gorostiza y lo escribo como el tlacuilo manda, con i latina, aunque el teórico vivencial y director teatral haya sido ruso.

   Cómo me sorprende el maestro. Eso de conservar el espíritu de crío, como decían en la Nueva Galicia, actual Perla de Occidente, y preguntarse constantemente para despejar las incógnitas generadas, desde los puntos de vista de las diversas ciencias, estética y sensibilidad, es impresionante. Su particular método como poeta, narrador, dramaturgo, investigador, director, incluyendo “anexas y ramales”, impacta. La tinta me dice, antes que se registre en el papel, que está creando un gran mural con trocitos de evocaciones de la historia del teatro. Se trata de un Mosaico teatral.

Fin de la primera parte.

Entre Fuentes, Libros y Bibliotecas

Por: Catalina Miranda

Ciudad de México.- La primera semana del mes de julio tuve la oportunidad de ir a la Biblioteca San Simón, ubicada en el parque del mismo nombre, también conocido como “De la Ballenita”, un apodo muy adecuado, porque en la entrada principal, sobre Calzada San Simón, enfrentito del Metrobús, hay una fuente con un cetáceo bebé, gordito, simpático, que en el pasado me despertó sonrisas cómplices al imaginarme su cuerpo convertido en el símbolo del Yin Yang, y al verlo muchas veces acompañado de niños y niñas, que gustaban chapotear a su alrededor, aunque el agua estuviera turbia y verdosa, y la Ballenita abollada y despintada, lo cual no disminuía la alegría de los niños que se trepaban en ella convirtiéndose en jinetes aventureros o en marineros dispuestos a travesar cualquier océano que se interpusiera en su ancho camino.

Esas escenas me hacían recordar cuando yo, siendo niña, me metía con mis hermanas y mis amigas a la fuente del Parque México, la que también está junto a una Biblioteca, la Amalia González Caballero. Nos quitábamos los zapatos, nos doblábamos hasta las rodillas los pantalones y nos disponíamos a recibir el agua helada, a borbotones, en los empeines, en los tobillos, en las pantorrillas, hasta la orilla de los pantalones que se desdoblaban o porque el nivel del agua alcanzaba, sin misericordia, los muslos. Era una aventura espectacular: Escuchar el golpe del chorro de la fuente, el agua que nos salpicaba la cara al caer en las rocas volcánicas con las que está construida esa bellísima fuente de mi infancia, parafraseando a Alfonso Reyes.

Fuentes, sol, parques, bibliotecas, libros, cuentos ilustrados con estampas coloridas, con grabados, dibujos y pinturas. Fue un deleite entrar en esa biblioteca del parque de la ballenita. Subir las escaleras y recibir el saludo del guardia de seguridad, quien al hacer una reverencia me invitó a entrar y a anotarme en la libreta de los visitantes.

Los ventanales dejaban pasar la luz del mediodía, desde ahí vi los árboles que me causaron una sensación insólita de limpidez en el aire; el jardín recientemente remodelado, los caminos de piedra, la ballenita restaurada, la fuente convertida oficialmente en alberca para los niños, que, por fin, continuamente recibe mantenimiento.

Después de los primeros pasos, encontré a una joven bibliotecaria, con unos diez o doce cuentos para niños —sobre el escritorio— con pasta dura, ilustrados a todo color. Ella revisaba, o reforzaba, con cinta adhesiva transparente, los papelitos con las claves que indican la clasificación, en los lomos. Sentí necesidad de acercarme a ella y decirle: “Vete a pasear al parque, yo hago tu trabajo: yo me entretendré abriendo los libros, revisando la página legal, viendo el nombre del autor, el sello editorial, el año de publicación, y de pasada les echo un ojo a los textos y a las ilustraciones”, todo lo cual me encanta, me derrite, me fascina.

Pero no lo hice, me seguí de largo. En la amplia sala de lectura, limpia, ordenada, no había nadie. Me sentí la “Reina, la Tlatoani de la Biblioteca del Parque de la Ballenita”. Todos esos libros acomodados en los estantes eran para mí sola. Me supe acompañada. Me llené de sorpresa al pensar en todos los autores que estaban ahí esperándome; tentándome; invitándome a acariciar y a leer a lo largo y ancho de las páginas. Me sentí alegre, confiada, plena. Supe que todos esos libros eran mis verdaderos amigos y que no estaba sola.

Me senté para disfrutar el escenario; afuera, las plantas y los juegos para los niños destellaban color. Miré hacia atrás de mí. Un librero con literatura mexicana me custodiaba. Estaban ahí volúmenes de Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Huberto Batis, obras completas de Inés Arredondo, Elena Garro, Rosario Castellanos, Guadalupe Dueñas… entre otros. A este último libro le traía ganas desde hace meses. Lo extraje del librero y le hinqué los ojos y los dientes. El contenido sorprende. Es una compilación de Patricia Rosas Lopátegui, quien se dio a la tarea de reunir todos los libros publicados por esa escritora nacida en 1910, en Guadalajara, Jalisco.

Los cuentos de Dueñas desbordan imaginación. Con un estilo preciso se adentra en el inconsciente de los personajes y nos deja ver su verdadero modo de ser; aquello que esconden; lo que no desean que los demás se enteren. Es minuciosa en sus descripciones.

El libro tiene prólogo de Beatriz Espejo, otra cuentista mexicana, quien fue mi maestra en la Facultad de Filosofía y Letras, y una Presentación de la compiladora. Es muy valioso este volumen, contiene cuentos, artículos, retratos escritos de personajes, poesía y hasta una novela inédita. El Fondo de Cultura Económica lo publicó en 2017, tiene 830 páginas. Es sólo una hermosa semilla de amaranto, del universo que albergan las bibliotecas.

Este mes de julio también asistí a la Biblioteca Pública Manuel José Othón, en la colonia San Miguel Chapultepec, instalada en una construcción muy amplia e iluminada, profusa en su acervo. Acudí para entrevistarme con la coordinadora de actividades culturales de la Red de Bibliotecas Públicas de la Ciudad de México, Mariana Jiménez, joven, entusiasta y profesional, en quien percibí un auténtico interés por los libros y los lectores. Tuve el gusto de conocerla personalmente y de darme cuenta de que compartimos un enorme interés por la cultura y de que, curiosa coincidencia, las dos asistimos a la misma secundaria, en la colonia Escandón.

Siempre que acudo a una biblioteca me quedo con la sensación de haber visitado amigos entrañables y quiero regresar cuantas veces pueda. Estos meses de julio y agosto, vacaciones de verano para los niños, tendrán en las bibliotecas, cursos, lecturas y convivencias varias. Los exhorto a que asistan, disfruten, chapoteen entre los libros y las actividades. Siéntanse los tlatoanis del lugar, conozcan y hagan uso del legado cultural que les pertenece. En verdad, deseo profundamente que en las bibliotecas nos encontremos. Así sea.