
José Ruiz Mercado
Preguntarse por la discoteca de un músico, por la biblioteca de un escritor, la de un médico, la de un sociólogo investigador, puede ser otra forma de entrar a la vida cotidiana de un personaje. Puede ser.
Por alguna razón aún no entendida, por lo menos para mí, se menciona la biblioteca del abuelo, o de la tía, el primer espacio de lectura. Sor Juana Inés de la Cruz, se decía de las lecturas del abuelo. Emilio Carballido decía de una tía.
Preguntarse por el origen de la costumbre de leer busca causas, posible hasta el camino para comprender ese mundo de misterio que encierra la lectura. Leer una novela, por ejemplo, ofrece una complicidad en donde, cerrar la página es caminar, mientras que cerrar el libro es truncar lo cómplice.
Hasta es posible afirmar dime que lees y te diré quien eres, o, más complejo, dime que lees y te diré qué te hace falta. En algún momento por eso se escribió la novela rosa, la novelística de detectives para dar paso al espionaje.
Los días consagrados a los autores, el derecho de autor y demás, en los últimos años, ha perdido significado para dar pauta al objeto. El libro. El olvido de Nabokov posiblemente, o los años de prisión de Cervantes. La censura a las grandes obras.
Emilio Carballido, con esto de la biblioteca de la tía, en una ocasión afirmó que le encantaba ir a la casa parental, porque ahí leía las originales, y no las censuradas escrituras para los niños.
¡Ah! Las preguntas ociosas ¿Qué diría Agatha Christie si viviera? ¿Qué diría de la censura a las palabras ofensivas que piensan eliminar de sus novelas? ¿Ofensivas? ¿Para quién? ¿Acaso el regreso a los edictos de la real audiencia?
Seguimos con la duda. Me imagino la diferencia de la biblioteca de un presbítero y la de un sacerdote seglar. También tendremos la certeza de los años transcurridos. Del primero nos topamos con libros empastados en piel, o algo similar. Algunos en francés. La Summa Teológica, La Ciudad de Dios. La del sacerdote responderá a la corriente en la cual milita.
Hace unos años escribí de la biblioteca de Héctor Monteón, el maestro de muchos, ciudadano del teatro, como lo llamaría Rodolfo Usigli. De sus libros, del cuidado a ellos, esa vida otorgada por un lector cuidadoso.
¿Y qué decir de esas bibliotecas donadas a los centros de investigación? La biblioteca de Margarita Mendoza López, la misma de Usigli, la de Artemio González, esas bibliotecas dignas de verse, casi, convivir con ellas.
Los objetos tienen la vida de quienes conviven. Los objetos se convierten en esa esfera del pensamiento del personaje en turno. La historia de cuando, por qué, en dónde un día se sentó en el espacio adecuado para leer por primera vez página a página el capítulo encontrado.
Encuentro, desencuentro. La biblioteca de los grandes debiera estar presente en los tomos de investigación ¿Qué se lee? ¿Qué dejamos para después? Cada sociedad tiene afinidades en la lectura. Cada individuo recoge la propia.
Digo libros. Digo biblioteca. Lo que escucha un músico. Lo estudiado por un músico. Sus lecturas. Pregunta ociosa ¿Por qué en una entrevista se deja a un lado la afición, el apego a lo cotidiano?