Territorios Baldíos

OPTIMISMO
Darío Fritz

¿Por qué el cambio de año tiene que empezar a la medianoche? En la oscuridad. Sólo alumbrado por el destello de las luces artificiales. Todo año debería comenzar a la hora en que despunta el sol. Con la luz natural que despliega el optimismo del nuevo día. Para eso es el año nuevo, ¿no? Optimismo, mente en blanco, promesas, sueños, esperanzas. La oscuridad suena a contradicción. Llegar cansado del día ajetreado, esperar a cenar tarde, con la barriga hecha piltrafa de tanto zarandearla de carnes, pastas, alcoholes, refrescos, turrones, panes dulces, ¡doce uvas! Una tras otra como si fuéramos patos engullendo para el paté de foie. Entregados a alguna deidad que haga por nosotros una docena de demandas que sabemos sólo con el sudor en la frente podremos sacar adelante.  Parece un suplicio llegar a esas horas de la noche. En cambio el amanecer está hecho de otros condimentos. La energía fluye por doquier. A la 05.43, 06:28, 07:04, 09:18, estemos en esta parte del hemisferio norte o en el cono sur. Armados de una taza de café o chocolate, quizá una copa helada. Mirando por una vez hacia el oeste, para aquellos que no suelen madrugar. O también dormidos, ¿por qué no? Evitaríamos los fuegos artificiales que tan mal ponen a algunos niños y aterran a los animales. La comilona nocturna no la sufriríamos, sino que se disfrutaría el desayuno abrigador. Hasta los enfermos lo recibirían más aliviados antes que mirar por la ventana desde la soledad de la noche en la sala fría del hospital. Sería más incluyente para quienes cumplen con turnos laborales nocturnos. La borrachera estaría clausurada. Se permitiría la comodidad del piyama y la ausencia de maquillajes y gastos en estilistas relajarían a más de una mujer. Quizá hasta evitaríamos a los parientes tóxicos, que para estas fechas hay que aguantar porque claro, todo es optimismo, y no tendríamos que encasillarnos en ratos de Alzheimer obligatorios. Deberíamos romper por unas horas con ese pacto que repetimos autómatas del calendario impuesto por el papa Gregorio III en 1582.

El amanecer nos despojaría de tantas emociones vacuas y candiles de una realidad que con la noche pretendemos ahuyentar. Nos imponemos un festejo nocturno de la continuidad de la rutina diaria como un salto al vacío de un futuro centelleante. Y un año después lo repetiremos, olvidadizos de que nunca hubo algo nuevo, sino una ilusión hueca. El optimismo como la felicidad circunstancial se construye sobre la convivencia diaria con el pesimismo. Llega por bocanadas y permanece errático como el agua del mar al tocar la playa.

Pueblos aborígenes del norte del Pacífico estadounidense y canadiense practicaron hasta el siglo pasado la ceremonia del potlatch (regalo). Consistía en demostrar el poderío de las jerarquías a través de sus riquezas con regalos a quienes lo necesitaban y que en algunos casos luego destruían, significado de los tiempos de carencia que podrían venir.  El denodado esfuerzo por construir algo propio, pero que rápidamente se puede esfumar. Albert Camus lo expuso en las dificultades que tenemos para alcanzar aspiraciones, a partir de reconocer la fuerza destructiva del mal para transformar verdades dolorosas. Ni la hipocresía de los libros de autoayuda contribuye al optimismo ni la lectura del exitismo laboral de LinkedIn, los odios y burlas en redes. Tampoco un rato de gula desatada. Que la individualidad construya resguardos colectivos, la simulación y la mentira se petrifiquen en cavernas de la memoria, el odio serial de los poderosos mala leche busque arraigo en otros planetas. A ver cómo nos va.

@DaríoFritz

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VENENO
Darío Fritz

El presidente del país le dice a la oposición: “deben hacer una revisión de su estrategia, les afecta mucho su racismo y clasismo”. El opositor responde: “amenaza al orden constitucional, y de eso a un autogolpe de Estado hay solo un paso”. Un clásico juego sucio entre políticos. Divide que reinarás. ¿Qué tanto afecta esto al carpintero, el repartidor de alimentos o la cocinera de un puesto callejero? Para algunos, polarizar es un llamado a tomar partido y que al ciudadano no le interesa. Para otros, es tal la implicación del ruido político, que sólo el 15% aceptaría tener de vecino a alguien que no piense de la misma manera. Ruido que no sólo es político, las redes sociales tienen una alta cuota de aporte a consumar el odio y bregar por el espíritu de tribu: los que están en un solo bando. En México, 68 por ciento se informan con redes sociales.

¿Qué rincón del continente americano no pasa hoy por esa dicotomía, yo o el otro, pero nunca juntos? Canadienses, costarricenses, panameños y uruguayos podrían estar fuera de la lista, los demás ciudadanos del resto de los países pasan por las mismas turbulencias de la confrontación. La consultora Edelman situó, de acuerdo con respuestas a una encuesta publicada este año, que en países como Estados Unidos, Colombia o Argentina, la polarización es tal que no hay el menor diálogo entre quienes piensan diferente; mientras en Brasil, México o Francia se encuentran al límite de esa falta de diálogo. Un argentino que acaba de pasar por los tres tortuosos meses de elecciones -primarias, primera vuelta y ballotage- entre agosto y octubre reciente, decidió llamarse a silencio por una temporada sin fecha de cese, para recuperarse de la saturación que le implicó estar al pendiente de la información política del país. Su decisión no es algo extraño. El consumo de información política, según un estudio reciente realizado por la Universidad de Toronto, genera más estrés y repercute de manera negativa en la salud emocional de la gente. Otro análisis, en España -país con índices de polarización extrema-, decía en 2021 que 38 por ciento de la población evitaba las noticias políticas porque le generaba agotamiento y estados negativos.

¿Qué hacer ante tanto veneno circulante? mientras estamos ocupado en cómo pagar los servicios, qué el médico no demore más de dos horas en atendernos, que la hija llegue después de una salida nocturna o que no vuelvan a negarnos mejoras salariales. ¿Llamarse a silencio y abstraernos de encender estaciones de radios y televisoras o cerrar las redes sociales? ¿Reducirnos a comentar únicamente el último show de Luis Miguel, los resultados de la liga de futbol o dónde hallar mejores ofertas de compras de fin de año? ¿Someternos a que la inteligencia artificial nos resuelva cada paso? ¿Sirve argumentar? Jonathan Haidt, un psicólogo social estadounidense, propone para empezar que los políticos -artífices de trasladar sus enconos a los demás- comiencen a hablarse entre ellos, en privado. Quizá debamos adelantarnos y hacerlo entre nosotros, en otros escalones más sencillos y de resultados gratificantes.

@DaríoFritz

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TALÓN DE AQUILES

Darío Fritz
Con la venda en los ojos, revolucionados por la rendija que se abre, dóciles por necesidad e inexperiencia, ante la primera oportunidad laboral que se nos abre, jóvenes aceptamos incorporarnos hasta con la imposición de que sea gratis. Por un tiempo, para aprender, nos justificamos, con los pesos justos para el transporte público, dispuestos a caminar una treintena de cuadras, alimentados por un sándwich al día. Escuálidos por obligación. En algunos casos hasta se formaliza en pasantías o becas, si está la suerte de cursar una carrera universitaria. Los convenios oficiales lo avalan para demostrar que aquello de que el pago debe ser un equilibrio entre remuneración y tarea nace desde entonces y nos perseguirá toda la vida como una entelequia. Es un gran logro, se intenta defender desde las oficinas de recursos humanos de la oficina pública, universitaria o empresarial, y el joven no tiene más que asentir. Trabajar apenas atravesada la mayoría de edad es una gran distancia y mejoría social de lo que han padecido décadas atrás padres o tíos en la familia que desde los diez años y con las tablas de multiplicar aún por mejorar ya salían a la calle a ganarse la vida en algún oficio. Hoy sigue ocurriendo, sí, pero en algo hemos mejorado, no son tantos, compadecen quienes leen las estadísticas con la frialdad del forense que disecciona el cadáver para una autopsia.

El derecho de piso tiene su vida útil. Las habilidades personales contarán para ganarse algunas rayas de respeto. En poco tiempo entrará a correr aquello de que la vida es corta y hay que aprovecharla, sin llegar a ofrecer claridad para una definición tan ambigua. Pasadas las cinco décadas, se comienza a comprender. Un amigo documentalista, recibió una invitación por mail de una supuesta alumna universitaria para invitarlo a dar su opinión experta sobre un trabajo que relataba historias de narcotraficantes. Como no daba precisión el texto, respondió que con interés lo hacía y marcaba algunas condiciones mínimas para la tarea. Primero, que bien podrían solicitárselo sus jefes; segundo, el costo de honorarios por hora de trabajo. Nunca recibió una respuesta. Otra amistad, con cierto predicamento en el mundo literario recibió una convocatoria también para participar como jurado del premio de una organización internacional multilateral. Con palabras ceremoniosas como se estila para el caso, entre las precisiones que pidió fue la remuneración. Ninguna le respondieron, el aporte del prestigio de nuestra institución para su nombre acotó la funcionaria que inició el contacto. Usted como integrante de la institución tiene su salario, imagino, preguntó él a la vuelta de correo. Amable le agradeció por el tiempo destinado al intercambio epistolar. En ambos casos, pasada media década de vida cada uno, sus dificultades para continuar en el mercado laboral son cada vez menos promisorias.

Hablar de Talón de Aquiles hace referencia a nuestras debilidades. Su explicación viene de un mito griego referido a la protección de una madre sobre su hijo. Tetis llevó a su hijo Aquiles a bañarlo al río del Más Allá porque sus aguas milagrosas lo harían invulnerable, y para ello debía sortear muchos peligros. Cuando logra bañarlo, lo hace tomado de los talones. Años después, una flecha mata a Aquiles en la guerra de Troya. Lo había atravesado por la zona que no estuvo bajo la protección de aquellas aguas, el talón. Durante tres décadas la vida laboral nos funciona a plenitud, pero entrada las cinco décadas darle continuidad se convierte en un talón de Aquiles: si no nos mata, nos deja desvalidos y a la merced de prejuicios ajenos.

@DaríoFritz

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BANDOS

Darío Fritz

Entre el bien y el mal hubo una guerra. Las células normales mutaron, multiplicaron su apariencia, corrieron defectuosas, se infiltraron y ya no hubo batallón que dinamitara el tumor. Pasa en la guerra de los hermanos por el juguete, luego por la herencia, al final por los recuerdos olvidados del pasado. En la felicidad confrontando con las desventuras del día a día, en la piel y sus hallazgos de las manchas cafés del paso del tiempo, en los logros profesionales hurtados por advenedizos. Le pasa al corazón desgajado por agónicos silencios.

Entre el bien y el mal hubo una guerra, el agricultor sembró con alegría, las lluvias estuvieron a tiempo, las malezas fueron erradicadas, una helada anticipada quemó todo, la cosecha ni los gastos pagó y el precio de la harina se fue hasta las nubes. El pan dejó de llegar a la mesa. Hubo los que alcanzaron buenos abrigos para soportar el invierno, los vientos, la intemperie, los que tuvieron amor y devolvieron cariño, quienes alcanzaron libros compartieron ideas, pero otros alimentaron el odio, se hicieron del poder y desde el escritorio dirigieron las masacres.

Entre el bien y el mal hubo una guerra. Así, el futbol eyectó las armas entre dos países rotos a jirones por la pobreza, otros invocaron dioses, miles cruzaron líneas divisorias, llagaron sus pies, cargaron frustraciones, huyeron de miserias y violencia, buscaron esperanzas, hasta que alguien los deportó y regresaron a sus frustraciones, sus viejas miserias, la violencia que decapita esperanzas.

Hubo más guerras, la memoria se erigió en fuente de acusaciones, el escritor la hizo palabras, las víctimas pruebas, la solidaridad muro de contención, pero el juez la selló en condenas laxas y el gobernante en amnistías.

Alguien -y hay muchos así-, prometió medicinas para hospitales, erradicación del analfabetismo, alimentos que no faltarían a la mesa, seguridad en las calles, libertad para hablar, contradecir, criticar, besarse en las plazas, justicia en las leyes, estabilidad para los más frágiles, la carga impositiva ajustada sobre los más ricos, transparencia en los números, protección para el diferente, pero otro dijo no y fue aupado por millones, la libertad pasó a ser un mérito, medicinas y alimentos de quien pudiera pagarlos, maestros únicamente para niños aplicados, el beso blasfemia, la justicia un garrote, la corrupción un sofisma.

Entre el bien y el mal hubo una guerra, dice la primera línea del poema “Lago en el cráter” de Louise Glück, que habla del alma aferrada al cuerpo para enfrentar a la muerte como representante del bien, aunque luego la voz de la guerra convence al cuerpo bueno de que quizá él sea también el mal, el que ha hecho tener miedo del amor.

Hay una guerra, entre el bien y mal, como habrá tantas más. David Grossman, escritor que perdió un hijo en el conflicto en el Oriente Medio, llamaba en Escribir en la oscuridad a entender al enemigo para desintoxicar el odio que lleve a la paz. Creía encontrar allí a un enemigo tan asustado, torturado y desesperado como él y los suyos. Lo ha repetido ahora que los suyos fueron masacrados y de la misma manera se vengaron masacrando a los otros. Se elige un bando u otro. Ni ser de aquí ni ser de allá salva al que observa cauto. La imparcialidad se padece. Los que quieren paz padecen. Sobrevivir es lo que nos queda.

@DaríoFritz

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ALGUIEN

Por: Darío Fritz

Hubo un hijo cuyo padre nunca lo vio morir. Que desconocía lugares por los que transitaba y amistades lejanas que sostenía. Hubo un hijo celoso de su privacidad, que solo acercaba detalles de su vida estudiantil al padre curioso por saber de los caminos que los podían emparentar con su juventud de muchacho corriente, ágil para el deporte, retraído con la actividad hogareña, curioso con el cine de acción, ajeno al despertar sexual. Hubo un hijo desalineado, algo tímido y frágil, dúctil para entender de la física y los números, a menudo ofuscado sin saber por qué, sin la introversión ni la melancolía de su padre. Pero felices ambos. Hubo un hijo al que la adolescencia solía consumirle energía por el futuro de sus días, en qué profesión encaramarse, qué ciudad elegir para estudiar, qué sería de aquel padre sin él, si reuniría fortalezas para iniciar la adultez sólo, si debía dejar que sus piernas lo llevaran por el camino que fuese sin preocuparse demasiado por los resultados. Hubo un hijo dependiente y amado por ese padre, que lo alimentó y bañó en las noches, lo trasladó al colegio y lo recogió, ayudó en las tareas escolares en lo que sus conocimiento se lo permitían -la educación se transformó en casi tres décadas de edad que se llevaban-, lo protegió  de malos presagios de sus abuelos paterno, lo potenció a defenderse de la ausencia materna, una perdida a los cuatro años en un accidente automovilístico y de la que pocos recuerdos lo acercaban a un pasado entrañable. Hubo un hijo que no copió la mentalidad competitiva de su padre, ya sea en romper récords personales en responder crucigramas o demostrar que su economía boyante como propietario de una tienda de abarrotes en el centro del pueblo le resolvía cualquier necesidad, incluido los caprichos del hijo como la consola de videojuegos de última generación. Fue un hijo que le reconocía al padre sus modos cariñosos, aunque siempre distantes que no pasaban de las palmadas y desistía de cualquier opción verbal más cercana como un te quiero. Y supo de sus regaños por las manos sin lavar antes de la comida, cuando pasaba de un día sin asearse, si las calificaciones bajaban del nueve o si en la adolescencia se tiraba al conformismo y dejaba de asistir a clases de natación o idioma. Llevaban dieciséis años juntos.

Hubo un padre, ése, al que en una noche sin estrellas y de aire pegajoso, una mujer desangelada del ministerio público, a la que la vida le reconocía sus impericias, con la mirada perdida en carpetas y restos de galletas de una sala pública con olor a violencia, le confirmó que su hijo fue secuestrado algunas horas antes. Hubo un hijo a cuyo padre le hablaron sobre él de teorías de errores personales, de equivocaciones, de compañías peligrosas, de haber hecho algo malo que nunca se precisaba, de criminalidad, de qué estas cosas pasan y hay que habituarse, aunque le toquen a uno. Preguntó. Allí, donde decían que investigaban, con funcionarios de justicia y políticos, gobernantes y abogados de organizaciones civiles. Mujeres que también buscan a sus hijos. Obtuvo respuestas negativas o sin sentido. Falsedades y deformidad de los hechos. Le hablaron de impunidad, vidas que no valen nada y esperanza. De compatriotas apáticos. De que se cuidara. Perdió dinero y gritó de impotencia. En una de las morgues al que las mentiras lo llevaron, preguntó: ¿Qué se hace con la justicia? Este no es un lugar donde habite la justicia, le puntualizaron. Ni siquiera si la muerte fuera justa. La aplicaré por mi cuenta, dijo él como si con ello lograra lanzar una alerta. ¿Usted, quiere hacer justicia?, como quiera, le dijeron, nadie se lo reclamará. Qué necesidad la mía de traslucir tanta impotencia, se preguntó el padre del hijo al que nunca vio morir. Y caminó hacia el vacío seco de la mañana con un objetivo, empezar.

@DaríoFritz

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Verdades
 

Por: Darío Fritz

Alguna vez fuimos víctimas o victimarios de definiciones circunstanciales y lastimosas, más cobardes que creíbles: todo va a estar bien -aunque te dejaron sin trabajo y sin derecho a indemnización-, estas igual -aunque tienes tres décadas de no verte con aquella amiga de la secundaria-, hay que seguir -en las condolencias por un fallecido-, algo sucederá, no hay mal que por bien no venga, el alumno superó al maestro… ya llegamos -al niño ansioso-, o el peor de todos: yo jamás te mentiría. Nosotros mismos nos mentimos. ¿Para qué contrariar con verdades que duelen? Lo dejamos en manos de la fe del otro o la propia, en milagros que nadie reconocería. “Intenta ganarte la vida con la verdad… y acabas en el comedor de beneficencia”, escribió Herman Melville.

La mentira vive sus días de gloria. Días de regocijo y esplendor. Ni es contrariada ni se le pone paño frío. Y no me refiero al banquero que dice ofrecer la mejor tasa del mercado, la etiqueta del jamón de pavo que presenta más embutido que el real o la declaración patrimonial dibujada en la agencia tributaria. Faltaba más, menudencias diarias, sería muy desconsiderado con nuestras notoriedades ancestrales. Esas no faltan. La mentira bien vale una candidatura o una presidencia, los números manipulados de la estadística, acusaciones contra infelices inocentes -siempre pobres- para ocultar la holgazanería y corrupción de los investigadores policiales, el anuncio de la muerte desmentida de un cantante, los justificativos para lanzar una guerra, llámese Rusia en Ucrania o Estados Unidos en Irak.

Brilla la mentira pública, envuelta como el mejor aroma de cocina, sin generar el menor pestañeo de zozobra, se reproduce como conejos y es retroalimentada con generosidad y hasta exageración. Somos dóciles con ella. La consumimos, la dejamos pasar, nada de combatirla, que allí esté, salvo que alguien demande porque se siente ofendido -luego ni sabremos en qué termina, pero el daño ya se hizo. Internet la ha potenciado y allí seguirá vigente. Alguien en futuros años, no hay que ir muy lejos, hallará la mentira en algún lugar recóndito de la web y tendrá la posibilidad de reeditarlo. Así los vemos pasar: los que niegan las vacunas o las masacres de Hitler, de Stalin o de militares latinoamericanos, los que etiquetan como enfermedad la homosexualidad o los que niegan los efectos nocivos del fracking, quienes rechazan resultados electorales o quienes ensucian nombres e instituciones asociadas a corrupción sin demostrarlo, quienes entorpecen las búsquedas de desaparecidos y las pruebas de crímenes, lo que ven “negros de mierda” en lugar de inmigrantes, el periodismo con línea bajo el brazo, los que tienen datos propios sin revelar, quienes culpan a la mujer víctima del feminicidio.

Soy una mentira que siempre dice la verdad, definió provocador el poeta Jean Cocteau en Opéra. Muy cerca del goebbeliano “miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”. Le cabe a los Trump y Bolsonaro, los Vox y Milei. Un Maduro, un Bukele o un Ortega. Mientras se pueda obtener provecho de ella, la mentira existirá, se dice con decepción y realismo. Somos algo flojos para confrontarla.

@DaríoFritz

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Feminismo

Por: Darío Fritz

Sin clan, sin ley, sin hogar, nada es. Lo dice Homero en la Ilíada. “Lo primero de todo es la casa, la mujer y el buey labrador”, aporta Hesíodo. Hablaban de la familia, “la comunidad establecida para la convivencia de todos los días”, a decir de Aristóteles. Y de la cual Platón alertaba que su “desvirtuación o falta de cohesión” llevaría a “la disolución de la República y, por ende, de la sociedad”. En el reciente cierre de temporada de You Honor, la serie en la que Bryan Cranston vuelve a brillar, muestra que para algunos clanes, de la mafia en este caso, lo de la familia se lleva con camisas de fuerzas permanentes. Y que la mujer, despreciada, ninguneada, violentada, puede ganarse su lugar como cabeza del clan -una Hope Davis sobresaliente- a fuerza de mayor maldad que los hombres, aunque esto ya no resulte una novedad tanto para la cinematografía como para la literatura (allí están Las reinas del crimen, La dama de la mafia, el documental Napoli, Napoli, Napoli, o La reina del sur, la creación de Arturo Pérez Reverte).

Esa mirada algo repetida sobre mujeres abandonadas, maltratadas o cómplices del patriarcado, por necesidad, amor o vocación, encuentra otro relato, nuevo y apenas visibilizado; el de las mujeres que aceptan colaborar con la justicia para contar sobre los crímenes, negocios, lavados de dinero y nombres de su clan. Arrepentimiento y necesidad de sobrevivir que en la familia -madres, hermanas, padres- le indilgarán como traición y se lo harán pagar con la muerte si logran cazarlas. De eso va Las buenas madres, la producción italiana basada en el libro homónimo del periodista Alex Perry, y que estrenó este año Star+. Parsimonioso, el relato se toma seis capítulos que pasan muy rápidos, para hacernos ver que la violencia ejercida por padres y criminales del clan es tan cruda como real con las mujeres. Las convierten en rostros desfigurados sólo por acceder a redes sociales, las insultan por ser eficientes en su trabajo, pretenden que una hija olvide a su madre porque los ha traicionado dando cuenta a la justicia de sus crímenes.

En una Calabria donde lo único moderno son los celulares, microondas y refrigeradores, porque en lo demás, desde la arquitectura y el silencio pavoroso de las calles de los pueblos, el conservadurismo rancio y aterrorizante sobrevuela la serie. Las historias verídicas de tres mujeres, víctimas de clanes familiares de la Ndrangheta se abordan con solvencia, frialdad y magnetismo en las cámaras que dirigen con pulcritud el inglés Julian Jarrod y la italiana Elisa Amoruso. Dejan en claro que la familia es una fraternidad de hombre, donde las mujeres sólo acompañan y nunca serán lo primero de todo, volviendo a Hesíodo. Donde un jefe puede denominarse mamma santisssima, pero nunca le confiaría a la mujer hechos y mucho menos secretos, sería como traicionar el juramento de fidelidad, en palabras del arrepentido jefe de la Cosa Nostra, Antonio Calderone.

Las buenas madres es una obra feminista, no sólo porque muestra a esas tres mujeres valerosas junto a la fiscal que encabeza la estrategia de desarmar en lo que puede a la mafia, a partir de hacernos ver que son tan responsables de crímenes -por participación u omisión- como sus maridos o padres, sino también porque cuenta la vulnerabilidad de otras mujeres -la mayoría- que callan la violencia aceptando su papel de víctimas, tutoras del grupo familiar aunque sus integrantes cometan asesinatos, trafiquen drogas o extorsiones a sus vecinos. Mujeres capaces de manipular a nietas y sobrinas contra las propias madres que han dado ese paso de rebeldía contra un mundo oscuro del que ya no quieren formar parte. “No le perteneces a nadie más que a ti misma”, le aconseja Lea Garófalo a su hija Denise antes de que el marido la mate y desaparezca su cuerpo.

Una de las tres versiones que identifican el origen de la palabra mafia, señala la contracción de ¡Ma fia! (¡Mi hija!), que gritaban desesperadas las madres en el Palermo del año 1282 ante la violación de sus hijas cometidas por soldados franceses. Esos gritos hoy se convierten en amenazas de venganza y chantaje. Perderán a sus hijos y su propia vida aquellas que osen ir a la justicia. Y se lo cumplen. Las mujeres lo saben pero dudan. Romper con la omertá (silencio cuyo rompimiento se paga con la muerte) es complejo. Así se lo hace saber Giuseppina Pesse a la fiscal. “Usted no entiende nada”, le advierte.

Los hombres nunca dejarán que una mujer sepa algo, porque de lo contrario mejor será matarla o hacer que otro lo haga, testimoniaba Calderone en 1992. Lo saben en su incredulidad desafiante Lea y su hija adolescente. Ninna ninna ninna neda/ el lobo se come el corderito/ Corderito mío ¿qué hiciste?/ cuando te encontraste con la boca del lobo, dice la letra del tema musical central de Giorgio Giampá que recorre la serie. Nada mejor que la canción tradicional de cuna para describir Las buenas madres, esta serie poderosa en cada escena y virtuosa en su extensión.

@DaríoFritz