Ruiz Mercado, in memoriam

Por: Alejandro Ostoa

Qué difícil es aceptar la partida de un ser entrañable. Tal es el caso de mi admirado José Ruiz Mercado. Las siguientes líneas fueron publicadas en Mosaico teatral, grandioso libro de los quehaceres en el teatro, la investigación, dramaturgia y la escena, publicado en Editorial Ariadna.
(Un cenital ilumina a Pepecuícatl, a un mes de su partida).

Oscuro total. Tímido sonido de apagador al encenderse. La veladora (luz de trabajo) parece fisgonear, filtrándose con un destello de luz, entre la hendidura del arco de proscenio y la parte superior del telón que, en su hermoso drapeado, ostenta la alcurnia a la cual pertenece. Las discretas luces rojas de las butacas, apenas arriba del piso de los pasillos, crean una tenue valla.

Del vestíbulo se escucha el susurro de una puerta pesada que se abre y posteriormente se cierra. Respira la débil luz de la sala, la alfombra de la misma absorbe los pasos del hombre que entra, produciendo una ligera resonancia del firme andar del caballero bien plantado. Él se acerca al escenario y conforme avanza, rítmicamente se va plegando el terciopelo rojo. Las luces laterales se encienden y descubrimos al personaje, es el maestro José Ruiz Mercado, quien en las manos lleva un sobre-bolsa de papel manila, con hojas blancas en el interior. Luz especial al centro de la escena, bañando a un escritorio de fina ebanistería y pesada, pero cómoda silla, con asiento y respaldo de elegante tapiz. Lekos, pares sesenta y cuatro, fresneles y elipsoidales se dirigen a la escena cuando, de pronto, diablas y candilejas se asoman y permanecen realzando la atmósfera.

La mirada del maestro se dirige a la sala, para fijar la vista en la platea, luego los palcos y más allá la galería. En la memoria guarda la imagen panorámica de las localidades. De pronto, lentamente, levanta la cabeza, invoca a Dionisos, dirigiéndose al telar y a la maquinaria. Desea que llegue mediante Deus ex machina. Queda admirado con un personaje que pasa como de Zeus y desaparece traspasando el ciclorama.

Ruiz Mercado recupera la vertical, gira el cuello hacia la derecha (del actor) y descubre al amigo imaginario ausentado de su vida por un tiempo. Sólo él lo focaliza —terminantemente prohibido utilizar efectos o recursos de tecnología de punta—. El avistado es un antiguo tlacuilo, su gemelo que la primera vez que apareció se presentó como incondicional presencia tutelar. José, se transforma en Pepecuícatl, presuroso saca hojas y una pluma para, de inmediato, empezar a escribir.

Mientras tanto, una sombra desapercibida llega a sentarse a una butaca y contempla la escena. Este último observa al protagonista, y su pensamiento adquiere voz que no importuna al maestro José Ruiz Mercado:

— ¡Cuánta claridad del maestro Pepe! Esa luz de la que no se despoja, lo acompaña siempre en su andar cotidiano; claro que se intensifica más cuando aterriza en la pista creativa, como lo fue El concierto del viernes y más aún con Canto para la ciudad. Eso no quiere decir que sea un despistado en sus andanzas por los andurriales de los barrios, suburbios ni zonas residenciales, ya sea en la Perla tapatía o municipios, rancherías, ciudades o estados, tanto de los Estados Unidos Mexicanos como de otros países. Del café Madoka, en el mero centro de Guanatos, donde se calentaba las manos con la taza recién servida de un excelso arábica, veía el contenido que revoloteaba como torbellino y aspiraba el olor de la infusión para después complacer al paladar, mientras escuchaba la voz interna de la inmersión. Y de allá, se dejó conducir por este Pueblo de miel derramada, andando por Calle Luna, calle, a Pasos lentos hasta llegar a casa de Talía y Melpómene, acompañado por Euterpe, ante el coqueteo de Clío. Observarlo en la creación es sorprendente, pero en un teatro como éste, el estro se le magnifica. Viéndolo bien, es un cenital, como el que cae sobre él y su trabajo.

Afortunadamente no lo han aplanado los leds. Y hablando de cenital me recuerda a una actriz que en tono bromista pedía ser bañada por un “genital”. Y es que el maestro Pepe va a los genes, a la génesis, sin rezarle a San Ginés de Roma. Sí, a los genes del teatro, a la genealogía. Yo me quedo como Torstov en Un actor se prepara, de Stanislavski, y en ese caso no respeto a Celestino Gorostiza y lo escribo como el tlacuilo manda, con i latina, aunque el teórico vivencial y director teatral haya sido ruso.

   Cómo me sorprende el maestro. Eso de conservar el espíritu de crío, como decían en la Nueva Galicia, actual Perla de Occidente, y preguntarse constantemente para despejar las incógnitas generadas, desde los puntos de vista de las diversas ciencias, estética y sensibilidad, es impresionante. Su particular método como poeta, narrador, dramaturgo, investigador, director, incluyendo “anexas y ramales”, impacta. La tinta me dice, antes que se registre en el papel, que está creando un gran mural con trocitos de evocaciones de la historia del teatro. Se trata de un Mosaico teatral.

Fin de la primera parte.

Carta Súbita a José Ruíz Mercado (1954-2023)In memoriam

Gracias José:
Escritor, ser humano,
en superlativo.
Aliado, compañero de letras,
respetuoso del trabajo ajeno,
maestro, sabio siempre.

Por: Catalina Miranda
Sin entender por qué, como si despertaras de un sueño, de pronto te encuentras en el escenario. Las luces cenitales caen sobre ti de golpe. Miras hacia arriba y un brillo aun más potente se derrama sobre ti y llega hasta tus pies. Se expande por el suelo e inunda el escenario. Te das cuenta de que esa aura te cubre, te abraza y que tú mismo te has convertido en luz. Tus manos, tus piernas, tu ropa, tu cara son de luz. Te preguntas en qué obra estás inmerso y qué personaje estás representando.

   La música que viene de lejos, como un elemento imprescindible, hace que te olvides de ti y caminas hacia el sitio donde surgen esos sonidos. Es una música que nunca habías escuchado. Es tan armoniosa, tan profunda, tan especial, te habla en un lenguaje que no puedes decodificar. Te esfuerzas por adivinar qué instrumento la está emitiendo y sobre todo, cómo se llama el virtuoso que la ejecuta. “¡Ah!, que bella”, murmuras. “No sé qué obra es ésta, pero me complace que el director haya seleccionado de modo tan afortunado esta música.” Te preguntas, como tantas otras veces: “¿Por qué no estudié música?”.

No te detienes, transitas, las notas persisten. En tu trayecto ves que en el escenario han colocado infinidad de puertas. Estabas inmerso, imaginando la partitura, y no te diste cuenta en qué momento los utileros las colocaron, no hicieron ningún ruido.

Sientes curiosidad por saber qué hay en esas puertas. No te resistes. Te acercas. Sobre la primera hay una frase escrita. Deletreas: “Juan y los marcianos y otras obras”, esa frase te suena, es como si tú mismo la hubieras escrito. Pero no… Un ruido te hace voltear: Ves pasar a un niño riendo a carcajadas, va en una patineta. “Patinetas, Patinetas”, gritas. El niño se sigue de frente. Su risa se pierde entre la música y la luz.

Te diriges hacia otra puerta, también hay un mensaje escrito sobre ella: “Pueblo de miel derramada”, esa frase te recuerda a Juan Rulfo y a un pequeño libro con el dibujo a lápiz de una mujer de espaldas.

Continúas tu recorrido. Vas puerta por puerta, en cada una hay un letrero, es como si todas esas frases dijeran algo de ti: Frontera; Los estilos del teatro jalisciense; Otra cara (ponla ya); La Noche; Del llano a la laguna; La balada de Cata y Manuel (o el plagio del río); Mujer con Paloma; Quizás nos espere el mar. La partitura. Un barquito de papel emerge del suelo navega alrededor de ti y se pierde entre las olas de la luz, a lo lejos.

Sigues leyendo: Historia con condominio y una silla; Ausencias con paisaje; De música con músicos; Y si cuento mejor te cuento… una gata color miel atraviesa la puerta. Brinca, se zangolotea haciendo sonar el cascabel. Sin hablar se presenta: “Soy la gata Calabaza”. “Ah, sí, tú”, casi automáticamente le dices: “Cascabel de rápidos reflejos. / Propuesta mañanera recostada en el sillón. // Rápida. Suaves reflejos. Suave figura. / Musa celeste con cascabel de fondo. / Música en estructura, la orquesta se revela. // Decir tu nombre ahora imborrable en la memoria… // Decir tu nombre. / Verte de nuevo entre los libros. / En el escritorio cascabel. / Tu paseo por la escalera. / Tus bromas. / Tu mirarte en el espejo. / En mi pecho te veo correr por el pasillo…

Te sientes ofuscado. Piensas que estar ahí, envuelto en tanta luz afecta tus sentidos. Sigues recorriendo el escenario. Leyendo las frases escritas en las puertas: Mosaico teatral; Telares del método teatral; El Hilo de Ariadna.

Una madeja de luz rueda por el suelo. La punta, con vida propia, avanza y frente a ti va tejiendo una figura. Empieza por lo pies, sigue con las pantorrillas, los muslos, el torso, el cuello, los brazos, la cabeza, la cabellera. “Quién eres”, preguntas. Ella es Ariadna, sin contestarte sonríe y te pone en las manos un libro: “Cincuenta sin cuenta”, te dice en el oído: “Feliz retorno. Éste es tu mundo. Tu trayectoria. Recuerda: Veinte años es nada. Cincuenta y cinco, menos. La eternidad lo es todo, ahora es tuya…”.

16 de junio del 2023
Ciudad de México

Telares del Método Teatral

Por: Victoria Falcón Aguila
Telares del Método Teatral, es un libro escrito en la línea del estudio haciendo uso del método científico, porque ya se sabe que en ciencia no existen los absolutos y el teatro es un ente vivo inacabado, con causas y consecuencias.

Este es un libro no necesariamente para un público conocedor, pero si para un público interesado en el teatro, aquí  José Ruíz Mercado, le sostiene al lector la punta de la madeja para que poco a poco, conforme avanza en su lectura, vaya desenredando el hilo entre datos, nombres, fechas y anécdotas de grandes personajes del teatro mexicano.

José Ruíz Mercado, parte del hecho de que no existe el Teatro sino que, existen los teatros. El teatro mexicano no responde a un estilo único, sino a lo multicultural. Estudiar al teatro mexicano del siglo XX, es pasar por varias etapas desde la carpa, ópera, zarzuela, el teatro de la Revolución, el universitario; mitad del siglo donde llegan las propuestas, el cuestionamiento, la participación teórica y los públicos con gustos diferentes.

Los teatros, ¿cuántos?, ¿de qué región? ¿Los de vanguardia, el clásico, el callejero? Todos y  cada uno, con nombres, tendencias, propuestas, públicos diversos, requiriendo un telar a la medida, un método pero, ¿cuál?

Si hablamos desde el terreno educativo, donde las escuelas que dicen enseñar teatro, solo instruyen en actuación; esto lleva a una situación compleja, ya que el teatro no solo es la actuación; y si se estudia solo actuación, no se está estudiando teatro. Desaprovechan las posibilidades que el fenómeno escénico otorga; cuántos profesionales del teatro comenzaron estudiando actuación y en el camino descubren que están más interesados en la dirección, en escribir, en la iluminación, en la musicalización, el vestuario y un sin fin.

¿Y qué hay de la investigación? El autor nos señala que la investigación es una herramienta ausente en nuestro sistema educativo. Hace falta investigadores acuciosos  que sepan de teatro, sociología, psicología social, historia y literatura. Se desconocen a muchos autores, otros, poco estudiados. Se necesitan teóricos, indispensable estudiar a la música escrita para una obra, no como mera ambientación, sino como personaje con lenguaje propio, participe de la acción; mérito al que escribe la música y de cual poco se habla, por desconocimiento quizá.

En una Utopía Ruíz Mercado propone que si cada Estado tiene sus dramaturgos, entonces porque no programar un autor por mes y de ahí sacar los mejores montajes para una Muestra Estatal de Teatro. ¿Pero hacia dónde caminar? Es válido que a falta de método se caiga en el facilismo y se monte lo creado por otros, de otros lados, por desconocimiento de lo propio?

Dramaturgos hay, por mencionar algunos nombres: Rodolfo Usigli, Emilio Carballido, Dante Medina, Elena Garro y más, que por yo no mencionarlos, no los excluyo ya que la lista es larga y los pendientes más; es pues, menester estudiar la obra de todos ellos en igualdad de circunstancias, dramaturgos y dramaturgas, para darles su debido reconocimiento.

Es buen momento para el estudio y la investigación, hay las herramientas solo es necesario un cambio de ideología, abandonar el facilismo para adentrarse al lenguaje escénico en una conciencia implícita de auto formación, donde los profesionales del teatro se reconozcan.

Felicito a José Ruíz Mercado por Telares del Método Teatral, un estudio que servirá como un instrumento de consulta, tanto al lector especialista como al no tan especialista en el teatro, creando inquietud por saber y conocer más de los autores mexicanos y sus obras.