(Primer acto)
Por: Alejandro Ostoa
A Catalina Miranda y su Tespis…
de colección
El teatro, como representación es efímero, pero quienes lo hacen posible (dramaturgos, directores, actores, escenógrafos y productores, entre los principales), marcan a los espectadores. Este año (2023) se cumplen 35 de la creación de la Compañía de Teatro en Vecindades, proyecto de gran alcance, de Roberto Javier Hernández El pelón.
Roberto Javier Hernández, más reconocido como El Pelón, chilango de nacencia y conciencia, egresó de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue alumno de Héctor Mendoza, Luis de Tavira y Julio y Germán Castillo, entre otros notables directores, con lo que posteriormente trabajó. Fue iluminador, escenógrafo y asistente de dirección. Como actor, también tuvo presencia, destacando en Nadie sabe nada, de Vicente Leñero. Julio Castillo y Germán Castillo fueron quienes más le solicitaban que asistiera para recibir la crítica de los montajes a estrenar. El Pelón, generoso desparramado, realizaba la crítica y constantemente le pedían puentear escenas, porque tenía la capacidad de hacerlo con elementos que simbólicamente eran los idóneos.
Incisivo, corrosivo, imaginativo y propositivo, era un ser luminoso que contrastaba la alta cultura con la popular. Luchador social desde la escena, sin panfletos ni discursos mareadores, tendenciosos, llegaba a los oprimidos, a los combativos. Recuerdo que cuando le pregunté a qué se debía su estilo rapado, me platicó la historia. Participó en una manifestación conmemorativa del Movimiento Estudiantil del 68. Traía greña larga, los granaderos lo golpearon y le quitaron un mechón, con parte de cuero cabelludo y desde entonces andaba con la cabeza como de rodilla. Sus bigotes, recordando a las morsas, eran otra de sus características. Así se involucró en una aventura, participando como actor en la telenovela El pecado de Oyuki.
Verlo dirigir era disfrutar una escena del teatro del absurdo. Su lenguaje oral era como comedia de enredos, pero con pocas palabras, repetitivas, enfáticas y abstractas, careciendo de cantinfleo. Dicho lenguaje lo fortalecía corporal y gestualmente, poniendo énfasis en lo descomunal. No decía nada… pero trasmitía todo.
Siempre he dicho que al director escénico que más le aprendí fue a él. Va un ejemplo, subiéndose a escena y con mirada, lenguajes corporal, gestual y textual, cargado de energía emprendía lo que deseaba que se le trasmitiera dentro de su proyecto de dirección: “Mira, cabrón, el pedo está así… tú llegas… pas… pum y en chinga te presentas, poniéndote muy acá… Agarra el pedo y maneja todo el escenario. ¿Captas? Y se bajaba del escenario. (¿A alguno de los lectores no le quedó claro la indicación?) Yo la captaba.
Recuerdo que lo entrevisté para la revista Mira, titulando tal trabajo como “Por actuar en quinto patio”. Cuando entré a trabajar en cultura de la Ciudad de México, en lo que fuera Socicultur (que había sido un proyecto de entretenimiento), cuando fue titular Alejandro Aura, y subdirector de actividades Culturales Armando Vega-Gil, llegamos a programar a la compañía de Roberto con obras contra las adicciones y con canevás que presentaban en diversos foros callejeros, así como en reclusorios y orfanatos. Su compañía era la más solicitada porque se adaptaban al público que presenciaba la obra.
Recuerdo que una ocasión me invitó a un canevá y actué en la Candelaria de los patos. La obra se presentó tras ver una muestra de objetos que pertenecieron a prostitutas asesinadas. La exposición me resultó un golpe clarísimo en el espejo de la cotidianeidad, realidad destrozada, esquirlas de lo que fueron zapatos de plataforma, fragmentos de lápiz labial, condones amarillentos, peines chimuelos, y sostenes sin apetencias.
Después me invitó a escribir un Hamlet a la mexicana. Había ganado la beca de la Fundación Rockefeller. La obra fue El otro espectro de Hamlet, se estrenó en el teatro Venustiano Carranza de la Ciudad de México. Hicimos una gira delegacional con una pastorela de payasos. Con El otro espectro de Hamlet me pidió que lo acompañara a los ensayos. Así lo hice. El padre Hamlet lo interpretó Juan Pablo de Tavira. Me pidió que marcara a un guardia que le rompía una botella en la cabeza. Tavira asistía a los ensayos con sus guaruras, había superado el atentado en su casa, mediante la fuga de gas y dejado de ser director general técnico del Sistema Penitenciario Nacional. Nunca llegó el actor que iba a realizar el guardia. El día del estreno hice el papel. Mi miedo era la reacción, porque le rompí la famosa botella (de utilería en la cabeza).
Cae el telón del primer acto.