Por Pablo Euzarraga Morales
Todavía bien y antes de la exacerbación de las tecnologías y de la comunicación a través de ellas (que cabe señalar, provocaron una intoxicación en el lenguaje); teníamos algo que era, la “Gramática mínima para la expresión”.
Ésta daba la posibilidad de comunicarse mejor con nuestro interlocutor, a través de mensajes bien articulados para que fueran lo suficientemente bien entendidos.
Hoy la comunicación en la mayoría de la población por medio de redes sociales y aún más, en modo presencial, se da con un mínimo de expresiones con los que supuestamente se debe intuir el lenguaje y se debe entender un mensaje.
Dos jóvenes intentan hablar sobre una fiesta y resulta que con 3 palabras explican cómo se desarrolló dicho evento:
−Cómo estuvo la fiesta?
−Estuvo bien ver…
Entonces ese órgano masculino se convierte en una consecuencia de uso, como un concepto general según la tonalidad que se le dé…
Y si se les preguntase, cuál fue el verdadero mensaje que se recibió, pidiéndoles que respondan con una expresión gramática mínima apoyados de conceptos colectivos, veríamos que no hubo una real comunicación; por lo que no podrían emitir un juicio sobre el mensaje que se acaba de recibir.
Esa intoxicación del lenguaje conlleva una comodidad ante la falta de conceptos para unificar una idea; la búsqueda de incrementar el acervo lingüístico o la superación mental, se diluye donde los cómodos y comodinos se sienten a gusto.
Ante esta consecuencia, debemos de comenzar de nuevo, retomando la Gramática mínima para lograr satisfacer una comunicación con conceptos y principios.