Por: Alejandro Ostoa
Ha hurgado en el tiempo, la historia y las vivencias, en este arte efímero de la representación, pero que en singulares casos permanece registrado en el interno escenario de las emociones, a pesar de haberse cerrado el telón.
El chamán Ruiz Mercado no abandona los ritos y llega a la representación, estableciendo diálogo con Dionisos y el Padre Sol para iniciarnos traspasando la “cuarta pared”.
¿Cuántas interrogantes se ha respondido este preceptor escénico con alma de mozalbete? Espero que Pitágoras pueda ayudarme.
Es cierto, la mayoría de las generaciones egresadas de las instituciones superiores especializadas tienen la certeza de que el teatro inicia con ellos. Pero… no son capaces de discernir si “estudiaron” teatro o actuación. Además, presumen que con un título el papel escénico se hace por sí solo, sin la experiencia de las tablas.
Pepe no se ha percatado que Calabaza, su gata consentida, cruzó la escena, pero percibe el maullido a la poetiana y su pasión escénica se intensifica.
El memorioso sacude mis recuerdos y, con su hilo conductor, me transporta a la providencial provincia en que la escena abona no sólo el terruño, sino que se planta en la región, para ser cosechada en el país e ir a otras latitudes con el disfrute de los aranceles, universalizándose con la denominación de origen hasta los consumidores, el público.
Ruiz Mercado escribe casi de corrido y es raro que tache o enmiende, si acaso hace anotaciones al margen, pero sin marginarse.
El corpus dramático de Mosaico teatral no margina, es incluyente. Avizora la visión crítica de quienes han dejado huella en revistas y periódicos. De aquellos profesionales que desmenuzan la representación para, sin amputaciones, integrarlos a ese acto sano que los mantiene “vivitos y representando”.
Se convierte en vocero de los dramaturgos y sus criaturas (obras), hace saber a los demás de su existencia, de sus cualidades, tema, subtemas, entrelineados y estilos. Ese Pepe que nunca pierde el estilo.
Los grupos representativos que han transitado en el carromato de Tespis se detienen un rato en esta diligencia difusora de los quehaceres mediante este libro, en que los directores van trazando su gira.
El maestro está tan concentrado que no se ha dado cuenta que de su borrador emerge una presencia femenina. Es la elocuencia, Musa que se integra al Mosaico, por lo que se metamorfosea en Musaico teatral (sic). Así llega al índice, indicador de lo que sucede en el entorno y núcleo del teatro que adquiere el pasaporte universal.
José Ruiz Mercado, con amplio ademán, pone punto final en el papel. Apoya el codo en escritorio y recarga la barbilla en la palma de su mano. Queda meditabundo por unos segundos. Después, deja esta posición y en el aire dibuja una seña de abrir paréntesis, al que le agrega tres puntos suspensivos y cierra el signo, que plasma en papel, con lo que indica su propósito para que el próximo libro sea parte de otro acto que suceda a la vista del espectador. Se levanta de la silla. Enrolla las hojas, queda en proscenio, al centro, proyecta la mirada hacia el fondo. Transición. Contempla el rollo de papel y realiza un movimiento que alude a ser incrustado en un orificio, pero no realiza el remate, sino que lo lleva a un lado y luego al otro contrario, para hacerlo danzar rítmicamente a manera de batuta. Un seguidor lo destaca. El maestro José Ruiz Mercado camina hacia la derecha para bajar los escalones del foro, llega a la sala, lo sigue iluminando el seguidor. Ve su reloj pulsera y se percata que es la hora de la botana en La Fuente. Se va por el pasillo, mientras la luz del seguidor se diluye hasta desparecer para, inmediatamente
caer el telón.
Mientras se cierra el telón, se abre un ejemplar de Mosaico teatral en el foro.