Ciudad de México.- La primera semana del mes de julio tuve la oportunidad de ir a la Biblioteca San Simón, ubicada en el parque del mismo nombre, también conocido como “De la Ballenita”, un apodo muy adecuado, porque en la entrada principal, sobre Calzada San Simón, enfrentito del Metrobús, hay una fuente con un cetáceo bebé, gordito, simpático, que en el pasado me despertó sonrisas cómplices al imaginarme su cuerpo convertido en el símbolo del Yin Yang, y al verlo muchas veces acompañado de niños y niñas, que gustaban chapotear a su alrededor, aunque el agua estuviera turbia y verdosa, y la Ballenita abollada y despintada, lo cual no disminuía la alegría de los niños que se trepaban en ella convirtiéndose en jinetes aventureros o en marineros dispuestos a travesar cualquier océano que se interpusiera en su ancho camino.
Esas escenas me hacían recordar cuando yo, siendo niña, me metía con mis hermanas y mis amigas a la fuente del Parque México, la que también está junto a una Biblioteca, la Amalia González Caballero. Nos quitábamos los zapatos, nos doblábamos hasta las rodillas los pantalones y nos disponíamos a recibir el agua helada, a borbotones, en los empeines, en los tobillos, en las pantorrillas, hasta la orilla de los pantalones que se desdoblaban o porque el nivel del agua alcanzaba, sin misericordia, los muslos. Era una aventura espectacular: Escuchar el golpe del chorro de la fuente, el agua que nos salpicaba la cara al caer en las rocas volcánicas con las que está construida esa bellísima fuente de mi infancia, parafraseando a Alfonso Reyes.
Fuentes, sol, parques, bibliotecas, libros, cuentos ilustrados con estampas coloridas, con grabados, dibujos y pinturas. Fue un deleite entrar en esa biblioteca del parque de la ballenita. Subir las escaleras y recibir el saludo del guardia de seguridad, quien al hacer una reverencia me invitó a entrar y a anotarme en la libreta de los visitantes.
Los ventanales dejaban pasar la luz del mediodía, desde ahí vi los árboles que me causaron una sensación insólita de limpidez en el aire; el jardín recientemente remodelado, los caminos de piedra, la ballenita restaurada, la fuente convertida oficialmente en alberca para los niños, que, por fin, continuamente recibe mantenimiento.
Después de los primeros pasos, encontré a una joven bibliotecaria, con unos diez o doce cuentos para niños —sobre el escritorio— con pasta dura, ilustrados a todo color. Ella revisaba, o reforzaba, con cinta adhesiva transparente, los papelitos con las claves que indican la clasificación, en los lomos. Sentí necesidad de acercarme a ella y decirle: “Vete a pasear al parque, yo hago tu trabajo: yo me entretendré abriendo los libros, revisando la página legal, viendo el nombre del autor, el sello editorial, el año de publicación, y de pasada les echo un ojo a los textos y a las ilustraciones”, todo lo cual me encanta, me derrite, me fascina.
Pero no lo hice, me seguí de largo. En la amplia sala de lectura, limpia, ordenada, no había nadie. Me sentí la “Reina, la Tlatoani de la Biblioteca del Parque de la Ballenita”. Todos esos libros acomodados en los estantes eran para mí sola. Me supe acompañada. Me llené de sorpresa al pensar en todos los autores que estaban ahí esperándome; tentándome; invitándome a acariciar y a leer a lo largo y ancho de las páginas. Me sentí alegre, confiada, plena. Supe que todos esos libros eran mis verdaderos amigos y que no estaba sola.
Me senté para disfrutar el escenario; afuera, las plantas y los juegos para los niños destellaban color. Miré hacia atrás de mí. Un librero con literatura mexicana me custodiaba. Estaban ahí volúmenes de Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Huberto Batis, obras completas de Inés Arredondo, Elena Garro, Rosario Castellanos, Guadalupe Dueñas… entre otros. A este último libro le traía ganas desde hace meses. Lo extraje del librero y le hinqué los ojos y los dientes. El contenido sorprende. Es una compilación de Patricia Rosas Lopátegui, quien se dio a la tarea de reunir todos los libros publicados por esa escritora nacida en 1910, en Guadalajara, Jalisco.
Los cuentos de Dueñas desbordan imaginación. Con un estilo preciso se adentra en el inconsciente de los personajes y nos deja ver su verdadero modo de ser; aquello que esconden; lo que no desean que los demás se enteren. Es minuciosa en sus descripciones.
El libro tiene prólogo de Beatriz Espejo, otra cuentista mexicana, quien fue mi maestra en la Facultad de Filosofía y Letras, y una Presentación de la compiladora. Es muy valioso este volumen, contiene cuentos, artículos, retratos escritos de personajes, poesía y hasta una novela inédita. El Fondo de Cultura Económica lo publicó en 2017, tiene 830 páginas. Es sólo una hermosa semilla de amaranto, del universo que albergan las bibliotecas.
Este mes de julio también asistí a la Biblioteca Pública Manuel José Othón, en la colonia San Miguel Chapultepec, instalada en una construcción muy amplia e iluminada, profusa en su acervo. Acudí para entrevistarme con la coordinadora de actividades culturales de la Red de Bibliotecas Públicas de la Ciudad de México, Mariana Jiménez, joven, entusiasta y profesional, en quien percibí un auténtico interés por los libros y los lectores. Tuve el gusto de conocerla personalmente y de darme cuenta de que compartimos un enorme interés por la cultura y de que, curiosa coincidencia, las dos asistimos a la misma secundaria, en la colonia Escandón.
Siempre que acudo a una biblioteca me quedo con la sensación de haber visitado amigos entrañables y quiero regresar cuantas veces pueda. Estos meses de julio y agosto, vacaciones de verano para los niños, tendrán en las bibliotecas, cursos, lecturas y convivencias varias. Los exhorto a que asistan, disfruten, chapoteen entre los libros y las actividades. Siéntanse los tlatoanis del lugar, conozcan y hagan uso del legado cultural que les pertenece. En verdad, deseo profundamente que en las bibliotecas nos encontremos. Así sea.