Territorios Baldíos

DESAGRAVIADOS

Darío Fritz

A veces tenemos poco que decir. Analizado a fondo, seguramente que nada. Nos puede pasar en la reunión familiar, con los amigos, en el taxi rumbo al trabajo, con el mesero de la cafetería, en la oficina, frente a la tumba de quien amamos, en las opiniones de textos como este. Sobrevaloramos muchas cosas. La película American Fiction. El chile en nogada y el mole con pollo. La pasión por la profesión. La economía liberal. La procesión de Iztapalapa. El apego de las mascotas. Los recuerdos de la infancia. El primer beso. Que los trapos se lavan en casa. Que el atardecer en la playa. Que nuestro destino escrito en piedras de agua. Sobrevaloramos la capacidad para abrir la boca por todo y para todo. Mientras que escuchar, su antítesis, ha quedado relegada a cierto ostracismo, lo mismo que pensar. Tanta inmersión en redes sociales e imantados por el celular -más sobrevaloraciones-, chamuscan el cerebro.  Como si abrir la boca tuviera que ser obligatorio, y salen a bocajarro las mayores pamplinadas del mundo. Que una vez desarrajadas las palabras viene de inmediato la pregunta, ¿cómo pude decir eso? O visto en otros, que es uno mismo, ¿cómo puede soltar tanta estupidez sí lo tenía como alguien inteligente?

Cuando no hay nada que decir, las letras de otros a las que podemos recurrir soliviantan tanta deserción. Descubiertas sobre el papel, embelesadas de tonos musicales o cautivadas por imágenes de fondo. Se hilan una tras otra como si contaran una historia. Historias de poetas. Vida viajera, / arar, yendo y viniendo, / una parcela. (Basho); Tengo un millón de caballos / ¿Escucháis su relincho? / Nadie podrá atajarme (Antonio Esteban Agüero); A veces su luz cambia, / es el infierno; / a veces, rara vez, / el paraíso. / Alguien podrá quizás / entreabrir puertas, / ver más allá / promesas, sucesiones (Ida Vitale); Somos mortales, acunados en un día, de vez en cuando / tiene sentido decir Salva lo que puedas (Anne Carson); ¿Y si después / de la muerte / hay una vida / infinitamente / más dolorosa / que ésta? (Claudio Bertoni); Cada uno se va como puede, / unos con el pecho entreabierto, / otros con una sola mano, / unos con la cédula de identidad en el bolsillo, / otros en el alma, / unos con la luna atornillada en la sangre / y otros sin sangre, ni luna, ni recuerdos /(…) Y menos mal que no habrá nadie / para escarbar luego bien hondo / y descubrir que no hay nada enterrado (Roberto Juarroz): Y cuando es de noche, siempre, / una tribu de palabras mutiladas  / busca asilo en mi garganta, / para que no canten ellos, / los funestos, los dueños del silencio (Alejandra Pizarnik).

Dice la novelista y poeta María Negroni que “a cada cual su castigo, su asfixia, su soledad”. Que “la obsesión es requisito de nuestra supervivencia”. Admirable la obsesión de los que quieren decir, aunque no dicen nada. Desde las páginas talladas en papel, la invisibilidad del audio, la certeza de la imagen. La tarima, el púlpito, la tribuna, el estrado. Un llamado a que callen no debería estar sobrevalorado. Quienes escuchan y piensan habrán sido desagraviados.

@DarioFritz

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    DE IZQUIERDAS Y DERECHAS

    Darío Fritz

    Las palabras fuera de contexto pueden llevar a distorsiones. Algún editor en un paso por Guadalajara solía despotricar contra cierta descripción. La descripción de “derecha” para un partido político o de “izquierda” para otro. Son etiquetas, argumentaba, y no hacía honor a las personas que lo integraban, a su parecer de amplitud de criterios. Podía tener razón moral o teórica, pero las instituciones políticas, desfallecientes desde hace largo tiempo y tomadas por algunos personajes y sus grupos de cómplices, sin ánimo de debatir sino de obedecer a ciegas, se definen por sus intenciones, actos, imposiciones. Esperar a que incluyan ideas y colores multifacéticos sería como esperar de un negacionista a que elogie la aplicación de vacunas, proteste por el cambio climático o defienda la igualdad de género. La denostación por el contexto de aquel editor que abogaba por la inexistente objetividad y solía lustrar con denuedo los oídos de sus jefes, bien le cabe a estos tiempos donde se gobierna con mayor definición sobre la diestra o siniestra, según se consideren ubicados, aunque todos los días nos sorprendan con decisiones similares, explicadas bajo el serpenteante y difuso criterio de los sitiales ideológicos.

    Por derecha y por izquierda germinan coincidencias, extrañas y absurdas. Benjamín Franklin elaboró la teoría de los fluidos eléctricos donde dos extremos de carga positiva y negativa se atraen, no así cuando son iguales. Pero eso es física, y la ciencia lo explica. En política, donde brillan los condimentos humanos, el paralelo puede ser tramposo. La coincidencia germina en gobiernos que por derecha o izquierda dejan en el desamparo a enfermos de padecimientos con altos costos —cáncer, trasplantes, cuidados intensivos neonatales—­ y en la entrega de medicinas.  Germina en incrementar el desempleo gubernamental, licuar los avances de las áreas de ciencia, sostener una inversión regresiva en educación superior, minimizar los derechos humanos o quitar programas de respaldo a madres trabajadoras. Germina por izquierda o derecha la renuncia a que el Estado apoye la creación cinematográfica y cierre todo grifo a la subvención que el sector privado no puede suplantar. Verbalizan corrupción de otros que nunca denuncian, presentan datos de imposible demostración.

    Germina de ambos lados un escozor desenfrenado hacia todo lo que huela a información y libertad de opinión: los periodistas están atados a intereses antigubernamentales, dicen, los analistas tienen datos irreales y los medios atentan contra el gobernante. Hasta las propias agencias de información oficial son cerradas de un golpe de escritorio en pocas horas —se pierden centenares de empleo, se silencia información para medios de escaso alcance en los Estados, se pierden décadas de archivo de la historia del país— porque la voz presidencial, sin intermediarios, es suficiente para propagandizar. Germina por izquierda y por derecha en México como en Argentina, en El Salvador como en Nicaragua y Venezuela. Coinciden en un lenguaje díscolo e infeccioso que unifica enemigos: conservadores, casta, corruptos, cínicos, enemigos del pueblo, traidores a la patria.

    Antes de que hace 2,500 años empezara en Roma la batalla para que las leyes igualaran a todos, tanto jefes tribales como caudillos y nobles se erigían en la única fuente del derecho. Por derecha y por izquierda hoy germina una intención de regresar a aquellas interpretaciones de las leyes que impone el más fuerte. El análisis más expeditivo y superficial sobre estas coincidencias y gérmenes dirá que se trata de populismo. Los extremos no se tocan, definirá. Escribió Bertolt Brecht; “Siete veces pasas sin ver/ A la octava condenas sin mirar”. Lo peor que nos puede pasar sería permanecer con los ojos cerrados.

    @DaríoFritz

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    CEGUERA EN DÍAS DE JUSTICIA

    Darío Fritz

    Uno se detiene a mirar lo que son los ojos y nos electrizan de pensarlo. Arden, inquieren, aíslan, evaden. Pueden dar tanto miedo como el más afilado de los estiletes, a decir de Hilda Hilst. Ojos que son la guerra, a decir de Arturo Pérez-Reverte. Capaces de verte a ti mismo a través de mis ojos, en los ojos sensibles de Frida Kahlo. Donde conviven el pálpito de la muerte y la angustia de la vida, a decir de Katya Adaui. De los más dolorosos pueden surgir los más expresivos. Se los vi a una joven sobreviviente de los militares que desaparecieron a sus padres y tres hermanos en la Argentina de 1976, y a un hombre atrapado entre contar a la justicia mexicana lo que veía como encargado de vestir a un líder del narcotráfico y la venganza de este en destruir a su familia. Ojos marchitos, fatigados, pero también astutos, atentos, inteligentes. Ojos que a su vez se decían ajenos a donde vivían. La joven que no hallaba justicia, el hombre arrepentido que ya lo había dicho todo para salvar su libertad a un alto costo. Ojos de sentirse extranjeros en casa.

    En tiempos de cavernas y de los orígenes del hombre en las relaciones sociales se vivía en grupos. El extraño, perteneciente a otras tribus, generaba desconfianza. Nada insólito para lo que vemos en la actualidad, con el migrante, el vecino nuevo, el desconocido sentado a un lado en el autobús, los productos importados de países con mala prensa, el cuerpo tatuado, la música de barrios populares. Los niños lo suelen explotar con crueldad sobre la compañerita que se incorpora a mitad del calendario o el compañero más apocado. Los gobernantes se lo hacen ver a quienes piensan diferente, ahora que eso de la democracia se pone cada vez más en duda por los propios errores de ejercer el poder, que hace del que está enfrente un enemigo antes que el contrincante con quien discutir.

    El dios Momo, que en algunos países latinoamericanos se lo recuerda en carnaval por la quema de su muñeco, fue la personificación del sarcasmo y la ironía, un personaje criticón que atacaba a otros dioses y hombre por sus supuestas equivocaciones permanentes. Después, un escritor jesuita español lo personificó como alguien que tira piedras permanentemente sobre las casas, haciendo ver el carácter destructivo que podemos tener los seres humanos. Para quienes han sido elegidos para gobernar, ante las pedradas, sean tupidas o no, pero presentes al fin, la respuesta más fácil es disparar a los ojos -sea literal como lo hacía Carabineros a los manifestantes chilenos de 2019- o con todo el verbo cargado en la mayoría de las ocasiones. Ya sea porque le reprochan negocios familiares y tráfico de influencias de sus cercanos, exponen los fracasos en ofrecer seguridad a los ciudadanos o porque víctimas cansadas de tanta cháchara de justicia sin resolver le tiran abajo una puerta. “Lo que no veo, lo desconozco”, escribió en su correspondencia Hildegard von Bingen. Cerrar los ojos sólo simula ceguera.

    @Darío Fritz

    Territorios Baldíos

    EL TREN
    Darío Fritz

    La atención humana es frágil. ¿Las noticias del día cuentan, lo de todos los días? ¿Políticos marrulleros, deportistas impetuosos, famosillos circunstanciales infumables? Un toque de atención puede romper el sopor: ríos secos, incendios voraces como animales hambrientos, calores de horno de panadero, ganado raquítico. Demasiado encogimiento para el corazón, podrán decir. Para no aburrir aquella fragilidad se requiere de algún golpe de uppercut boxístico a la modorra mental. Busquemos algo totalmente diferente, nos decimos: ¡Un paraguas que tape la luz de sol! ¿Qué tal? ¿Por qué no?  Permitiría mitigar la crisis climática mundial, dicen. Cuando más desopilante, más neuronas en movimiento. ¿Costo? Trillones de dólares. Mejor. Información divertida, inasible, obscena. A ver, ¿quién tiene ese billete? ¿Musk, Zuckerberg, Slim, Estados Unidos, China, los europeos? No importa. La información reapareció la semana pasada, siguió a la de hace cinco meses con el lanzamiento de un documento científico, y aún más lejos cuando dio sus primeros indicios en 1989.

    Por donde se la vea suena inverosímil. La idea es colocar entre el Sol y la Tierra dos sombrillas gigantes o varias de diversas medidas, del tamaño de México y Centroamérica juntos, que reduzca 1.5 grados Celsius la temperatura global -es la que prácticamente ha aumentado desde la era industrial y ya la padecemos en desertificación, incendios, tormentas extremas, veranos insoportables-, algo así como el dos por cientos de la radiación solar. La idea -uno de sus financistas es Bill Gate-, aunque alocada como puede sugerir, no es la única: las hay desde lanzar polvo al espacio, crear burbujas espaciales, anclar un gran escudo a un asteroide, inyectar aerosoles en las nubes para aumentar la refracción de los rayos solares o fertilizar los océanos para que puedan capturar más CO2. Al fin, los frágiles paliativos lo único que hacen es plantearse desesperados ante las apatías gubernamentales de los países ricos -asociadas a intereses empresariales- por hallar soluciones a la explotación y consumo de combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón). Ningún científico aventura prontas soluciones como estas, mientras tanto en el día a día y sobre la faz de la Tierra nos seguiremos derritiendo, con menos agua, más catástrofes naturales y fraguando mayor desigualdad social.

    Esas fragilidades humanas -supongo que la dominación del espacio extraterrestre lo es también-, se suelen cebar incluso entre ambientalistas con las mejores intenciones. Una serie de documentales de Apple TV, sobre innovación en arquitectura, muestra una vivienda enmascarada sobre el barranco de un monte extensísimo y bello en Sudáfrica, donde una pareja de retirados y su hijo la han erigido sencilla, fusionada a su entorno, sin el menor daño, dicen, sobre el ecosistema de la reserva donde habitan 270 especies de árboles, mil de flores, 340 de aves, cerca de un centenar de tipos de mariposas y libélulas. En ese mar de naturaleza, de verdes difusos, focos de agua cristalina, visitados por serpientes y monos, a su regocijo arrogante por lo que disfrutan, cabe preguntarse, ¿qué pasaría nada más que con un centenar de vecinos como ellos se instalaran en esa barranca y los alrededores con toda aquella exuberancia nativa?

    La desigualdad no siempre es alimentada por poderes excluyentes y retrógrados. Como tampoco los poderes excluyentes y retrógrados están únicamente radicados entre aquellos que ensañan codicia, indiferencia, derroche. Cada vez que alguien se suba al Tren Maya y esté informado de las fragilidades ecológicas y naturales sobre las que se asienta, podrá constatar su referencia.

    @DaríoFritz

    Territorios Baldíos

    Aulas

    Darío Fritz

    El profesor de geografía frena el paso del alumno que ha pedido permiso para ir al baño. En tono duro le recrimina por su desgano traducido en unos pies que simulan arrastrarse. El alumno, que asiste obligado a clases del primer año del secundario y al que nada le importa de lo que ocurra en el aula –desertará muy pronto-, levanta los hombros y pasa a caminar con normalidad. A su regreso, el profesor le agradece la actitud y le pide que la conserve. En esos años clave de la adolescencia en el que aprender se reconocerá tiempo después, de pasiones, impaciencia y descubrimientos, no era habitual encontrar del otro lado de su mesa de trabajo al maestro que hiciera de la enseñanza una forma de seducción, a partir de la sincera vocación, según definió Nuccio Ordine. Aquel profesor lo practicaba, pero abundaban en las aulas desde el contador que infligía su cuota de terror con la libreta de calificaciones mientras el salón entraba en un silencio sepulcral, la profesora desesperada en sus enredos para explicar fórmulas matemáticas que nadie entendía o el historiador que dormitaba cada vez que un alumno exponía. Ahora, décadas después y colocado del lado de ese mismo escritorio y silla -siempre que la haya porque en la universidad pública donde imparto clases de periodismo suele estar el esqueleto únicamente-, recordando esas experiencias de adolescente cada vez que inicia un ciclo escolar, trato de huirle a los espejos, como Mark Twain decía que debemos escapar de los adjetivos, ese vicio por eliminar.

    Así, les tiro fotos a los alumnos, cualquiera que encuentre en el archivo personal, para que piensen la historia detrás de ella, potenciada por la realidad que reconocen de lecturas y horas de consumir redes sociales y videos, un modo de alimentar la imaginación. A veces dudan, como si el periodismo fuera sólo hechos y no la capacidad para entender y entretejer situaciones de la vida real. La respuesta suele ser de incredulidad, traducida una semana después en la entrega de textos extensos y cercanos a la vida como explican los noticiarios, pero también las feak news o las portadas de títulos aburridos.

    Así, revisamos películas y videos e intentan descifrar el origen de una investigación, ¿hubo una hipótesis o eso es cosa de académicos que en la práctica no se estila? ¿hubo alguien que contradijera información o se le cuenta a la audiencia una sola versión?

    Así, pregunto por el contexto en que el presidente se refiere al envío de propuestas de leyes al Congreso, ¿por qué la violencia se dispara en una ciudad hasta ahora tranquila? ¿cuáles son las razones por las que unos enfermos no obtienen asistencia de medicamentos de la salud pública? ¿en las millonarias transferencias de futbolista se declaran todos los impuestos? Hay contestaciones excéntricas y asentadas en la inseguridad, silencios y reprobaciones a porqué tener que saber algo así desde los salones universitarios. Pero responden.

    Los empujo a imitar; a Irvin Welsh, Luiselli, Maia, Walsh, Guerriero, García Márquez, Parra, Lehane. A buscar, ¿cómo surgió A sangre fría? ¿quiénes propiciaron Watergate? ¿y La Casa Blanca? A leer sus textos y encontrarse con aciertos, con sus voces y sus pifias. A hurgar en la poesía para aprender de sus imágenes. A patinar con ideas y proyectos que les apasionen hasta que de revisar y revisar encuentren por dónde empezar.

    “Una clase o una asignatura -lo extendería a enseñar- solo puede funcionar como una invitación. Una invitación a querer saber más para los que asisten a ella y cuyo éxito o fracaso       en cierta medida de que esa invitación se acepte”, dicen los españoles José Cabezas y Salvador Gómez, autores de la fresca y didáctica Cómo dar una clase. Cada año en que por estas fechas las universidades retoman actividades, la pregunta que más cala es la misma que le hacía provocador Charles Bukowski a sus colegas escritores: quiénes son esos que enseñan de lo que no saben hacer.

    @DaríoFritz

    Territorios Baldíos

    VIDA DE PERROS
    Darío Fritz
    Con la guardia baja, el peligro gana certezas. Le ocurre al boxeador, al criminal que confía en su instinto, al cirujano esmerado con el bisturí. Caminaba por el sur de la Ciudad de México al regreso de una tarde fría y la vereda era un gentío en las cercanías del metro. Sin saber de dónde, de pronto tenía dos patas sobre el pecho y la cara triangular y alargada de un perro alto y escuálido que clavaba los ojos, listo para irse a mi yugular. Fueron dos segundos. Observó con sed de venganza, gruñó, lanzó un ladrido seco y se soltó al piso, para continuar su recorrido como si allí nada hubiese pasado. La advertencia estaba configurada: nunca te confíes de nada. Eran tiempos en que circulaban por las calles los perros abandonados, nacidos en alguna zanja o en construcciones paralizadas. Eso ha cambiado. La gentrificación del nuevo siglo los expulsó a las periferias donde la pobreza los recibe como parte de los suyos. A los barrios clasemedieros han llegado otros, de corte burgués, atados a una correa, pegados a las piernas de sus dueños o cómodos en una patética carriola que bien le serviría a muchas de esas madres que abrazan a sus hijos a la espalda amarrados por un rebozo. Van resguardados de fríos y lluvias por indumentarias brillosas en lomo y pecho y las patas cubiertas, como quien viste tennis de marca. Pero no sólo de las calles se han apropiado ahora estos hijos de papi. El señorío se ha extendido a parques y plazas. Como en todo territorio ocupado, los grandulones de mediana estatura se sienten a sus anchas y no autorizan extraños. A tal extremo que hasta los niños se han hecho a un lado. Poco se los ve por allí. A excepción de cuando las rejas hacen posible la inhibición canina. Las heces y el mingitorio a cielo abierto espantan los intentos de hacer aquello un lugar para la risa, los gritos, el llanto, la travesura, las corridas desgarbadas. Y no son las únicas razones. Los cestos de basura rebosantes de plásticos y bolsas de excrementos como si vivieran en huelga permanente, los indigentes cargados de bártulos ubicados en bancas estratégicas y los propios adultos defensores del territorio ganado por sus mascotas, arrebatan a los niños todo interés por acercarse.

    En algún momento se crearon espacios públicos cerrados para que cada perro, perra, haga su vida de perro. Pero en poco tiempo a sus dueños les quedó chico. Ya no les alcanzaba y se extendieron. Ahora están a sus anchas, esparcidos en parques y plazas junto al columpio, la resbaladilla y el sube y baja. El orín deja su huella -negra y grasosa- sobre la base de los juegos. La marca de las heces queda petrificada en el cemento y sobre la hierba arruinada. A pocos les importa cuánta mugre quede desperdigada. La hipocresía es una marca de época. Cada niño debería exigirle a sus padres asistir al parque con un silbato o un ahuyentador de perros. Sería un buen juguete para hacerles su guerrita. Nos pasa ver que el animal gruñe y ladra por su territorio al niño y aquello sólo merece una caricia como amnistía. De disculpas, nada.

    El pecado no es del perro. Está claro. Aquello que nos inventamos los humanos de vida de perros, aludiendo a mala vida; es un perro, porque no tiene la calidad suficiente; echar los perros, como las sesiones de tortura estadounidenses en Irak; o murió como un perro, en la soledad absoluta; no va para estos citadinos de parques y plazas. Sólo a los callejeros, relegados a sobrevivir entre la pobreza, bien les cabe. Allí, si se acercan a una plaza o parque será para buscar alimentos, el entretenimiento no les está permitido. Con suerte, en ese deambular diario kilométrico por sobrevivir se encontrarán con un brazo o una cabeza humana y la harán ver pegada al hocico, como ha ocurrido. La cualidad innata de encontrar huesos abandonados, olvidados, destazados. Cuerpos completos y desmembrados arrojados a baldíos o basureros podrán aplacar algo de lo que nadie se acerca a facilitarles.

    @DaríoFritz

    Territorios Baldíos

    AVESTRUCES

    Darío Fritz
    Las buenas noticias en el periodismo son como esos personajes a los que amigos o familiares escuchan con apatía porque relatan sus penas y pesares diarios, y no hay palabra de confort alguna que pueda modificar su decepción de la vida que han construido. El periodismo, se cree aún, está hecho del conflicto y el drama, y eso relata. Que recurra al optimismo sólo es por coyunturas ajenas al oficio, vinculadas a tomar partido por una causa. Aunque no debería ocurrir, se da. Las líneas editoriales aportan en esos casos a sacar partido y por lo tanto a dejarse llevar con ojos ciegos hacia bandos que rompen con el equilibrio para las que están hechas. Propagandizar. En 2004, cuando José Gutiérrez Vivó compra El Heraldo de México y en pocas semanas lo sepulta para fundar Diario Monitor, entre la información que más le interesaba difundir estaba una página con cinco o seis notas que relataran expresamente noticias optimistas. Una manera de alimentar un oasis entre tanto alarido, criminalidad, hipocresía, manipulaciones, que pueden destilar las páginas de un periódico o los noticiarios de radio y televisión. En la redacción nos mirábamos incrédulos por tanto énfasis. Pero fue un adelantado. Con la masificación digital esto de ser light con la información se ha vuelto una necesidad. Se ha descubierto que a las audiencias les viene como anillo al dedo saber de enseñanzas para ser felices, qué significa la rosca de Reyes o quién es el rico mayor de Shark Tank México. Puede destacar más que la indagación sobre los recursos económicos de la criminalidad, la gentrificación en una colonia o la evasión impositiva en la transferencia de futbolistas. Hasta ha proliferado con cierto éxito vanidoso en círculos universitarios y de organizaciones que reúnen periodistas, el denominado Periodismo de Soluciones, es decir, además de contar la historia, ser propositivos. Ese es su aporte, dar vueltas alrededor de la noticia, como el perro da círculos para morderse la cola. ¿Cuál será la solución que ofrece para acabar con la matanza israelí de palestinos?

    La buena noticia para estos días de inicios de año es que no hay noticias. La intoxicación de información decae. Nos movemos lentos y hasta logramos quitarle horas de trabajo al celular. Pero de pronto nos desentumecemos y aparecen decenas de muertos por aquí, celebridades que fallecen, pero también noticias alentadoras. Lo extraño es que en este caso no habitan la trivialidad. Como la incapacidad de un aspirante ultraderechista mexicano para reunir más de 900 mil firmas y así candidatearse a presidente. Con los ejemplos que recorren el mundo de outsiders aupados por medios de comunicación influyentes y el desencanto ciudadano con sus gobernantes, debería celebrarse para los fines de la salud democrática la decisión adoptada por el INE y el tribunal electoral. Aunque por ello lo más insensato sería bajar la guardia. Detrás de esa derrota hay personajes e intereses que no dejan de moverse. Y que como el avestruz, aunque ponen los huevos en un lugar, se dejan ver lejos de allí para no ser descubiertos. Que dos expresidentes y una candidata presidencial hayan aplaudido el triunfo electoral de Javier Milei en Argentina, lo expresa contundente.

    “Los asuntos importantes, para mañana”, decían irónicos los griegos. La frase la tomaban de Arquias, un tirano de Tebas que en medio de una fiesta se excusó así para no leer el mensaje donde le advertían que se preparaba un complot en su contra, el cual le costaría la vida. En política, procrastinar puede ser letal.

    @DaríoFritz