Sin Dios, ¿quiénes somos?

Por: Josefina Lozano

La cultura mexicana, está entrelazada profundamente con la religión, especialmente con el catolicismo que llegó con la conquista española y marcó un antes y un después en nuestras tradiciones, festividades, arquitectura y forma de vida comunitaria.

Ejemplos claros son el Día de Muertos, reflejo del sincretismo entre tradiciones prehispánicas y cristianas; la Semana Santa, donde procesiones y rituales envuelven a comunidades enteras y las fiestas patronales celebradas en pueblos mágicos y comunidades rurales, donde el santo patrón es el eje de danzas, misas, música y comida típica.

Más allá de las festividades, el arte religioso, especialmente la arquitectura, ha dejado un legado tangible. Iglesias, catedrales y capillas de época colonial se alzan como íconos no solo de fe, sino de historia, mestizaje y turismo. Estos edificios narran la fusión de creencias y son testigos del paso del tiempo.

Pero más que templos y tradiciones, el verdadero motor de estas manifestaciones es la fe, un impulso espiritual, económico y social. La comunidad invierte tiempo, esfuerzo y recursos para sostener sus festividades mediante colectas, remesas de migrantes y días sacrificados al trabajo como prueba de que la devoción no solo busca bendiciones, sino que también fortalece los lazos de identidad y pertenencia. Aquí surge una pregunta que no podemos ignorar: ¿qué sucedería si las bases religiosas de estas tradiciones, desaparecieran?

Sin Dios, no solo perderíamos las raíces culturales que nos definen, sino también ese sentido de comunidad que une generaciones y geografías. La religión, más allá de la fe, es el puente que conecta pasado y presente y que, sin duda, da sentido al futuro.