Calaverita a Manuel Payno

Por: Martín Murguía Cervantes

Muy bien “supites” Manuel
contar tus bellas historias
nos alegraste la vida
con exquisitas memorias.

Te fuiste pues de este mundo
arrastrado por la parca
que de modo tan inmundo
te echó de lleno en su barca.

Ojalá que donde estés
sigas Manuel escribiendo
mientras nos llegue la muerte
te seguiremos leyendo.

Calaverita a Guillermo Arriaga

Por: José Carlos Regalado García

Huesuda estás encabronada
tantos costales de perros muertos
Arriaga te dejó cansada,
por el filme de amores perros.

Ah, la maestra de Arriaga
baila ahora con la huesuda
dijo que no lograrías nada,
Arriaga gana Alfaguara.

La catrina va con Arriaga
al cine el día de muertos
quiere que le de amores perros
la rechaza, no quiere esa carga.

Calaverita a Carlos Fuentes

Autor: Oscar José Villanueva Chávez

Escribiendo él estaba
cuando ella lo sorprendió
sinvergüenza la huesuda
que a fuentes nos lo quitó.

Hoy llorando Aura está
pues su creador se peló
pa’ escribir al más allá

lo que acá no alcanzó.

La región más transparente
de luto y pena vistió
y Artemio Cruz recibe
al que su vida describió.

Sobresaliente obra escribió
y gran legado al mundo dejó
reconocimientos él recibió,
pero la catrina se lo cargó.

Gabriela Cabezón Cámara, Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2024

Tras haber examinado y discutido cuidadosamente las candidaturas presentadas al Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2024 y constatar su riqueza y diversidad literaria, el jurado decidió por unanimidad, conceder el galardón a la escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara por su novela “Las niñas del naranjel”, donde por medio de la reescritura de la vida de Catalina de Erauso, una monja que también fue alférez, “consigue dotar de una nueva fuerza imaginativa y simbólica a la novela histórica que relata los discursos y las violencias que gestaron el Nuevo Mundo”.

En el acta del jurado de igual manera se destaca que en Las niñas del naranjel, la también autora de Le viste la cara a Dios, “abraza el bastardismo que da lugar a América, arrasa el antropocentrismo y devuelve a la naturaleza su erotismo sin el exotismo colonizador”. Además, el jurado consideró que la obra ganadora “es un ser vivo que respira, se derrama y se pudre para dar nueva vida, devolviéndonos la certeza de que también somos eso: algo vivo que pertenece a algo más grande”.

En Las niñas del naranjel, Cabezón Cámara rescata las voces marginadas a través de Antonio, un personaje que escapa de la hoguera gracias a su Virgen del naranjel. Mientras cumple la promesa de escribir a su tía, priora del convento donde fue novicia, Antonio evoca su pasado enclaustrado y se enfrenta a un presente errante como arriero, soldado y paje. A lo largo de su travesía, protege a dos niñas, Michi y Mitãkuña, cuyas preguntas incisivas lo obligan a reconocer las cicatrices profundas de una tierra devastada por la avaricia colonial.

La autora inspirada en la figura de Catalina de Erauso, la Monja Alférez narra la brutal conquista de América con un estilo que entrelaza lo contemporáneo con el barroco del siglo XVII. La novela forja una nueva gramática amorosa donde el cine de Miyazaki, los rezos en latín, el euskera y el guaraní reconfiguran la métrica del Siglo de Oro, un homenaje singular a las voces históricamente silenciadas.

Gabriela Cabezón Cámara es una escritora, activista y figura central de la literatura latinoamericana contemporánea. Graduada en letras por la Universidad de Buenos Aires, ha colaborado en medios como Página12, Le Monde diplomatique, y Revista Ñ, además de haber sido editora de Cultura en Clarín. Desde 2013 dirige el Taller de Escritura en el CINO. Su debut literario llegó con el cuento “La hermana Cleopatra” en 2006, que luego expandió en su primera novela, La Virgen Cabeza. Su obra explora temas como la marginalidad, la prostitución, el sistema represor, la tradición gauchesca y las mujeres trans. Las aventuras de la China Iron fue destacado como uno de los libros del año por The New York Times y El País. En 2024 ganó el Premio Ciutat de Barcelona en Literatura en lengua castellana por su obra Las niñas del naranjel.

Concebido y bautizado por la escritora nicaragüense Milagros Palma, el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, es un galardón creado por la FIL Guadalajara en 1993 para reconocer el trabajo literario de las mujeres en el mundo hispano. Está dotado con diez mil dólares estadounidenses y premia a la autora de una novela publicada originalmente en español. Sylvia Iparraguirre, Ana Gloria Moya, Tununa Mercado, Claudia Piñeiro, Inés Fernández Moreno, Perla Suez, María Gainza y Camila Sosa Villada son, además de Gabriela Cabezón Cámara, las escritoras argentinas que han recibido el galardón que este 2024 celebra su edición 32.

La entrega del Premio se realizará durante la celebración de la edición 38 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. La ceremonia se llevará a cabo el miércoles 04 de diciembre, a las 18:00 horas, en el Auditorio Juan Rulfo.

Piezas del Rompecabezas de la Vida

Hora, resiliencia y Dios actuando

Por Josefina Lozano

La honra es uno de los valores más profundos que llevamos en el corazón, un reflejo de nuestra integridad y respeto por nosotros mismos. Es una misión de vida. Defender nuestra honra y vivir de acuerdo con ella, no siempre requiere confrontación; a menudo, es un acto de resiliencia, una muestra de fortaleza interior, de calma y de confianza. En lugar de reaccionar al impulso de las emociones, dejemos que la vida y Dios actúen, permitiendo que cada situación se convierta en una oportunidad para crecer, para armar con paciencia el rompecabezas de nuestra existencia.

La magia existe cuando dejas que Dios actúe. En ese preciso momento, cuando decides abandonar todo control, entregas la situación en sus manos y crees en ti mismo y como por arte de magia, él comienza a armar las piezas del rompecabezas. La vida es como un rompecabezas, pero es Dios quien en su sabiduría, decide cómo y cuándo colocar cada una de las piezas en su lugar.

El tiempo, como la sal y la pimienta, sazona este juego de la vida, dándole el sabor único a nuestro guiso; ese guiso que es nuestra historia. La paciencia y la fe son ingredientes esenciales para permitir que el resultado sea perfecto  y aunque no siempre entendamos la razón de cada pieza, confiamos en que hay un propósito detrás de cada una.

La maldad y la perversidad existen, siempre están al acecho queriendo confundir y minar la integridad de quienes viven con principios; aquí es donde entra la resiliencia, siendo firmes en nuestros valores y dejando actuar a Dios, éste no permite que  otros nos desafíen, ni que arranquen nuestra  honra. Las acciones y palabras, tienen el poder que nos permite actuar con paciencia y dignidad.

Como dijo Samuel Ruiz en sus “Cuatro Acuerdos”: “Sé impecable con tus palabras”. Porque las palabras tienen poder, y cada vez que honramos nuestras palabras, demostramos de qué estamos hechos. Al actuar con coherencia y serenidad, dejamos que nuestras acciones hablen y que el tiempo se encargue de mostrar la verdad.

A veces, enfrentamos la maldad condimentada con perversidad y esa misma fuerza parece querer apartarnos de nuestro camino. Pero en esos momentos, confiar en Dios y en su tiempo, es un acto también de resiliencia. Permitamos que él nos guíe, que sea quien ordene las piezas del ajedrez. Esta forma de vivir desde la fe y la confianza en Dios, “dejándolo actuar”, es una fuerza poderosa que al final, cada adversidad se convierte en la pieza de un rompecabezas que, cuando completamos, nos revela la belleza de un propósito mayor, el “postre” más delicioso y satisfactorio.

Cuando terminamos de poner la última pieza, cosechamos los tesoros que nos corresponden. Son esos frutos acumulados, guardados en un cofre donde cada logro, cada superación y cada pedazo de fe, se preservan como lo más preciado de nuestro ser. También tenemos el libre albedrío para desempolvar viejos recuerdos y tesoros olvidados, dándoles un nuevo significado en la historia de nuestra vida.

La resiliencia y la fe en Dios no solo nos fortalecen ante el dolor y la maldad, sino que nos permiten vivir con paz, dignidad y esperanza. Cada pieza del rompecabezas de nuestra vida tiene un lugar específico, una razón de ser y cada momento difícil es una oportunidad para reconocer que, aunque no siempre comprendamos su plan, cada desafío tiene un propósito.

Vivir desde la honra y dejar actuar a Dios en nuestro rompecabezas, es el camino hacia una vida plena, rica en significado y bendiciones.

La Leyenda del Destino Amarillo

Primera Parte

Por: Josefina Lozano

Dicen que hace muchos años, en los tiempos en que el cielo aún brillaba de un amarillo dorado, cuando el mundo parecía suspirar con el fulgor de la juventud, existía un pequeño barrio donde las almas jóvenes guardaban secretos entre sus miradas. En ese rincón del mundo, dos adolescentes cruzaban miradas desde la distancia como si estuvieran destinados a entenderse sin necesidad de palabras. Era un amor puro, envuelto en la inocencia de los primeros sueños.

Cada atardecer, cuando el sol teñía las calles con su luz amarilla, sus ojos se encontraban en un sutil juego de destellos; las miradas iban desde una esquina de la calle, hacía la contra esquina, ahí donde el color de la casa amarilla se fusionaba con los rayos de sol y el tiempo parecía detenerse. Aunque nunca osaron romper el silencio, ambos sentían que el universo les hablaba a través de esa luz dorada.

Un día, él movido por el deseo de dar vida a lo que sus ojos ya decían, escribió una carta; en ella plasmó todo aquello que no podía pronunciar, sus ilusiones y esperanzas, la promesa de un futuro que parecía más brillante con cada cruce de miradas. Sin embargo, la carta nunca llegó a su destino. Como si el viento o alguna fuerza desconocida hubiera decidido que ese amor debía esperar, la carta fue interceptada y guardada en el cofre de los secretos no revelados.

A pesar de no haber recibido la carta, ella lo sabía. En su corazón comprendía que había palabras no dichas flotando en el aire, tan reales como la luz amarilla que bañaba los atardeceres de su barrio. Y aunque los años pasaron y las reglas nunca se rompieron, sus miradas siguieron hablando, hasta que el tiempo se encargó de cubrir ese amor con el polvo de lo inalcanzable.

Cuenta la leyenda que la luz amarilla, que teñía el cielo de aquel barrio, no era otra cosa que los sentimientos no expresados de las almas jóvenes que alguna vez se amaron en silencio e incluso, cuando esas miradas se apagaron, la luz siguió brillando como un recordatorio de que hay amores que aunque no se concreten en este mundo, jamás desaparecen.

En cada sueño, su esencia pervive como la luz amarilla que nunca dejó de brillar, recordándoles que el amor verdadero trasciende el tiempo y el espacio.

Territorios Baldíos

Impunidad a vuelta de ruedas

Darío Fritz

Cavafis escribió en 1892 “Imagen pelasga”, un poema donde un torpe y antiquísimo gigante de infinidad de riquezas y decenas de cabezas, brazos y piernas, sufre una pesadilla y despierta: “ha agitado su sueño, en el oscuro espejo / de su insensible y frío cerebro / desconocidos y terroríficos fantasmas se reflejan”. Los espejos que tanto han servido a la literatura como al refranero popular para agitar las explicaciones más sencillas, desde lo que dicen los rostros, el alma traslúcida y la evidencia de tristezas y alegrías hasta las comparaciones odiosas, nos aterrizan en la frialdad del presente.

Una jauría de infiernos inesperados llega reflejada en ellos. Y te acaricia avasallante, como me pasó. El espejo retrovisor del parabrisas te dice que algo extraño e inverosímil ocurre allí atrás, a la espera del cambio del semáforo. Recurres zigzagueante al espejo lateral y lo confirmas: medio cuerpo delgado de tonalidades grises se adentra en el auto vecino como viejas caricaturas donde solo se ven las piernas fuera de un tonel. La sangre entra a trabajar una extraña convulsión, como si estuviera en el cuerpo de ese desconocido conductor —cuadras atrás lo habías visto solo en su vehículo de lujo, de mirada concentrada y paz ceñuda. Un brazo del cuerpo delgado se sale de la ventanilla con un arma adosada a la mano, mientras la otra agita insistente hacia adentro intentando extraer algo. Intranquiliza saber que uno no es la víctima, y puedes ser la siguiente. Cierras la ventanilla que el otro no tuvo modo de obstruir, sorprendido en su paz concentrada, y aguardas urgente el semáforo que mueva al auto de adelante y los otros que están más adelante, para salir indemnes. Conductores que quizá observen lo mismo desde sus espejos, como el joven ciclista ubicado a distancia prudente, con ojos desorbitados y boca entornada, incrédulo y paralizado.

Los espejos retrovisores no devuelven espejismos, sino naturalidad. Casi un tercio de los ciudadanos ha sido víctima de un delito en 2023 —datos similares a 2022—, como el de los asaltos en las calles, uno de los de mayor frecuencia en el país. Las incidencias son parejas entre los más descalabrados, el Edomex, Aguascalientes y la Ciudad de México. Acostumbrados al alto impacto informativo del secuestro y la desaparición, quedan opacados datos como los de junio pasado, donde el temor a ser alcanzados por el robo llega a seis de cada diez habitantes, más aún en las mujeres (65 por ciento), dice la estadística del INEGI. Los robos y asaltos son de los que más se sufren o se sabe que existen (47.8 por ciento), precisa la más reciente encuesta de percepción de seguridad. Referir a justicia ya resulta intrascendente para las víctimas: apenas tres de cada cien ultrajes en la vía pública se denuncian para que los Ministerios Públicos hagan su trabajo.

Preciso con los tiempos del semáforo —unos tres minutos— el asaltante delgado, de ropas grises, gorra y dos capuchas por encima, se desprende de la ventanilla del auto como si se descorchara una botella de sidra, y corre solitario hacia una calle transversal. Nos comenzamos a mover y el auto asaltado avanza como todos y a la siguiente esquina gira por la avenida despejada, solitario. Todos a salvo y a jugar a la ruleta rusa, que el atraco no nos toque en la próxima parada del semáforo. El gigante de la pesadilla termina Cavafis en su poema, “ríe por su cobardía y su desmedido temor / y nuevamente se tiende sereno / mientras sus treinta bocas sonríen”.

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