La Leyenda del Destino Amarillo

Primera Parte

Por: Josefina Lozano

Dicen que hace muchos años, en los tiempos en que el cielo aún brillaba de un amarillo dorado, cuando el mundo parecía suspirar con el fulgor de la juventud, existía un pequeño barrio donde las almas jóvenes guardaban secretos entre sus miradas. En ese rincón del mundo, dos adolescentes cruzaban miradas desde la distancia como si estuvieran destinados a entenderse sin necesidad de palabras. Era un amor puro, envuelto en la inocencia de los primeros sueños.

Cada atardecer, cuando el sol teñía las calles con su luz amarilla, sus ojos se encontraban en un sutil juego de destellos; las miradas iban desde una esquina de la calle, hacía la contra esquina, ahí donde el color de la casa amarilla se fusionaba con los rayos de sol y el tiempo parecía detenerse. Aunque nunca osaron romper el silencio, ambos sentían que el universo les hablaba a través de esa luz dorada.

Un día, él movido por el deseo de dar vida a lo que sus ojos ya decían, escribió una carta; en ella plasmó todo aquello que no podía pronunciar, sus ilusiones y esperanzas, la promesa de un futuro que parecía más brillante con cada cruce de miradas. Sin embargo, la carta nunca llegó a su destino. Como si el viento o alguna fuerza desconocida hubiera decidido que ese amor debía esperar, la carta fue interceptada y guardada en el cofre de los secretos no revelados.

A pesar de no haber recibido la carta, ella lo sabía. En su corazón comprendía que había palabras no dichas flotando en el aire, tan reales como la luz amarilla que bañaba los atardeceres de su barrio. Y aunque los años pasaron y las reglas nunca se rompieron, sus miradas siguieron hablando, hasta que el tiempo se encargó de cubrir ese amor con el polvo de lo inalcanzable.

Cuenta la leyenda que la luz amarilla, que teñía el cielo de aquel barrio, no era otra cosa que los sentimientos no expresados de las almas jóvenes que alguna vez se amaron en silencio e incluso, cuando esas miradas se apagaron, la luz siguió brillando como un recordatorio de que hay amores que aunque no se concreten en este mundo, jamás desaparecen.

En cada sueño, su esencia pervive como la luz amarilla que nunca dejó de brillar, recordándoles que el amor verdadero trasciende el tiempo y el espacio.

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