Territorios Baldíos

Silencio digital

Darío Fritz

Si durante el siglo XX hubo alguna manera de simbolizar la Guerra Fría fue un imaginario teléfono rojo entre Washington y Moscú. Tenía como finalidad prevenir una guerra nuclear que en realidad, de ocurrir, nos hubiese llevado a todos por el aire. Lo instrumentaron Estados Unidos y la Unión Soviética para no caer en las horas de sosiego para la humanidad, como fueron aquellas del descubrimiento en 1962 de los misiles soviéticos instalados en Cuba. Tal teléfono no existió, sino que se trataba de una especie de telégrafo, pero sirvió para controlar cualquier esbozo de locura de uno u otro lado. Hoy Trump se habla con Putin más como cuate que como enemigo y si hubiese un teléfono rojo quizá la línea estaría dirigida hacia Pekín. Sin embargo, aquella prevención para una hecatombe nuclear hoy tiene otros aditamentos, con otros peligros y otras singularidades. Y se llama Internet.

Si alguien tiene en 2025 gran parte del control digital del mundo con un imaginario botón rojo a la mano es Estados Unidos y con Trump dispuesto a tener todos los hilos para utilizarlos. Un cauto político alemán decía este año ante el temor de responder golpe por golpe a las imposiciones arancelarias de la Casa Blanca a Europa, que no había alternativas a represalias como la oferta de la industria digital estadounidense: controlan la nube, controlan la inteligencia artificial, controlan los centros de datos, advertía. Con eso tienen a su merced procesamientos de datos industriales, comunicaciones de gobierno o servicios bancarios, con Amazon, Microsoft y Google a la cabeza de los proveedores de gran parte del mercado. Empresas alineadas al ombligo de los intereses trumpistas, y mucho más si tienen que hacer frente a intentos de regulaciones y sanciones.

El imaginario teléfono rojo y sus implicancias actuales tienen que ver con la absoluta dependencia del mundo digital que algunos, y no son pocos, comienzan a entender como un factor de control categórico, mucho mejor que desplazar centenares de policías o miles de soldados y una parafernalia militar de costos altísimos. En esta semana los talibanes de Afganistán silenciaron internet durante dos días, lo cual venían practicando con antelación. Los aeropuertos paralizaron actividades, los bancos no pudieron operar, las transacciones de cualquier tipo se cancelaron. Las mujeres y niñas, marginadas y perseguidas por el régimen, perdieron su herramienta principal para la educación y el contacto con el mundo. El pretexto oficial fue acabar con la “inmoralidad”.

Pero el caso afgano es uno más. Según Access Now y la coalición #KeepItOn, en 2024 se registraron 296 apagones de Internet en 54 países, esto es 35% más que en el peor registro hasta entonces de 2022 (40 países). Ya en 2020, con pandemia, fueron 159 silenciamientos en 29 países. Los motivos van desde amordazar las críticas y reprimir protestas (74 cierres), controlar el flujo de la información durante elecciones (12) y los conflictos (103) y guerras (Rusia con Ucrania, Israel con Palestina), incluidos los golpes de Estado, hasta el caso de interrumpir el acceso a Internet durante los exámenes escolares (16 casos) para desalentar que el alumnado se copie. India, Myanmar, Pakistán y Rusia concentran 69% de los silenciamientos de millones de personas en la red. Y en América Latina, en Venezuela, Cuba y El Salvador los cortes tuvieron objetivos represivos, mientras que en Brasil fueron por intromisiones electorales.

Entre los regímenes más autoritarios y represivos campea la imposición de nuevas restricciones al derecho a la libertad de información y de movimiento, parapetados en la oscuridad digital. Pero también que la operación de los servicios esté en tan pocas manos, y con la voracidad económica que se les conoce a las empresas digitales y su escaso interés en el bien público y los derechos democráticos, el añorado acceso a un Internet libre que se le conoció en sus inicios parece encaminarse hacia un arma manipulable y extorsiva, un switch que unos pocos tienen la discreción de bajar o subir.

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Adiestramiento para un día de baches

Darío Fritz
Siéntese con aplomo. Encienda luces, llueve, le esperan más minutos del tiempo normal para llegar a casa. Una oscuridad mortecina baja por el horizonte. Olvídese de lo que le dijeron en la oficina; “mejor espere a que pase el chubasco”. No haga caso. Siempre que llovió paró. ¡Qué lugar común!, dígase.

Mejor entrar al tráfico cuando caen las primeras gotas, luego el agua corre hasta la altura del mofle y sobreviene el caos. Aférrese al volante con las fibras despabiladas de ambas manos, los ojos encajados para distinguir cada bache camuflado entre la corriente de agua oscura, los pies atenazados a los pedales. Dígase: “Ansiedad hoy te destazo. Paciencia, deja vivir”.

Piense que es un hombre de ciudad: curtido, egocéntrico, hecho a sus anchas.
Ni se le ocurra colocarse la gorra. Si tiene frío, no importa, puede distraerlo ese tic de ajustarla cada treinta segundos. Tampoco encienda el radio. “Está lloviendo”, comentarán. Nada nuevo. Nada que aporte.

Sienta el golpeteo de las gotas cayendo inmisericordes sobre el parabrisas y alégrese. Los embalses sumarán centímetros. Quizá se evite acarrear agua el próximo verano.

Elija la ruta de siempre, no esté inventando atajos. Mejor viejo conocido, que bueno por conocer, como le dice su padre. En estos momentos Google Maps y Waze son marionetas de los algoritmos. Le harán saber que el tiempo se asemeja a la tortura de las horas muertas en la oficina el primer día del año.

Recuerde aquellos baches que la luz descubre cada día soleado y que en tardes así hechizan enmascarados todo intento por sortearlos. Cada uno con su dibujo de perfecciones geométricas:  el circular y profundo bajando la rampa del distribuidor vial, los rectangulares y cuadrados que se reproducen como conejos uno tras otro frente a la gasolinera, los pequeños y traicioneros que se pegan al muro de contención del periférico, el romboidal frente a la casa de apuestas, los que se abren como un árbol de mil ramas. Una colección de agujeros que ni el peor Lucifer haya diseñado.

Desconfíe, las expectativas suelen estafar. El anuncio oficial reciente de próximas reparaciones puede que llegue algún día. Pero no ha sido hoy. Ni se pregunte si taparán todos. ¿Cómo comprobarlo?, dígase. Volverán a reproducirse en pocos meses, para la próxima temporada de lluvias, como hongos, como hoyos. El Niño, la Niña, el cambio climático, poco que hacer ante estos embates de la naturaleza, dirán.

Parafrasee a Augusto Monterroso: “…y los parches todavía estaban allí”.

Cuando haya avanzado un buen trecho, calcule cuántos de esos cráteres terrenales ha sorteados y cuántos lo atraparon. La numeralia contabilizará si le han funcionado los reflejos.

No desanime. Mantenga la concentración en lo que hacen los demás. Se quiebran hacia derecha, quiébrese hacia la derecha. A la izquierda, también a la izquierda. Dan señales de freno, avise al que tiene detrás. Evada a los que no le dejan ver. Encare las lagunas con frialdad, como el carnicero afila el cuchillo, tantee la altura del agua, intuitivo aplique primera y segunda, no detenga la marcha, siga el rastro de los demás. Impida que lo rebasen y le lancen olas.

Insulte bonito, cantado, a fondo, exasperado. En voz alta. Contra los vecinos automovilistas, contra quienes prometen soluciones. Deje afuera a la naturaleza. Piense que tiene razón.

Adelántese a los hechos. Si el bache lo deja tirado, está el seguro como reaseguro. Una demanda, un pleito contra el gobierno, la alcaldía, le quitará el enojo por un rato y le sumará otros cuando el tiempo demuestre que ni la paciencia del monje le alcanzará para sacar algún rédito.

Si en medio de la lluvia torrencial el de adelante ha frenado intempestivo y se zampa contra él, vuelva a insultar.

Al llegar a casa ileso, y antes de apagar el motor, hágalo aullar. Manténgase congelado. Piense sereno: “Si todo fuera como el paño de billar sobre el que se desplazan los aviones en un aeropuerto”. Piense espantado, “los baches siguen allí”, pirañas preparadas para el zarpazo.

Acepte: “Tendré otras tardes como esta”.

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En el mundo de los grises

Darío Fritz

Creer que buenos y malos definen la vida y por lo tanto hay que estar con unos u otros, es de los peores autoengaños con los que podemos estamparnos, tal cual esos autos que para probar su seguridad los estrellan contra una pared de hormigón. Ya somos lo suficientemente adultos para discernir con claridad. Hasta a los niños hay que inculcarles que los Batman, Capitán América o El hombre araña no están hechos de una sola pieza. Solo se trata de patrañas del comic o Hollywood —al parecer en el manga y el anime pasan por circuitos parecidos—, necesarias desmenuzar para no caer en arrepentimientos posteriores. Por eso asumirte con una casaca nacional o de club, defender a rajatabla a la universidad donde obtienes un título a grito pelado como si te fuera la vida, poner las manos en el fuego por un familiar, cegarte con un autor, un músico, una marca de ropa, o hasta un gobernante, te convierte en patrocinador de causas traicioneras. Imposible no trastabillar y caer para ver si luego nos podemos levantar. Lo más probable es que pararnos cueste. Y los antecedentes queden registrados como las primeras piedras labradas de la escritura. Le ha pasado en estos días a Karla Sofía Gascón, astillada por sus propias reflexiones racistas y de lengua larga en el pasado, que le pueden mancillar su pelea por el Oscar; el linchamiento, entre otros, sobre Woody Allen; como también se las hemos encontrado a más de un político —aunque de ellos se suele esperar y por lo tanto, se asume y perdona— que cuando se hace funcionario, reniega sin asumirlo sobre sus dichos del pasado.

Navegar sobre los grises ofrece mejores opciones en la complejidad de convivir, aunque la etiqueta de malo o bueno resplandezca con mayor fuerza. En los grises hay pesimismo y alegría, errores y aciertos, atribulados y expectantes, enamorados y aburridos, sentimentalistas y arrogantes, ambigüedades y certezas, vidas con llantos, tropezones, inequidad, furia, soberbia o hartazgo. Hostilidad, peligro u olvido.

Lo bueno o lo mano, por el contrario, es uniforme, incoloro, ilusorio, hipócrita.

Para sobrevivir y entre los grises tenemos que hacerlo, hay que ser un buen marinero, como dice Arturo Pérez-Reverte, porque “si me descuido, si no estoy atento, si no soy buen marino, si no miro el tiempo, la luz, el barómetro, el mar me puede matar a mí y a los que están a mi cargo como tripulantes”. Sus novelas nos van contando de eso, de los personajes que tomados de historias reales, son tan vívidos como contradictorios. Grises. Tanto el mercenario Luis Corso, de “El club Dumas”; la contrabandista Teresa Mendoza, de “La Reina del Sur”; como el mítico Rodrigo Ruy Díaz de Vivar, de “Sidi”. En la “Isla de la mujer dormida”, su última obra, anclada en aguas griegas del Mediterráneo, va sobre esos grises de hombres de mar que pese a sus creencias republicanas -Jordán Kyriazis, capitán de una torpedera- terminan colaborando con franquistas; de espías de uno y otro bando que juegan su ajedrez; del marino casado que se enamora de la mujer de un aristócrata. Personajes de pérdidas y sufrimiento que también encontramos en la Isabel Archer, de Henry James; el Rugendas de Carlos Franz en el abismo chileno del siglo XIX; o el Frank Bascombe, de Richard Ford, que en “Sé mía”, sabe que tendrá que sobrellevar la muerte próxima de su hijo con ELA, pero aun así quiere vivir: “Todo lo que creo saber es que cuando Paul dejó su vida, yo no dejé la mía”.

En la riqueza de los grises que no nacen de la ficción —la vida de una militante de izquierda que perfila Leila Guerriero en “La llamada”; o los documentales del negocio de las adicciones de la industria farmacéutica (El crimen del siglo), la vida de Anthony Bourdain (Lo desconocido) o El dilema de las redes sociales—, también hallamos esas mismas vivencias de la contrariedad que somos todos a diarios. Y que no pueden arrebatarnos desde la maldad, quienes a diario se presentan con el incoloro uniforme del desprecio por los más débiles, la exaltación por oprimir las voces diferentes o el canto de una vida de premios para pocos.

@dariofritz.bsky.social

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Impunidad a vuelta de ruedas

Darío Fritz

Cavafis escribió en 1892 “Imagen pelasga”, un poema donde un torpe y antiquísimo gigante de infinidad de riquezas y decenas de cabezas, brazos y piernas, sufre una pesadilla y despierta: “ha agitado su sueño, en el oscuro espejo / de su insensible y frío cerebro / desconocidos y terroríficos fantasmas se reflejan”. Los espejos que tanto han servido a la literatura como al refranero popular para agitar las explicaciones más sencillas, desde lo que dicen los rostros, el alma traslúcida y la evidencia de tristezas y alegrías hasta las comparaciones odiosas, nos aterrizan en la frialdad del presente.

Una jauría de infiernos inesperados llega reflejada en ellos. Y te acaricia avasallante, como me pasó. El espejo retrovisor del parabrisas te dice que algo extraño e inverosímil ocurre allí atrás, a la espera del cambio del semáforo. Recurres zigzagueante al espejo lateral y lo confirmas: medio cuerpo delgado de tonalidades grises se adentra en el auto vecino como viejas caricaturas donde solo se ven las piernas fuera de un tonel. La sangre entra a trabajar una extraña convulsión, como si estuviera en el cuerpo de ese desconocido conductor —cuadras atrás lo habías visto solo en su vehículo de lujo, de mirada concentrada y paz ceñuda. Un brazo del cuerpo delgado se sale de la ventanilla con un arma adosada a la mano, mientras la otra agita insistente hacia adentro intentando extraer algo. Intranquiliza saber que uno no es la víctima, y puedes ser la siguiente. Cierras la ventanilla que el otro no tuvo modo de obstruir, sorprendido en su paz concentrada, y aguardas urgente el semáforo que mueva al auto de adelante y los otros que están más adelante, para salir indemnes. Conductores que quizá observen lo mismo desde sus espejos, como el joven ciclista ubicado a distancia prudente, con ojos desorbitados y boca entornada, incrédulo y paralizado.

Los espejos retrovisores no devuelven espejismos, sino naturalidad. Casi un tercio de los ciudadanos ha sido víctima de un delito en 2023 —datos similares a 2022—, como el de los asaltos en las calles, uno de los de mayor frecuencia en el país. Las incidencias son parejas entre los más descalabrados, el Edomex, Aguascalientes y la Ciudad de México. Acostumbrados al alto impacto informativo del secuestro y la desaparición, quedan opacados datos como los de junio pasado, donde el temor a ser alcanzados por el robo llega a seis de cada diez habitantes, más aún en las mujeres (65 por ciento), dice la estadística del INEGI. Los robos y asaltos son de los que más se sufren o se sabe que existen (47.8 por ciento), precisa la más reciente encuesta de percepción de seguridad. Referir a justicia ya resulta intrascendente para las víctimas: apenas tres de cada cien ultrajes en la vía pública se denuncian para que los Ministerios Públicos hagan su trabajo.

Preciso con los tiempos del semáforo —unos tres minutos— el asaltante delgado, de ropas grises, gorra y dos capuchas por encima, se desprende de la ventanilla del auto como si se descorchara una botella de sidra, y corre solitario hacia una calle transversal. Nos comenzamos a mover y el auto asaltado avanza como todos y a la siguiente esquina gira por la avenida despejada, solitario. Todos a salvo y a jugar a la ruleta rusa, que el atraco no nos toque en la próxima parada del semáforo. El gigante de la pesadilla termina Cavafis en su poema, “ríe por su cobardía y su desmedido temor / y nuevamente se tiende sereno / mientras sus treinta bocas sonríen”.

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Bostezos sobre el césped

Por Darío Fritz

Unos pocos minutos alcanzan para explicar el tedio. Donde la mayoría observa maravillas —o las repiten— en Cien años de soledad, a partir del segundo párrafo uno desgrana aburrimiento, por más sublime inicio que tenga. Y no hay segundas ni terceras lecturas que lo quiten de un sopapo.  En la voz insulsa del cantante, los poemas ceremoniosos o la pintura sin intención, el aburrimiento da razón a la definición de Emil Cioran: “El vacío del corazón ante el vacío del tiempo”. Donde otros ven con grandilocuencia un Miami excelso de clima, modernidad, ventajas impositivas, hispanidad, noche; hallo una ciudad que me aburriría de vivirla a diario, pletórica de individualismo y vacío, oportuna para oportunistas, rentable para esnobistas, vivero para ostentosos de la desigualdad. En la mirada acarreamos el encanto de las desavenencias. Sentado frente al televisor, nada mueve una fibra, llámese Babylon, Oppenheimer o Los que se quedan. Como aburrido puede ser vender helados de bola, llenar formularios en blanco o sonreír como hacen los políticos.

El futbol masculino —vale la precisión para estos tiempos— que tanto ha demostrado de colectividad, pasión, talento, juego, parece hoy sometido a la austeridad aburrida del ingenio, el artificio de los torpes, la rapacidad de la estrategia y la consigna mercantil de los despachos de directivos. Sus consecuencias la pagan reducidos al tedio quienes pretenden disfrutarlo desde la grada o el sillón —más apasionados que los propios futbolistas, a decir de Juan Villoro. El torturador aburrimiento se expresa en el seguimiento de los números, que dan cuenta de ese bostezo deportivo: la mayor parte de los estadios del país completan menos de un tercio de su capacidad jornada a jornada, dice una reciente estadística. Habitados por una mayoría de fantasmas —eso de ser fantasmas debe ser aburrido también, no hay a quien asustar en un estadio— entre las líneas del campo de juego tampoco parece haber mayor interés en alentar multitudes para asistir. Se juega fiero, anodino, apático. La intangible escasa calidad de cada partido parece contradecir otros números, más propicios a esperanzas promisorias: el tiempo de juego real se asemeja a las mejores ligas europeas, en el país la cantidad de clubes y jugadores registrados en FIFA son los primeros a nivel mundial, la popularidad como deporte ronda en el 80%, sexta en el mundo. Pero la calidad de los juegos semanales sí se puede medir cuando los números se trasladan al seleccionado. Allí —Mundial de Qatar, Nations League y Copa América—, los resultados no son tan aburridos como paupérrimos. Aburre repetirlos.

Asociados a la aspiradora de negocios MLS —¿primer paso para unificarse como lo han hecho los canadienses?—, negada a competir con Sudamérica y a consolidar la formación en Europa, puesta a no reñir con los clubes pobres que quieran ascender a primera división, con semilleros atascados detrás de la importación de figuras, las alternativas de éxito parecen supeditadas a la suerte, como Emma Bovary, el personaje de Flaubert: “La existencia de Emma era fría y yerma como un granero […] el aburrimiento tejía en las esquinas de su corazón una red cual fea araña […] En lo más hondo de su alma, sin embargo, esperaba algún acontecimiento”.

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CONDUCTORES

Darío Fritz

En uno de esos tantos textos aún vigentes, aunque lo escribiera en 1969, Jorge Ibargüengoitia puntualizaba sobre las falacias del derecho ajeno. Que el vecino quisiera moler a golpes a su esposa, hijos o el perro, lo mejor era que se mantuviera entre las paredes de su casa y no molestara al vecindario, decía con humor negro irreverente. Los conductores, ejemplificaba, avanzan sin pensar en el peatón de cada esquina: “¡Ábranse bueyes, que lleva bala!” El coloquialismo de las calles se va actualizando. Aquel “buey” al que se refiere y que se usaban indistinto al del popular “güey” – presente en La región más transparente, de Carlos Fuentes, de 1958-, y que hacía referencia a un “tonto”, según la definición del Diccionario Breve de Mexicanismos, ya tiene connotaciones positivas -el amigo o la compañera güey. En días recientes ha sido retomada su esencia más negativa, puestas en boca de una candidata presidencial.  “Si a los 60 años no has podido hacer un patrimonio, eres bien güey”, ha dicho la aspirante de la oposición, dirigido a su rival del oficialismo, a propósito de haber asegurado que no posee propiedades inmobiliarias. El “eres bien güey”, estuvo seguido por el salomónico “con todo respeto”, que potencia la urbanidad de la política.

Llevada la frase al escenario de los datos que suelen diseccionar la realidad y destazar las suposiciones, aquello de contar con un patrimonio no resulta tan corriente. “En México, la compra de vivienda nueva solo es accesible para las clases medias altas y altas porque los créditos a la vivienda solo se otorgan a hogares que perciben más de cinco salarios mínimos. Esta limitante deja fuera del mercado de vivienda al menos al 89% de los hogares, convirtiendo a la autoproducción en la única forma de obtener una vivienda”, dice un estudio de Datera y la organización civil Hábitat por la Humanidad México.

“Si a los 60 años no has podido hacer un patrimonio, eres bien güey”, ha dicho la aspirante presidencial de la oposición. Datos del INEGI de 2020, aportados a través de una encuesta indicaban a finales de 2020 que 60.7 de los trabajadores mexicanos formales gana entre uno y dos salarios mínimo. Es decir, de 7,467 a 14,934 pesos mensuales (439 a 876 dólares, aproximadamente de hoy). La economista Viridiana Ríos (No es normal, editorial Grijalbo) explica que la economía deja fuera del mercado inmobiliario a 82 por ciento de los jóvenes que pretendan comprar vivienda con créditos hipotecarios. Son jóvenes que requerirían ganar unos 50,000 pesos mensuales, justamente el 10 por ciento de la población que tiene ingresos de ese tipo. Eso que según la óptica del político Samuel García, puede ser “un sueldito”. A esas dificultades, alguien interesado en adquirir vivienda le debe sumar otros gastos como el acceso a la salud, del cual 66 por ciento decía no tenerlo después de la pandemia.

“Si a los 60 años no has podido hacer un patrimonio, eres bien güey”, dijo la aspirante presidencial de la oposición. Podría haber algo más de acceso a viviendas que mejoren las estadísticas, pero no ha sido posible. Una mala planificación del Estado en sexenios pasados acabó en viviendas sociales abandonadas. La aspirante presidencial ha propuesto hasta ahora un genérico apoyo a los jóvenes para que tengan acceso a vivienda a través de subsidios y créditos accesibles. Pero no se sabe más. “¡Ábranse bueyes, que lleva bala!”, escribía Ibargüengoitia, sobre aquellos conductores imprudentes.

@DarioFritz

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SE VALE TODO

Darío Fritz

La cocinera del restaurante de una carretera aconseja a la joven mesera que le ponga matarratas a la comida de un comensal. Detrás de la drástica recomendación que se cuenta en “Relatos salvajes”, la película de Damián Szifrón, está el odio de la muchacha porque ha descubierto que por culpa de ese cliente, en el pasado un despótico político del pueblo, su padre se suicidó y empezaron sus calamidades personales. “Cuando un veneno está vencido… ¿es más o menos dañino?”, pregunta la chica a la cocinera, una expresidiaria. En política, de la poción de veneno nunca aflora la fecha de caducidad. Quizá resulta todo lo contrario, cuanto más vieja, más efectiva, porque se sabe de sus efectos en el pasado -el nazismo y sus odios contra los judíos, las dictaduras latinoamericanas asesinando los reclamos de cambios de la juventud. “Que me odien, con tal de que me teman”, escribió Seneca al apuntar a ideas corrientes de los gobernantes, en su ensayo De la ira donde advertía sobre esos peligros de lo que definía como “locura breve”.

En el siglo XXI las adecuaciones de odio e ira que brillan en la boca de políticos y gobernantes están mediadas por la irascibilidad que da el anonimato o la distancia, al glorificarlas desde las redes sociales. Es una manera práctica y efectiva de obtener fanáticos y votos. A mayor ruido, crecimiento de la popularidad. “El odio no es individualista sino generoso, filantrópico, y abraza en un mismo arrebato a inmensas multitudes”, escribió Umberto Eco en un artículo, “Del odio y del amor”, de 2011. A fines de marzo, Javier Milei se explayó a sus anchas en CNN bajo esos argumentos que tan efectivo le han sido en la política que de la nada en dos años fue elegido presidente por casi seis de cada diez argentinos. A Gustavo Petro, presidente de Colombia, lo descalificaba como “asesino terrorista” y “comunista”. Y a Andrés Manuel López Obrador de “ignorante”. Los antecedentes sobre ambos incluyen en 2023, el “basura, excremento humano” por las definiciones de izquierda de Petro, y en el caso de AMLO, de personaje “patético, lamentable y repugnante”. El disgusto de Milei sobre quienes piensan diferente a él incluye en el mundo de las relacione internacionales el “corrupto” y “comunista furioso” que le propinó al brasileño Lula da Silva el año pasado. La diplomacia se retuerce en gestos y palabras alambicadas para tratar de resolver tanta desproporción hecha desde la distancia que ofrecen la televisión y las redes sociales, a la espera que el tiempo no cobre facturas.

En el todo se vale que propugna la ausencia del cara a cara, otro presidente ordena invadir el territorio de la embajada mexicana en Ecuador y llevarse a un acusado que había recibido el asilo y esperaba el salvoconducto que lo sacara del país. Inédito en las relaciones diplomáticas mundiales, el paso dado por Daniel Novoa, el benjamín entre los mandatarios latinoamericanos, tiene como correlato la impunidad que ofrecen algunas verbalizaciones y acciones en diplomacia que a los países no le significa un costo mayor a expresiones de reprobación y clases de moral diplomática. Si nadie quiere poner un dedo en territorio ucraniano o palestino para frenar las invasiones y atrocidades cometidas por rusos e israelíes, ¿por qué lo harían en esta irrupción policial para llevarse un político desconocido para el mundo?

La lengua ponzoñosa de Milei y el arrebato violento de Novoa se enciende en paralelo al “alimañas” que reparte Donald Trump, en la actual campaña electoral, dirigido a sus adversarios -fue la descalificación favorita de Hitler para encender a sus seguidores- y el “envenenadores” que le atribuye a los migrantes. Quienes reparten raticidas y estricnina marchan orondos por los sets televisivos y la fogosidad de las redes digitales, a la espera de una cosecha colectiva que aplaste impune, y sin fecha de caducidad, a las voces ajenas.

@DarioFritz