Por: Josefina Lozano
La compleja y real muerte simbolizada de manera diferente en cada entorno cultural, nos presenta diversas facetas. En México, este concepto se transforma en una celebración vibrante que va desde lo negro y sombrío hasta el colorido cempasúchil que llena de vida los altares. En el Día de Muertos, le guiñamos un ojo a la foto de nuestros seres queridos que ya pasaron a mejor vida. Este contacto ya no es a través de palabras, sino a través de símbolos, recuerdos y emociones que evocan en nosotros, creando un puente entre dos mundos. Cada año, honramos sus memorias, escuchando las voces silenciosas que nos hablan desde lo más profundo de nuestra memoria, recordándonos que su esencia sigue viva en nosotros.
Ansiosos festejamos cada año el 2 de noviembre, cuando nuestros muertos nos visitan; saliendo de su apacible descanso eterno para observar cómo quemamos incienso, entonces decoramos altares en su honor y ofrecemos pan dulce que irónicamente, ni siquiera pueden probar. Los muertos no hablan, pero ¡ah!, cómo pretendemos creer que sí. En nuestra necesidad de conectar con ellos, llenamos el espacio de sus recuerdos con palabras y acciones que reflejan nuestro amor, aunque sean actos en un escenario de ritual.
Sin embargo, existen elementos que funcionan como teléfonos espirituales, puentes que nos permiten charlar sobre la vida en el más allá. Los cráneos de azúcar con sus colores vivos simbolizan su legado y al contemplarlos, recordamos las enseñanzas que nos dejaron. Las flores de cempasúchil con su brillante color y fragancia penetrante, nos transportan a su plano espiritual, creando un camino que nos conecta con el alma de quienes han partido. El incienso que al ser quemado, produce una danza de aromas en el aire, parece susurrar murmullos que responden a las preguntas que nuestro corazón formula en silencio. Así se convierten en nuestros mejores consejeros, guiándonos en momentos de incertidumbre.
Si los muertos pudieran hablar, ¿qué dirían al ver un altar desproporcionado con flores marchitas que contrastan con nuestras intenciones? Verían nuestros egos al intentar capturar la esencia de la muerte en un altar que en lugar de ser un homenaje sincero, parece un concurso de manualidades. Un plato frío de comida que ni siquiera era su favorita sería motivo de risa y sorpresa, como si intentáramos ofrecerles una sombra de lo que realmente significaron en nuestra vida. Cada cráneo de azúcar, un legado de experiencias, se convierte en un recordatorio de lo que fue y de lo que somos ahora.
En esta danza entre la vida y la muerte, la ironía nos rodea. Mientras celebramos, también reflexionamos sobre nuestra propia existencia, sobre cómo cada uno de nosotros está destinado a ser parte de este ciclo. 365 días de muertos harían 365 guiños de amor, recordándonos que la vida es efímera y que cada día vivido es un regalo. Traerían 365 experiencias vividas que restaurarían el mundo, recordándonos que en cada rayo de sol, en cada sonrisa compartida, en cada lágrima derramada, hay un eco de su amor, de su presencia y de su legado.
Así, al final del día, nos encontramos en una celebración de la vida, un homenaje que entrelaza lo que fue y lo que es, creando un espacio sagrado donde la memoria y el gozo se dan la mano. La muerte, lejos de ser un final, se convierte en un guiño eterno que nos invita a recordar, a honrar y a vivir con plenitud.