Desde la otra orilla

Por: Francisco Xavier Zaragoza Núñez
Por azares del destino conocí a Erik Satie, aquel compositor y pianista francés cuya música, según sus biógrafos, cambió el rumbo de la composición moderna.

Fue un auténtico bohemio del París de finales del siglo XIX. Trabajó como pianista en el célebre cabaret Le Chat Noir, donde convivían pintores, poetas, escritores y músicos que, sin saberlo del todo, estaban preparando el nacimiento del arte del siglo XX.
A mí me fascinó desde la primera vez que escuché sus Gymnopédies. Últimamente se ha convertido en mi música preferida para leer, estudiar o simplemente cerrar los ojos y dejar que la mente viaje de la mano de esas melodías serenas, casi hipnóticas.
Investigando un poco más sobre su vida descubrí que escribió un ballet titulado Parade. Gracias a Internet pude verlo y comprender por qué aquella obra fue tan importante para su época.
Nada menos que Pablo Picasso diseñó los decorados y el vestuario cubista. Satie incorporó sonidos jamás escuchados antes en un ballet: máquinas de escribir, sirenas de barco, disparos y bocinas. Y el poeta Guillaume Apollinaire utilizó, en el programa de mano, la palabra «surrealismo» para describir la obra, una de las primeras ocasiones en que ese término apareció públicamente.
Aquellos artistas estaban construyendo un puente entre dos mundos. Eran hombres de transición. Su propuesta musical y artística rompía con todo lo anterior mientras anunciaba el futuro.
Entonces uno deja volar la imaginación.
Pienso en Erik Satie, que vivió entre 1866 y 1925, y me doy cuenta de la extraordinaria época que le tocó presenciar. Nació cuando las personas aún viajaban principalmente en carruajes tirados por caballos. Vio llegar la electricidad a las ciudades. Conoció el teléfono, el automóvil, Escuchó el fonógrafo, que por primera vez permitió disfrutar de la música sin la presencia de los músicos. Fue testigo del despegue de los primeros aviones de los hermanos Wright. Asistió al nacimiento del cine con los hermanos Lumière. Vivió la devastación de la Primera Guerra Mundial. Observó cómo la pintura abandonaba el realismo para desembocar en el cubismo de Picasso y escuchó cómo la música dejaba atrás el romanticismo para abrirse a sonoridades completamente nuevas.
Es como si hubiera vivido con un pie en el siglo XIX y el otro en el XX.
Víctor Hugo escribió alguna vez: «Nada es más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo«.
Erik Satie tuvo varias de esas ideas. Muchas desconcertaron a sus contemporáneos. El mundo todavía no estaba preparado para ellas. Sin embargo, el tiempo —ese juez implacable que siempre termina dictando sentencia— acabó dándole la razón.
Hoy, más de un siglo después, basta escuchar unas cuantas notas de Satie para comprender que algunas revoluciones no comienzan con estruendo, sino con un piano que se atreve a tocar diferente.