Breve historia de las Calaveritas literarias

Por: Victoria Falcón Aguila

El primer antecedente de  la calaverita literaria se remonta a la época colonial con la obra novohispana: “La portentosa vida de la muerte, emperatriz de los sepulcros, vengadora de los agravios del Altísimo y muy señora de la humana naturaleza” (1792), de Fray Joaquín de Bolaños. Es la historia novelada de la muerte desde su nacimiento hasta su muerte y su testamento; personificando la trayectoria vital de cualquier ser humano.

Es un texto didáctico- doctrinal, donde el autor mezcla el sermón religioso con la ficción narrativa, el humor negro y la sátira barroca. Se vale del discurso para moralizar y que el lector tema a la muerte. Esta protonovela transita entre la tradición oral y la cultura escrita. Como género hibrido, usa un lenguaje coloquial y a la vez, solemne- religioso haciendo uso de la sátira y lo carnavalesco en su tono que por momentos es solemne; otras trágico, cómico y grotesco.

El autor combina la visión prehispánica de la muerte como un tránsito natural con las tradiciones europeas de la época colonial, como las «danzas macabras» donde se personificaba a la muerte con esqueletos bailando y los epitafios literarios; versos burlescos que circulaban en pasquines donde se hacía mofaban de la sociedad o de los políticos.

En resumen en la época virreinal, siglos XV y XVIII, Europa y América compartieron literatura satírica burlesca.

A mediados del siglo XIX, comenzaron a circular en los periódicos, los  «panteones»; composiciones poéticas, de carácter satírico, como un medio de crítica social y sátira política. Uno de los primeros antecedentes impresos, data de 1879 en el periódico “El Socialista” de Guadalajara, Jalisco. Podemos decir que este es el nacimiento formal de las calaveritas literarias.

En una época de fuertes tensiones políticas para la población mediante estos versos satíricos, podían decir lo que estaba prohibido o censurado y criticar al gobierno o a la alta sociedad.

En el Porfirito tardío, finales del siglo XIX y principios del XX, la calaverita literaria dejó de ser un simple juego de versos festivos para consolidarse como una de las herramientas de resistencia cultural y sátira política más potentes contra el régimen de Porfirio Díaz que tenía el control de la prensa; pero el día de muertos, se daba rienda suelta a los epitafios humorístico haciendo mofa de los políticos y de la aristocracia que en el afán de parecerse a los parisinos perdían identidad. Podemos decir que era una herramienta segura para manifestarse sin obtener represalias.

La Revolución mexicana fortalece y consolida a la calaverita literaria como una herramienta de sátira política y crítica social, pese a que un gran porcentaje de la población era analfabeta, las calaveritas que eran impresas en hojas sueltas de bajo costo y en periódicos ideológicos, alcanzaban un impacto masivo, porque se distribuían en mercados, pulquerías y plazas públicas para ser leídas en público, en voz alta.

Se cree que entre 1910 y 1912 José Guadalupe Posada, crea el grabado de la Calavera Garbancera; pero es hasta diez meses después de su muerte en noviembre de 1913, que se publica por primera vez, en hojas sueltas  como gancho visual acompañando un texto en verso o calaverita. La calavera era un esqueleto desprovisto de ropa, solo con su sombrero de plumas emulando aquellos garbanceros que al hacerse de dinero, imitaban la moda francesa.

“La catrina” como la conocemos hoy en día, es creación de Diego Rivera. En 1947, la inmortalizó en su mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”.

La calaverita literaria actúa como un nivelador social porque la muerte, su personaje principal, no hace distinciones entre dinero, poder o clase social. Al final, como bien decía José Guadalupe: «La muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera».

Las calaveritas literarias desarman a la muerte a través del lenguaje. Es palabra como ofrenda, complicidad e igualdad, poder llamarle a la muerte de tú a tú; es un acto lucido, donde se sabe que al final, todos acabaremos igual. 

La Muerte sedienta
Autor: Sergio de la Mora

Me topé una calaca
flaca y deshidratada
preguntó que si tenía agua
porque ella no tenía nada.

Que dónde vivía un tal Lemus
porque le iría a reclamar
yo le dije por dónde
y también me fui a protestar.

Cuando llegamos a su casa
chorros de agua y gas pimienta
la calaca lo brincaba
y a Lemus se le presentaba.

No me lleves calaquita
el enano le imploraba
de las patitas arrastrando
a la calle lo sacaba.

Allá llevan el corrupto
que el agua quiso vender
quería quitársela a Jalisco
para dársela a Israel.

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